Archivos Mensuales: julio 2012

Canción de la Vida Profunda

-Este es un poema de Porfirio Barba-Jacob. No tengo autoría alguna sobre tal. Por otra parte, la Ilustración que éste inspiró es de mi propiedad- 
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Hay días que somos tan móviles, tan móviles,

como las leves briznas al viento y al azar…

Tal vez bajo otro cielo la dicha nos sonría…

La vida es clara, undívaga y abierta como un mar.

Y hay días en que somos tan fértiles, tan fértiles,

como en abril el campo, que tiembla de pasión;

bajo el influjo próvido de espirituales lluvias,

el alma está brotando florestas de ilusión.

Y hay días en que somos tan sórdidos, tan sórdidos,

como la entraña obscura del obscuro pedernal;

la noche nos sorprende, con sus profundas lámparas,

en rútilas monedas tasando el Bien y el Mal.

Y hay días en que somos tan plácidos, tan plácidos…

-¡Niñez en el crepúsculo!, ¡Laguna de zafir!-

que un verso, un trino, un monte, un pájaro que cruza,

¡Y hasta las propias penas!, nos hacen sonreír.

Y hay días en que somos tan lúbricos, tan lúbricos,

que nos depara en vano su carne la mujer;

tras de ceñir un talle y acariciar un seno,

la redondez de un fruto nos vuelve a estremecer.

Y hay días en que somos tan lúgubres, tan lúgubres,

como en las noches lúgubres el llanto del pinar;

el alma gime entonces bajo el dolor del mundo,

y acaso ni Dios mismo nos pueda consolar.

Mas hay también, ¡Oh Tierra!, un día… un día… un día..

en que levamos anclas para jamás volver;

un día que discurren vientos ineluctables…

¡Un día que ya nadie nos puede detener!

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Feliz Cumpleaños

HAPPY BIRTHDAY, DEAR

La luna se hacía paso entre su jaula de algodonadas nubes mientras ella terminaba de doblar la esquina de aquél edificio en el que cumplía sus horas de práctica. Toda su jornada  la había invertido allí dentro, como si fuera una rata; una rata de biblioteca,  de archivo para ser exactos, y no había ninguna remuneración, ningún sueldo por el servicio que prestaba, ¡Ni siquiera un mísero refrigerio para no caer víctima del cansancio allí dentro!. Tal situación le sacaba de quicio, pero no podía quejarse al respecto, o las horas que verificaban que hacía su trabajo se verían perjudicadas por el pervertido y pedante hombre que se hacía llamar su “jefe”.

Ese día  había llegado a las ocho de la mañana, y podía asegurarlo sin dudar una sola vez. El reloj de muñeca  que llevaba  marcaba con exactitud la hora y, aunque aquellos brazaletes no eran mucho de su agrado, y tendían siempre a dejar de funcionar cuando menos se lo esperaba, su madre se lo había regalado pocos días antes de ella viajar a Nueva York, y ese pequeño aparato que ahora adornaba su mano izquierda era lo único que le podía recordar a su progenitora en ese  foráneo lugar,  donde los dos meses que llevaba viviendo allí los sentía como si fueran dos largos años alejada de los que más quería.

Ahora,  aquél  sencillo aparato marcaba las diez de la noche, mientras ella avanzaba con sigilo por las solitarias –y oscuras, muy oscuras– calles de uno de los tantos suburbios del estado. Le sorprendía, sintiéndose incluso indignada, que lugares como esos se hallasen tan despoblados a esa hora de la noche, las sombras devorando entre sus fauces de lobo hambriento todo objeto que osara brillar con el resplandor de la luna.

Si, verdadero era el hecho de que estaba tarde, pero en Estados Unidos nunca se dormía… es decir, ¡la gente allí nunca dejaba de trabajar!, siempre en constante actividad, sin descansar un solo segundo, como si fuesen nada más máquinas manejadas por controles invisibles de lo que ella llamaba el agente opresor. Ahora ella era parte de ese sistema de alienados individuos con necesidades mínimamente humanas, y por supuesto, debía de conseguir un empleo, pero claro, le dicen que primero debería de cumplir con ciertas horas de práctica empresarial, sin derecho a salario alguno, para en unas cuantas semanas – que muy probablemente serían convertidas en meses – lograra conseguir ese empleo que deseaba, cerca a la academia de música más reconocida de Nueva York. Solo por eso estaba allí, por las carísimas clases de guitarra y piano que sus padres se habían esforzado tanto en pagarle. La única razón por la que la jungla de concreto aún no se hacía un festín con su  poco experimentado organismo.

– ¡Mierda!

Su solitaria caminata fue interrumpida de repente, logrando que el mundo de ensoñación que se había estado formando en su cabeza se desplomara en poco más de unos cuantos miles de segundo. Aún desubicada por el fortísimo golpe que acababa de propinarse, pudo  percibir el hediondo aroma de alcantarilla proviniendo del algo que había chocado… ¿o era quizás un alguien?.

-Aprendé a fijarte por donde caminás, bombón – Alzó la mirada, con el corazón galopante, pareciendo que tratase de salírsele del pecho para escapar de allí tan rápido como pudiese. Era un hombre; de eso no cabía duda alguna, pues el tosco tono de voz no era propio de una mujer. Harapos que hacían el papel de prendas tenían ya una, quizá más capas de mugre digno del smog y basura de la calle. Un indigente con una mirada tan lasciva que le daba a entender que la estaba desnudando con solo mirarla, aterrándola – ¿Qué no tienes voz, corazón?, porque yo puedo ayudarte a gritar un poco, o mucho, si prefieres – el hombre sonrió con lujuria, originando en ella una mezcla de terror y repulsión… siendo más el terror que le producía imaginar qué podría sucederle si no salía de allí pronto

-Claro que tengo voz – habló con un frágil tono, aún sorprendida que en realidad hubiese hablado – y si no le importa… – dijo mientras su mano se dirigía sigilosamente a su pequeño bolso – me encantaría seguir caminando – espetó con autoridad, o al menos es creyó antes de escuchar esa burlesca risa combinada con un insufrible olor a podredumbre

-A ver mamasota, no vuelvas a intentar hablarme así o te irá muy mal, ¿bien? – solo unos cuantos centímetros le separaban de aquélla cara escondida entre el maloliente mugre, dirigiéndole una divertida mirada que rayaba en la perversión

-Mire… déjeme pasar, por favor – introdujo la mano con gran disimulo en el bolso, y logró tantear con sus temblorosos dedos una resbaladiza superficie de forma cilíndrica

-No me hagas reír bombón – una hilera discontinua de amarillentos dientes se asomaron entre la enmarañada barba verdosa – a ver, anda plántame un beso para no sacártelo  a la fuerza – demasiado cerca…demasiado cerca como para que pudiese esperar más

Sacó con agilidad un diminuto recipiente plateado en el que se leían unas minúsculas letras, “rociador de pimienta de largo alcance”. Apretó con seguridad el aparato, directo a su blanco.

Un gran gemido de dolor mezclado con furia emanaron de la voz del indigente, que retrocedía con pasos torpes, llevándose las manos a la cara que curiosamente adquiría un irritado color rojo. Comenzó entonces a correr tan rápido como pudo, considerando que si no lograba salir de allí pronto podría quizá pagarlo con su vida.

-¡¡MALDITA PERRA!! – Escuchó unos tantos metros detrás de ella, corriendo tan rápido como los incómodos zapatos de oficina que llevaba puestos se lo permitían – ¡Zorra! – aquélla voz tan cargada de odio era la única razón por la que no sentía el dolor que sus tacones le producían a sus ya exhaustos pies… – ¡ESPERA A QUE TE ALCANCE PUTA DE MIERDA! –…esa adrenalina tintada de terror puro que le generaba el sentirse tan ínfimamente desprotegida.

Aminoró levemente su caminar cuando descubrió que aquél hombre no iba detrás suyo; su corazón, sin embargo, aún no se recuperaba del ataque emocional del que ese encuentro había sido responsable. Y sí, tenía el estúpido presentimiento de que si paraba a descansar tan sólo unos segundos; o sufriría de un colapso nervioso, tirada allí en el frío concreto, u otro par de desagradables “habitantes de la calle” le encontrarían…y esta vez no creía tener valentía suficiente para repetir lo que había hecho. Sentía temblores recorrer todo su cuerpo, quizá influenciados por el gélido ambiente de la noche. Creía que los pies le fallarían en cualquier momento que se descuidase, y, aterrorizada por ese pensamiento, se obligó a caminar tan rápido como pudiese para llegar a la parada de buses más cercana.

Una oleada de verdadero alivio llegó a su cuerpo cuando, desde la esquina en la que se encontraba, pudo ver con total perfección una pequeña parada de buses de barras metalizadas. Y más refrescante fue su euforia cuando cayó en cuenta que el bus rojo que estaba esperando en la parada era justo el que ella necesitaba para ir al suburbio en el que estaba viviendo.

Pero claro, el destino no iba a dejársela tan fácil como ella estaba pensando.

La sensación de alivio se esfumó tan abruptamente de su ser que la dejó pegada al concreto de la acera, convirtiéndola en una estatua, obligándola a ver desde aquél punto cómo el gran autobús rojo amenazaba con irse de allí. El motor rugió con furia, y sus desorbitados ojos observaron que  las ruedas empezaban  a moverse sin intención alguna de esperarla. Pausadamente, el autobús comenzó  su largo viaje, mientras ella lo veía paralizada, sin apariencia alguna de que fuese a mover algún músculo. Si perdía ese bus, tendría que esperar una hora más, y no quería quedarse allí sola, por  otros sesenta minutos, esperando con paranoia que aquél vagabundo la encontrara y se vengase. No, en absoluto.

Logró que sus pies reaccionaran y empezaran a correr nuevamente, prometiéndoles que sería esta la última vez que los haría apresurarse de la manera que lo había hecho en esa noche que, para ella, no estaba resultando divertida, en lo más mínimo.

-¡ESPERE! – gritó con toda la fuerza que se le hizo posible, intentando lograr que el conductor del transporte colectivo, que ya comenzaba una marcha rápida que le dejaba ya muy atrás, le escuchara –  ¡¡Espéreme, por favor!!

Era indescriptible el consuelo que su cuerpo sintió en cuanto sus ya desilusionados ojos notaron que el auto, de repente, aminoró su marcha, hasta parar por completo unos cuantos centímetros después. No podía creer que el conductor le hubiese escuchado, pues sus “gritos” parecían ser ahogados completamente por la oscuridad de aquella noche. Aunque… lo más probable habría sido que el conductor se percatara por el retrovisor que una loca con tacones corría desesperadamente detrás de su bus.

-Estas no son horas para que una señorita como usted ande sola por las calles – le reprochó el veterano conductor al momento que ella tomaba una barra del lado del automóvil para ayudarse a subir

-Gracias por parar señor, ¡muchísimas gracias! – la voz le tembló repetidas veces, y si no fuera por  su pudor al contacto con desconocidos, quizás habría abrazado al hombre con la poca fuerza de voluntad que le quedaba. Se dispuso a pasar por la registradora, y recordó alarmada que debía tener una tarjeta de transporte para poder subir al bus.

-Si no tiene su tarjeta no puedo dejarla entrar – el hombre habló con lástima tiñendo sus palabras;  luego de haber visto lo que la mujer sufrió para llegar a su auto, y ¿ahora debía echarla de éste?

-¡No!, espere, ¡s-si debo tenerla! –  abrió con premura su bolso y buscó su billetera, rezando porque si tuviese la tarjeta… de lo contrario, probablemente se desmayaría por los nervios que la invadían desde hace ya un buen rato.

Los dedos le temblaban como si fuese presa del Parkinson, y  las imágenes comenzaban a tornarse borrosas producto de las lágrimas de frustración que empezaban a acumularse en sus  avellanados ojos. Tenía que estar ahí, no usaba la tarjeta para ir a la práctica por la mañana, y siempre, siempre la regresaba a la billetera cuando no estaba utilizándola. ¡¿Por qué rayos no podían sus nervios dejar de atormentarla y permitirle ir a sentarse en un cómodo y protector autobús?!

-Señorita…

-¡Aquí está! ¡Aquí está!

Eran demasiadas emociones juntas en tan corto período de tiempo.

Introdujo  la tarjeta a duras penas, puesto que sus dedos aún sufrían de pequeños colapsos nerviosos que les evitaban trabajar adecuadamente. Sólo luego de  pasar por la registradora sintió una oleada de alivio recorrer su cuerpo, descubriendo también por primera vez, que era la única en ese autobús además del conductor.  Ahora que estaba “protegida”, le encantaba saber que estaba sola, en un lugar que podría dejar volar su mente sin correr peligro alguno. Al menos, eso esperaba.

Caminó pausadamente por el pasillo del autobús mientras éste reanudaba su recorrido. Su corazón había dejado de galopar de una manera casi instantánea, y ahora palpitaba con tranquilidad al momento en que ella se sentaba en una de las sillas del final del carro. Por fin, un poco de paz para su mente que tantos estragos había tenido en el día.

Usualmente no se hacía en los asientos traseros. No porque no le gustase, ya que, en realidad, le divertía demasiado tener esa panorámica de tan diversas personalidades que se podían encontrar allí encerradas, tan cerca la una de la otra. No, esa no era la razón. Era más bien por el miedo de que una de esas personalidades resultase más peligrosa de lo que creía que era. De todas formas, según ella asumía, los asientos más cercanos al conductor eran siempre los más seguros, y desde donde cualquiera podría avisar si algo extraño estaba sucediendo. Lastimosamente, aquél pro de seguridad tenía su contra, y es que toda alma que pasase por ahí, debía, casi que por obligación, meterse en cuanto asunto ella estuviese llevando a cabo, y no le gustaba esa clase de atención. En realidad no le gustaba sentirse muy atendida. Y menos por personas que vagamente conocía por ver sus caras.

Le gustaba ser solitaria, y, quizá resultaba un pensamiento un tanto egoísta, pero sólo le gustaba ser ella quien se entrometiese levemente en la vida de los otros habitantes de aquella jungla de acero. Le divertía descubrir la personalidad de las personas con sólo sus gestos, con sus manías, por mínimas que fueran, con su forma de hablar, con su forma de intentar ser alguien diferente frente a la sociedad.

Aunque si, era verdad. A veces esas personalidades que ella creía que lograba descubrir, no eran más que una fachada. Una de las tantas máscaras que nosotros, los humanos,  utilizamos para sobrevivir a nuestro voraz entorno.

-Su tarjeta, señor, debe pasar la tarjeta

La tenue voz del hombre anciano que manejaba el autobús estalló de repente su burbuja de pensamientos. Fue entonces cuando vino a caer en cuenta que el autobús había realizado ya varias paradas, y los asientos habían empezado a ser ocupados por personajes de otro cuento de la vida real. Recorrió a cada persona con sus ojos curiosos por encontrar algo que fuese interesante, digno de su atención, decepcionándose con el nulo resultado.

-Señor, la tarjeta…

-Sí, perdón, se había escapado de mis manos

Había bajado su cabeza a su bolso, desilusionada de lo aburrido que podría ser ese viaje, pero el oír aquélla voz tan impasible y de un tono tan jovial no falló en llamar su atención. Alzó la cabeza entonces, buscando al propietario de la masculina voz, para notar al hombre que se alzaba del piso por haber recogido la antes mencionada tarjeta del autobús que se había caído de sus manos.

Vaya, tan de repente como  su corazón dejó de galopar momentos atrás, aquél viaje se había convertido en uno mucho más cautivador.

Su ropa no era en realidad extravagante –al menos a sus ojos–, pero no dejaba de ser interesante. Usaba una chaqueta gris oscuro, que quizá en sus tiempos de gloria había sido algo no muy lejos del negro. Jeans de un tono negro que si lo veías mal se confundía con un azul oscuro, desgastado en las rodillas, quizá por el trabajo que aquél personaje ejercía. La camisa, de un color que parecía de un tono verde militar, se asomaba poco por debajo de la antigua chaqueta, eso y sus enormes botas negras le hacían tener una apariencia bastante intimidante.

Y por supuesto, la razón por la que no había detallado aún sus facciones era por el que aquél hombre escondía  su cara, realmente interesado por un pequeño papel rectangular que llevaba en las manos. ¿Qué podía tener de interesante ese papelito, que lo alejaba de la realidad tan fácil como ella se alejaba de ésta? Quizá si se atreviese podría luego preguntarle…

¡Por favor!, ¿qué estúpidos ideales se estaba metiendo en la cabeza?

No, definitivamente no podía arriesgarse a entablar conversación con un completo desconocido cuyas prendas aplicaban a la ley de dudosa y peligrosa procedencia. Y bueno… si, estaba siendo una completa idiota superficial, cargada de prejuicios  por juzgar a alguien por la mera impresión que le daban su atuendo. Pero es que…simplemente no podía permitirse, de ninguna manera,  que le pasase algo más ese día, probablemente no sería capaz de soportar otra catástrofe. No, tenía que ser fuerte y reprimir esa parte de sí misma, tan curiosa y aventurera, que amenazaba con aflorar en un no muy seguro momento.

-No creo que te moleste que me siente a tu lado, ¿O sí?

Aquélla voz que había escuchado sólo segundos antes le hablaba ahora a ella, haciendo que su cabeza dejase de mirar por la ventana y girara para hacer contacto visual con el joven. Su corazón dio un respingo antes de seguir palpitando con normalidad, al posar sus ojos en una agradable mirada coronada por un par de desgastadas esmeraldas y una hermosa sonrisa que marcaba sin dificultad dos profundos hoyuelos a cada lado de la boca del hombre.

E inesperadamente, aquélla reprimenda que se había dado a sí misma se esfumo de su conciencia como si nunca hubiese existido.

-Perdona, ¿me escuchaste o tu silencio significa un no? – el hombre le hablaba cordialmente, aún con esa encantadora sonrisa tintando su cara. Idiota, se había quedado tan pasmada que no le había respondido aún.

-No no, t-te escuché – Fue lo único que pudo salir de su boca. El rostro del joven cambió un poco y con un suave gesto pareció indiciarle que seguía sin responder la primera pregunta – ¡Por supuesto que puedes sentarte!, es decir, cualquiera se sienta donde quiera, no creo que haya que pedirle permiso a alguien, es derecho sentarse si el asiento está libre y… – prefirió cerrar su boca antes de que siguiera quedando como una completa estúpida. Sintió cómo el chico se sentaba a su lado, y podía jurar que había soltado una  ligera risa, lo suficientemente suave como para intentar que ella no se diese cuenta.

Estúpida, estúpida, estúpida, se repetía, girando de nuevo su cabeza hacia la ventanilla. Sentía sus mejillas arder, probablemente ahora estaban rojas como tomates, o quizá como el llamativo color rojo de su cabello. Que avergonzada se sentía, que  inconscientemente imbécil había sido en aquél instante. Se lo repetía una y otra vez. Esa no era la seria y controlada chica que solía ser. ¿Qué rayos había sucedido? ¿Tanto era el interés que ese hombre le presentaba que se había  expresado tan tontamente?

-No eres de aquí, ¿Verdad?

-¿Perdón? –  Giró rápidamente para encontrarse con una mirada inquisidora. ¿Cómo podía él saberlo?

-¿Te hablé lo suficientemente fuerte o te repito? – Vaya que estaba dándole una imagen extremadamente estúpida de sí misma.

-¿Cómo sabes que no soy de aquí? – Era la primera vez en toda esa noche que su voz se dignaba a sonar firme… incluso con un tono tosco que podía representar confianza. Se arrepintió de haber hablado así cuando el chico de los ojos verdes le dedicó una sonrisa que por poco rayaba en la burla

-Usualmente los oriundos de este país te mandarían a la mierda si les preguntas tan deliberadamente si te puedes sentar a su lado. Las pocas personas a las que no les importa tienden a ser extranjeros. Ve tu a saber el por qué – parecía que hablaba más para sí mismo que dirigiéndose a ella, incluso si sus ojos le miraban directamente, calándole el alma – Eso y tus rasgos no parecen ser americanos, tienes una belleza muy exótica  – aquello le hizo sentir nuevamente el ardor en las mejillas. Ese escozor que tanto odiaba

-Supongo que podemos ser más cordiales por el intentar agradar a nuestro entorno… – dejó de verla a los ojos, sonriendo de medio lado. Obviamente se había dado cuenta que ella no haría comentario alguno referente al asunto que había logrado enrojecer sus mejillas por segunda vez en tan aleatoria conversación

-Si… quizás eso sea – se quedó viendo al vacío, la media sonrisa aún dibujada en sus rojizos labios.

Hubo un momento en el que pensó que él no le hablaría de nuevo, y aunque le causaba un tanto de alivio –ya quizá dejaría de actuar de manera tan ridícula–, no podía evitar sentir un poco de lástima por causar tan torpe impresión. Y luego recordó.

¿Qué rayos estaba haciendo hablando relajadamente con un extraño cuyo nombre ni siquiera conocía? Dios,  no podía creer que estuviese siendo tan imprudente. Y encima le atemorizaba el hecho de que aquél hombre dejase de hablarle por el resto de su recorrido. ¿Acaso el trauma que había vivido ratos antes le había dejado loca de remate? Quizás… o tal vez… sólo tal vez, eran esos ojos tan enigmáticamente encantadores los que le estaban jugando una mala pasada.

-Vaya, No puedo creer que alguien se pierda tan fácil en sus pensamientos como lo hago yo

-¿Disculpa? – le había encontrado fuera de base. ¿Tanto era verdad lo que decía que no había escuchado algo que él pudiese haberle dicho antes?

-Te he preguntado ya dos veces cuál fue tu razón para venir a Estados Unidos. Supongo que no me escuchabas por andar dentro de tu “burbuja”, cosa que yo hago siempre, lo hallo bastante entretenido además… eso o…bueno, podrías estar ignorándome – culminó la frase con un tonó irónico, naciendo en sus labios otra mueca de burla

-No te ignoro – le afirmó sin pensarlo dos veces – tiendo a perderme mucho en las conversaciones, no es algo que haga a propósito…simplemente sucede – Aquello era tan cierto que no podía creer que se lo había dicho a un completo desconocido

-Sabes, considero que es una forma de defendernos del ajetreado entorno en el que nos encontramos. Casi como si nos desconectáramos de nuestro propio cuerpo y sólo mantuviésemos un leve enlace con nuestra mente, para evitar hacer contacto con el caótico mundo en el que residimos, al  menos por unos contados segundos – No podía creer que ese hombre de llamativos ojos verdes y sonrisa encantadora pudiese ser más atrayente de lo que ella ya creía que era

-¿Puedo preguntarte algo?

-Acabas de hacerlo – contestó serenamente, sonriéndole con picardía

-Bueno…además de eso

-Por supuesto que puedes – le miró fijamente, con sus ojos y curva boca llenos de curiosidad. Al parecer no sólo le encantaba hacer preguntas, quizá también se entretenía respondiéndolas

-¿Cuál es tu nombre?

La sonrisa se esfumó muy lentamente de sus labios, casi tan lento como para que ella no lo notase. Su boca se convirtió luego en una línea casi recta, una totalmente vacía, sin expresión alguna. Sus ojos no dejaban de hacer contacto con los ella, escrutándola, preguntándose tal vez por qué era necesario que ella supiese su nombre. No sabía si lo que estaba deduciendo era correcto, pero casi podía afirmar que el haberle preguntado su nombre lo había incomodado, y bastante.

Dejó de verla por un instante, dirigiendo su mirada al frente del andante autobús. Miró  al vacío por unos contados segundos, y luego, sin meditarlo, volvió a clavar sus esmeraldas en ella, unas esmeraldas levemente más oscuras que antes.

-Me llamo Matthew – Y como si nunca se hubiese ido, la agradable sonrisa apareció de nuevo

-Yo me llam…

-Por cierto, nunca me respondiste, ¿por qué viniste a Estados Unidos?

Se había aventurado a callarle. Pudo notar que había evitado que le dijera su nombre. No estaba interesado en saberlo, y, aunque le pareció bastante extraño el que no preguntase por el nombre de la extraña que le hablaba, quizás era mejor mantener, al menos, una parte de su identidad en secreto.

Le contó el por qué su soñador ser habitaba actualmente las agitadas calles de una de las ciudades más importantes de Estados Unidos. Confiarle tal información le resultó tan normal que incluso se asustaba de sí misma. Esa no era la persona que ella solía ser. No era de esas que se abrían con facilidad al mundo exterior, a ese territorio desconocido al que muy contadas veces se adentraba. Pero ahora podía ver por qué existían tantas personas que si lo hacían. A veces… sólo a veces, contarle ciertos asuntos a un completo extraño resultaba mucho más fácil que a alguien que conocieses de antes, posiblemente por el hecho de que aseguramos que ese extraño no tiene fundamentos para juzgarte, y por eso, escucharía comprensivamente cuanta cosa le dijeras.

Eso era lo que estaba sucediendo en ese autobús, con aquél chico de hermosos ojos que se hacía llamar Matthew. Si, consideraba increíble lo mucho que le estaba entusiasmando hablar con él. Su tan intensa mirada y esa afable sonrisa se mezclaban a la perfección con el impresionante intelecto y sagacidad que demostraba poseer. Era uno de esos pocos personajes que a duras penas puedes encontrar alguna vez durante el transcurso de tu vida. De esas personas que podrían hacer cambiar tu forma de apreciar las cosas. De esas que incluso podrían lograr cambiar tu forma de pensar, de hablar, o, como le estaba sucediendo a ella, podían cambiar tu forma de actuar.

Aquélla noche de nublado cielo y oscurísimas calles no estaba terminando tan tétrica como ella había supuesto un rato después de su no tan grata experiencia con el indigente. Es más, se había equivocado totalmente. Por fin se había topado con alguien con el que valiese gastar su tiempo hablando.  Eso era lo que creía.

-Perdonen muchachos, deben bajar ya del bus –  la envejecida voz del conductor retumbó nuevamente en sus oídos, después de un largo periodo de tiempo de sólo escuchar la voz de Matthew. El hombre no esperó respuesta  alguna, adelantándose entonces a oprimir un botón, para que ellos pudiesen bajar por la puerta trasera del autobús.

-¿Cómo dice? – dijo levantándose rápidamente de su asiento, tratando de disimular el temor de lo que aquello significaba

-Eres experta para responder con preguntas, ¿no? – el joven de ojos verdes, sin embargo, seguía tan impasible como lo había sido durante el viaje, y ahora la miraba con un gesto que indicaba dulzura. Esa clase de dulzura que se mofaba de las personas cuando no conseguían comprender algo – Quizá no volviste a escuchar bien. Nos dijo que debíamos bajar del bus. Y con razón, el recorrido de este bus ya terminó

-¡¿Qué?! – Si… simplemente necesitaba corroborar su terror en boca de otra persona

-Te lo digo como el buen desconocido que soy para ti, deberías buscar algo para esa sordera que mantienes

Le regaló una mueca de burla, a lo que ella respondió con un desesperado bufido, para luego salir  del rojizo automóvil y emprender una veloz marcha hasta su casa. Una muy veloz marcha… bien, tan veloz como le permitiesen sus pies

-¡Hey!, ¿a dónde vas tan rápido? – salió detrás de ella, sin siquiera tener que hacer esfuerzo a alguno para alcanzarle. La pelirroja iba tan ensimismada que no se percató de que él le hablara, continuando con gran pisa su enorme caminata hasta el lugar donde vivía – ¡Espera de una buena vez! – le agarró del brazo para obligar a que se detuviera, haciéndola sobresaltar

-¡¿Qué quieres?! – giró sólo unos segundos para mirar directamente a las pálidas esmeraldas y hacer que soltara su brazo. Luego, casi inmediatamente, se dio vuelta y siguió caminando con premura. Él suspiró, apresurándose para caminar, al menos, detrás de ella

-¿A dónde vas tan deprisa?

-¿Pues qué crees?, ¡A mi casa! Hoy ha sido una noche totalmente asquerosa, y encima cuando creo que ya estoy bien y puedo llegar tranquila a mi hogar llega ese conductor y dice que nos debemos bajar, y claro,  ni cuenta me di de cuándo había perdido mi parada, ¿y por qué?, ¡por estar hablando contigo!, es que ni siquiera te debí dejar sentar a mi lado, ¡o al menos haber yo cambiado de asiento hubiese solucionado las cosas! Ahora, siendo la buena idiota que soy, voy a tener que caminar sola hasta mi casa como una completa lunática porque no pienso dejar que vuelva a suceder algo, y mira la hora que es, ¡falta menos de media hora para las doce! ¡Y tengo que llegar a hacer unos apuntes para llevar luego a ese estúpido edificio donde ni agua me ofrecen! Es que simplemente no puedo creer el día que he estado tenien…

-Puedo acompañarte hasta tu casa con gusto… si quieres – Ella paró en seco, obligándolo a detenerse también. Estaba hablando tan rápidamente que en ningún momento había llegado a esperar una respuesta por parte de él. Menos esa.

Incluso después de haberle culpado injustamente por la más novedosa desgracia de su noche, ¿él le había ofrecido acompañarle hasta su hogar para no tener que ir sola como la “completa lunática” que era?… Vaya, no se lo había  esperado en  ningún momento.

Pero le parecía, se le hacía demasiado peligroso el aceptar que fuese con ella. Eso era demasiado, aún para los estándares que había logrado aligerar durante su viaje en el bus. Y es que haber hablado con el total extraño que él era  había sido ya suficiente para toda la noche. Quizá para toda la semana, teniendo en cuenta el resto de emociones que había soportado esa velada. Es sólo que…había algo en ella que, por más que quisiera negarlo, se había interesado en él al punto de dejarle saber demasiado de sí misma.

Volteó vacilante, sabiendo que se iba a encontrar con un rostro al que se le iba a ser imposible resistirse. Cuánta razón tenía. Matthew le devolvía una sonrisa tan cordial y  una mirada esperanzada que ni el más frío corazón podría soportar.

-… ¿No tienes que llegar tu también a algún lado?

-¿Acaso esa es tu forma de decirme que no aceptarás mi propuesta? – ¡Dios!, ¿por qué era tan fácil deducir que eso era lo que una parte de ella deseaba con ansias?

-Yo no dije eso – él blanqueó los ojos, dándole a entender que era obvio lo que había querido decir con aquella pregunta – Es que… en serio, ¿piensas acompañarme hasta mi casa?, te digo de una vez que queda a unos veinte o treinta minutos de aquí – Estaba cediendo, sin siquiera darse cuenta

-Es tu decisión… mi trabajo no me obliga a tener horarios fijos. Además, no soy yo la “lunática” que debe irse corriendo en tacones a un lugar que queda tan lejos de aquí, según deduzco con tus “veinte o treinta” minutos – Y él podía notar con gran facilidad que ella cedía, animándose a burlarse de los comentarios que la pelirroja había hecho – Y otro buen punto sería… no tendré cara de asesino,  pero mi apariencia dice a gritos “no te metas conmigo”…así que creo, muy seguramente, que cualquier persona, incluso los indigentes, se la pensarían más de dos veces antes de intentar hacerte daño – había ganado el debate, y eso lo tenía por seguro, pues una complacida sonrisa no hacía ademán de borrarse de sus labios. Ella simplemente no tenía forma de refutarle, y tampoco pensaba perder la oportunidad de poder al menos irse caminando, en vez de intentar correr con los tacones que ya volvían a martirizarle los pies

-….Está bien – Su sonrisa se hizo aún más amplia, generando dos pequeños pero profundos hoyuelos, uno a cada lado de sus mejillas

Era esa sonrisa la culpable de que estuviese cometiendo tantas estupideces desde que lo había visto. No era pues, que se sintiera perdidamente atraída hacia él –aunque considerase su físico uno muy digno de observar–. No… No sabía a ciencia cierta qué era que le fascinaba tanto de esa sonrisa… que era una sonrisa tan sincera, una que no había conocido antes, y en realidad, nunca había pensado en conocer. Aquélla entusiasmada sonrisa le hacía pensar en una hermosa personalidad, una que ella había logrado conocer, y de la que se sentía tan embelesada, como si él le hubiese hechizado, y ahora no pudiese salir de su encanto. Aunque tampoco es que le interesase demasiado intentarlo.

-¿Te importa si te llamo Matt? – Preguntó de la nada, tratando de romper el silencio –uno que aún no le resultaba incómodo– que se había formado luego de unos minutos de haber empezado el recorrido hasta el suburbio en que habitaba

-Claro que no – su cara se dirigía al cielo, casi sin prestar atención en lo que le había respondido

-¿Estás buscando algo en el cielo?

-Técnicamente no –respondió tan rápido como antes, sin dejar de ver el nubloso firmamento  – la Luna nunca desaparece, aunque en ciertos momentos no podamos observarla, pero ella nunca deja de observarnos – podría decir que su mirada se hallaba perdida, con un tenue brillo tintándole los verdosos ojos. La luna… claro, cuando habían conversado en el rojo autobús le había dicho varias veces que tenía un amor bastante peculiar por aquél satélite terrestre. Ahora podía corroborarlo

-¿Por qué te gusta tanto?

-Prefiero decir que le gusta que ciertos humanos se “enamoren”…por así decirlo, de ella. Me encanta cuando se pone roja, se ve tan…trágicamente hermosa… aunque el decir que es el efecto que produce un rayo del sol que “roza” la tierra y se refleja en la luna le quita todo el encanto, ¿no crees?

Entonces dejó de dirigir su vista al cielo, y giró a verla, sabiendo, posiblemente, que ella le observaba, tal vez, con un gesto de admiración. Clavó sus ojos en los color chocolate de ella, mirándole con tanta vivacidad que ella sintió temblores comenzar a recorrer su cuerpo. Aunque bien, no sabía seguramente si era por esa agudeza en su mirada, o el gélido clima de la oscura noche era el culpable.  La mirada de él cambió, tan rápido como solía hacerlo, a una más amena, al haber notado el corrientazo que la había recorrido, incluso si ella había intentado disimularlo.

-¿Tienes frío?

Por favor que no me la ofrezca, por favor que no me la ofrezca se repitió, rogando por no parecer una desamparada chica cuidada por un total desconocido que le había embrujado con elocuencia. Aquellos ruegos no fueron más que palabras destinadas a quedarse  en la infinidad de su mente.

Matt se quitó la desgastada chaqueta, dejando que ella viera sus musculosos brazos llenos de tatuajes. Ahora su imagen era mucho más intimidante de la que él había admitido que era,  pero aún así, aquélla apariencia no podía combatir con su amigable rostro de oso de peluche. Sin dejar de caminar, él estiró su mano, ofreciéndole la chaqueta, esperando a que ella se decidiera a recibirla.

-Puedes estar segura de que no tiene pulgas – mencionó  guiñándole un ojo con una pícara sonrisa

-Oh…Matt…no es necesario, tú también debes tener frío…

-Adoro el frío, incluso si me cala los huesos… te lo había mencionado antes, si mal no recuerdo. No será la mejor chaqueta que tengo, pero es la única que te puedo ofrecer ahora mismo, así que creo es mejor que te la pongas

Movió el brazo con la intención de acelerarle a coger la chaqueta. Le había dado una orden de una manera tan sutil que más bien sonó a oídos de ella como un consejo. Recibió la prenda y se la puso en seguida, aún sin dejar de caminar. Aquellos temblores que había estado sintiendo se esfumaron al momento de hacer contacto con la tela que residía tibia por el reciente uso.

-Gracias – se aventuró a buscar un contacto visual con él, pero Matt ya tenía sus soñadores ojos de nuevo en el cielo, esperando encontrarse con su tan anhelada luna roja

Desde ese momento, aquél hombre pareció decidir no volver a dirigirle palabra alguna, y ella prefirió no aventurarse a entablar una conversación, pues sentía que toda oportunidad que tuviese de contacto resultaría en un intento fallido al ser el satélite terrestre su rival.

Se le hacía casi perturbador el cómo ese monumental joven era lo suficientemente capaz de caminar con prisa y seguridad sin dejar de ver, en momento alguno,  la oscura bóveda que se alzaba sobre ellos… casi como si conociese cada minúsculo centímetro de aquélla enorme ciudad, y tal asunto le permitiese desenvolverse por las calles con la total seguridad de que no tropezaría.

Pero eso no era lo que más le asombraba durante esa caminata que los dos estaban ejerciendo.  No. Lo que más le sorprendía, y llegaba además a preocuparle, era que…poco a poco, la tenue sonrisa que había tintado su boca durante el recorrido se había esfumado. Totalmente. Ya no había forma siquiera de corroborar que él hubiese sonreído en todo lo que llevaba de la noche. Su levemente rojiza boca no era más que una línea recta, tan exacta como había sido cuando ella le había preguntado su nombre. Lastimosamente para su bien mental, allí no terminaba el asunto. El gesto que aquél muchacho tenía impregnado en su cara le hacía creer que en realidad no había conocido al verdadero Matthew…no del todo. Llevaba el ceño tan fruncido que sus ojos poco se asomaban de entre sus pestañas. Se preguntaba, con un tanto de temor, si era ella la responsable de haber producido ese cambio de actitud en él, o era sólo producto de su “amada” luna. Sin embargo… no estaba totalmente segura de querer conocer la respuesta.

-Bien… ya llegamos – dijo suavemente, esperando que él le hubiese escuchado, para que parase también. Matt se detuvo inmediatamente, y dirijo su aún tosca mirada a la pequeña edificación que se alzaba al frente de ellos. No recibió respuesta alguna por parte de él –…Gracias por acompañarme Matthew…

El hombre ahora llevaba sus ojos a la edificación con un gesto que casi llegaba a indicarle a ella asco y odio. ¿Qué mal había hecho para que su flamante personalidad hubiese cambiado a la gélida y casi brusca que ella estaba percibiendo?

-Fue un gusto conocerte – habló casi con temor de que pudiese irritarlo más de lo que asemejaba estar –…Por cierto… mi nombre es…

-¿Cómo es que pudiste confiar tanto en mi como para dejarme acompañarte hasta aquí? – aquello la había dejado desconcertada a un ciento por ciento

-¿Perdona?

Entonces volvió a posar sus ojos en los de ella. Su mirada era tan malévola que un corrientazo volvió a recorrer su cuerpo, pero el frío no había sido el artífice de aquél escalofrío. No, había sido el pánico que esas oscurecidas esmeraldas habían producido en ella, calándole el alma. Luego, todo sucedió demasiado rápido como para que su aterrorizado ser pudiese asimilarlo.

Ahora sentía un fuerte dolor en la espalda, producto de la fuerza que el hombre había utilizado para arrinconarle a la pared, tapándole la boca con una de sus manos, para evitar que ella pudiese emitir algún sonido. Logró entonces reaccionar, e intentó con toda la fuerza que tenía apartar con sus dos manos aquélla otra que estaba impidiendo que ella clamase por ayuda; le arañaba con sus cortas uñas, sabiendo con profunda lástima que no lograría alejarlo así.

-Sabes – mencionó, captando su atención. Matt le miraba tan intensamente que sentía que no debía apartar sus ojos de los de él – Esto me pasa tan a menudo que  ya tiende a aburrirme. Aún no logro comprender cómo hay personas que confíen tan fácilmente  en mí. Aunque debo admitir. Ciertas  veces  vuelve a ser divertido… para mí, por supuesto – como lo había hecho tiempo atrás, hablaba para él mismo, sin dejar de enterrar sus desteñidas esmeraldas en los atemorizados ojos de ella.

Su boca se torció levemente para formar una suave sonrisa que se tintaba de malicia. Pronto ella sintió una mano, la que él tenía libre, aventurarse en uno de los bolsillos de la chaqueta que le había presado anteriormente. Un ovoide rojo apareció luego ante sus ojos, y al él oprimir un diminuto interruptor, una cuchilla cortó el viento al salir del interior del carmín objeto.  Su cara se desencajó en un angustioso gesto del terror al ver después la terrorífica sonrisa que ahora residía en la cara del joven.

-¿Alguna vez llegaste a pensar que podía ser un psicópata? – No sabía el por qué sus manos no respondían a los incontables intentos que ella estaba haciendo por moverlas. Había entrado en shock, y en realidad, ningún otro músculo más que sus pulmones y corazón se movían en aquél instante – ¿No llegaste siquiera a sopesar esa probabilidad?, el que yo fuese un monstruo insaciable que necesita asesinar para poder sentir que aún vive. Uno que sabía que con encantos y recovecos podría conseguir que se encontrase solo contigo para poder atestar el último movimiento – movió la navaja con habilidad; sus ojos, desorbitados por la emoción, haciendo juego  con los aterrorizados de ella.

Si. Si lo había evaluado. Si había tenido la minúscula creencia de que aquél hombre de la “dudosa y peligrosa procedencia” podía resultar en realidad peligroso. Pero como la increíblemente imbécil que era, había eliminado aquella suposición con absurda rapidez por la estúpidamente simple razón de que no había ejercido resistencia alguna frente a la encantadora personalidad que ahora notaba él había falsificado. Y ahora se encontraba en una situación en la que probablemente, al día siguiente, no tendría vida para contarlo. No podía creerlo.

A lo lejos,  el tintineo  de doce campanadas irrumpió en el sepulcral silencio.  La media noche había llegado, y con ella, la aparición de una luna deslumbrante, teñida de un etéreo color rojizo.

-Déjame darte un consejo…– la voz del hombre retumbó nuevamente en sus oídos, devolviéndole del trance en el que había entrado para intentar librarse de su terror. Dirijo sus ojos a los de él, y se encontró con la misma persona que había creído conocer – No vuelvas a confiar tan ilusamente de una persona como lo hiciste hoy – las palabras hacían eco en sus oídos mientras se distraía viendo cómo él guardaba la navaja en uno de los bolsillos de su pantalón – A veces las personas si son lo que sus apariencias nos dan a entender – mencionó dejando de taparle la boca, para limpiarle luego con el pulgar una tímida lágrima que resbalaba por su mejilla – Oh, y por favor – le dijo, sacando un rectangular papel del bolsillo en el que anteriormente había guardado la navaja. Era el papelito que le había visto observar con tanto interés en el bus – No seas tan descuidada. Sé que es difícil, pero…aún viajando por las nubes hay que mantener los pies aferrados a la tierra.

Le entregó el papelito, y antes de que ella pudiese decirle algo, Matthew comenzó a alejarse del lugar.

Observó aterrada el rectangular objeto, incrédula aún de lo que había sucedido en toda esa noche. El papel era su tarjeta de identificación, que muy probablemente se había caído de su cartera cuando saco el pase del autobús. Levantó entonces su cabeza, buscando con premura al joven. Allí estaba, a unos cuantos metros lejos de ella, sonriéndole con burla.

-Feliz cumpleaños, Johana – le dijo antes de desaparecer por la esquina de la calle, como una sombra.

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‘Feliz Halloween’

“¡¡IDIOTA!!”  Gritó  el menor estallando en sollozos¡LA MATASTE!”

 

Pequeños y grandes seres fantásticos y misteriosos comenzaron a colmar las calles, decorando aquella tarde con sus pintorescos trajes que solo salían de su escondite una vez al año. El aire, gélido, y un tanto denso, extraño para esa época del año,  iba tintándose del dulce aroma de las manzanas con caramelo. Aquella prometía ser una de las pacíficas tardes que los habitantes de ese suburbio solían tener cada 31 de Octubre. Excepto, claro, por un sismo que se generaba en la casa de los Jones; un sismo que, curiosamente, tenía el ritmo exacto de “We Will Rock You”, de Queen.

– ¡Baja el volumen Catherine! – exclamó la señora Jones desde fuera de la habitación que parecía ser el epítome del terremoto – ¡Catherine! – Era razonable el que a ese punto estuviese a punto de explotar, descubriendo que su hija había cerrado con llave la puerta que rezaba “Prohibido el paso, especialmente al enano mocoso”. Exasperada, decidió ir a buscar la llave maestra de la casa, decidida a detener el sismo que empezaba a asustar a los curiosos habitantes del exterior.

Volvió casi en seguida, harta de no escuchar si quiera sus propios pensamientos. Suspiró aliviada cuando notó el leve movimiento de la perilla; aquélla pesadilla auditiva que sufría estaba por terminar. La cerradura cedió al instante, dando paso a una habitación que podía ser fácilmente confundida por el hábitat de un huracán. No titubeó un poco al dirigirse al estéreo y apagarlo de golpe, ni siquiera cuando la voz de su hija le hablaba con notable histeria.

 

– ¡YULIA!  ¡¡Es mi habitación!!- exclamó con un dejo de ira en su voz

– ¡No por eso la usarás como simulador de sismos! – respondió con el mismo tono que la joven había empleado –  ¿Cuántas veces tendré que repetirte que puedes subir el volumen a un punto moderado? ¡Tu habitación no es estadio para conciertos! ¿Qué crees que pensarán los vecinos?

– Me vale culo lo que piensen – le dijo indiferente

– ¡No me contestes de esa manera!, soy tu madre, muéstrame un poco de respeto, ¿Acaso no sirve de nada el que te repita constantemente que debes ser educada? – percibió que sus comentarios no llegarían a lugar alguno cuando vio que su hija rodaba los ojos con cada palabra que ella pronunciaba, mientras balbuceaba, o simulaba hacerlo, frases que se le hacían inteligibles. Yulia suspiró lentamente, recordando que varias veces le habían comentado que era una excelente forma de liberar el estrés, justo como el que sentía en aquel instante. Esperó diez segundos para suspirar nuevamente, logrando calmarse lo suficiente como para poder hablarle bien a su hija –  Llevaré a Danny al Mall, a conseguirle dulces, ¿quisieras venir con nosotros?

– ¿Para ser la asistonta del enano?, ¿para ayudar a la sociedad consumista comprando chatarra manchatripas?; no gracias, además, tengo planes

– Cathy, ¡a ti te encantaba hacer esto! ¡Halloween era tu fiesta favorita y amabas los dulces!

– Muy bien dicho, solía amarlos, y por si no oíste, tengo plan… –  un astronauta de contextura pequeña,  por no decir mínima, apareció en la alcoba, intentando quitarse el casco que llevaba puesto, el cual se asemejaba demasiado a una pecera –  vete de mi habitación, mocoso

-¡No soy mocoso! – El pequeño gimió con un puchero tintando sus infantiles facciones –  ¡he venido a salvar a mami de las garras del mal!

– Hah, claro, ¿tú y qué ejército? –  el pequeño sacó una espalda de detrás suyo. Accesorio que no iba para nada con un hom… bueno, niño del espacio – ¡Uy pero que miedo!, mira, ¡que tiemblo! –  exclamó  irónica a su hermanito, que le enseñaba la lengua con decisión.

– Basta los dos –  Yulia le dio unos leves toques a la espalda de su pequeño, haciéndole llegar a la salida de lo que ella estaba considerando un manicomio –  cuídate hija, no le abras a nadie, y no te vayas a poner en plan de terremoto de nuevo, o te prohíbo las salidas durante una semana… mejor aprovecha a salir hoy – salió de la habitación, cerrando de golpe la madera Bicolor.

Catherine observó a su madre y su “mocoso” hermano alejarse por la calle, desapareciendo luego unas cuantas esquinas más al norte. Los dos volverían en no menos de dos o tres horas, y  Albert Jones, su padre, no regresaría a casa hasta la próxima semana. Tenía la casa entera para sí sola, una muy cómoda vivienda de quinientos metros cuadrados compuesta por dos pisos. Era para ella solita, una antipática adolescente que no podía pensar en algo interesante qué hacer. Genial.

Era obvio que le había mentido a su madre. No tenía plan alguno para un día como ese que consideraba tan comercial; sus amigas, la mayoría, andaban de viaje, y las otras  no disponían de tiempo para ayudar a entretenerse un buen rato. ¿Ahora qué se suponía que debía hacer?, no había planeado nada en absoluto para fin de mes…

O… tal vez… tal vez sí. La verdad es que había pensado en algo durante todo Octubre, algo que le volvía extremadamente nerviosa y hacía de su estómago un nido de mariposas… algo llamado Jeremiah Collins. Desde muy pequeña, incluso, se había fijado en él; y, con el pasar del tiempo, aquella inocente fijación se había convertido en un cariño inmenso que sentía por aquél chico de la mirada dulce y encantadora, ese joven lleno de vida que adoraba con todo su ser. Deseaba que tal cariño le brindase las fuerzas suficientes para demostrarle su interés, pero la ensoñación que sufría por Jeremiah no lograba ser suficiente para derrotar el temor que sentía hacia el hermano gemelo  del chico, tan sólo veinte minutos mayor que él.

Michel Collins era no más que una persona común y corriente si posabas los ojos durante un corto período de tiempo sobre él. Y es que su apariencia no era nada que alguien pudiese calificar como extraña, o levemente perturbadora. Además era tan físicamente perfecto y atrayente como su hermano menor, muchas personas incluso llegaban a tomarlos  por la misma persona. Sin embargo, aquella displicente mirada con la que le había atrapado observándole contadas veces no era algo que Catherine pudiese considerar normal.

A comparación de Jeremiah, que lograba derretir e hipnotizar a cualquiera con aquellos acaramelados ojos suyos, Michel  observaba a las personas a su alrededor con un gesto de soberbia que reducía a escoria incluso al más narcisista de los alrededores. Pero no era sólo eso. No, sus ojos, igual de hipnotizadores que los de su gemelo, miraban a Catherine con un brillo especial que lograba calar los huesos de la muchacha. Aquel era un brillo particular, uno que le hacía estremecerse y desesperarse por el estúpido presentimiento de que ese chico quería hacerle algo malo, muy malo, para mantenerla alejada del menor.

Y el chico lo lograba. Michel lograba, casi sin esfuerzo alguno, tenerla apartada del joven de sus sueños, sin que ella se atreviese a hacer algo al respecto, por aquél temor de que la paranoia que sentía por el gemelo mayor fuese realidad. Nunca se atrevía a acercarse demasiado a Jeremiah, pues Michel estaba siempre a su lado.  Y ahora, lo único que su cobardía le dejaba tener en aquel entonces era la mera posibilidad de continuar con su simulador de terremotos por el resto de la tarde. “Que mierda de divertido”

 

 

Afuera, ante la inminente llegada de la noche, oscura confidente, dos cuerpos masculinos, vestidos de negro desde la cabeza hasta la punta de los pies, salían de un negro Cadillac que combinaba a la perfección con sus trajes. Uno de ellos; el más alto, detuvo sus pasos, obligando al otro a parar justo al frente de la casa Jones.

– No estoy para nada seguro de esto Mich, ¿Qué si le pasa algo malo? – preguntó notablemente preocupado, siguiendo sumiso los pasos del más alto, que se acercaba decidido al pórtico de la edificación.

Quería hablar con ella, decirle que le apreciaba y le interesaba, desde hacía ya mucho tiempo, entablar una relación con ella. Sin embargo, esa no era la manera de hacerlo, aunque su hermano mayor le insistiera, de una forma rallante en lo desagradable, que si lo era.

– ¡Por favor!, ¿qué podría sucederle?, si es nada más que  una inocente broma – respondió Michel mostrando indiferencia, mientras cogía un puñado de dulces que había en un cesto, al lado de la casa “palpitante” – éstos son de los buenos, ¿quieres?

– Lo único que quiero es irme de aquí…  o al menos invitarla de una forma natural a una cita NORMAL – mencionó enfatizando la última palabra con suma intensidad

– No puedes hacer eso hermanito – comentó burlescamente

– ¿Por qué no?

– Primero, porque tú –  espetó empujándole levemente con su enguantado índice –  no eres normal, lo que da entender que no puedes tener citas formales, ni normales…

– ¿Acaso tu consideras esto una cita? – Michel  sonrió macabramente

– No, para nada –  susurró tan suavemente que su hermano no pudo escuchar sonido alguno –  ¡Joder! – exclamó fingiendo irritación – ¡no me interrumpas cuando hablo!… Lo segundo es que… ¡ya estamos aquí!, no me hagas perder el tiempo Jeremiah, vivimos bastante lejos de aquí y, fácilmente,  podría estar haciendo gozar a cuanta mujer se me plazca, pero adivina qué, no lo estoy haciendo, por estar aquí, contigo

– No tienes derecho a quejarte. Fuiste tú, y sólo tú el de la idea – Michel sonrió, reprimiendo una traviesa sonrisa en sus labios. Deseaba estar dentro de aquél lugar lo más rápido posible – ¿Qué sus padres están? – preguntó nervioso el menos, sacándole de sus pensamientos

-¿Con la música a ese volumen? – Atinó a responder – ¡no me hagas reír!, a menos que… – simuló estar meditando la situación, pues en realidad poco le importaba que alguien más estuviese dentro – ¡a menos que sean sordos!, fíjate que eso puede suceder

– Eres un imbécil

– ¡Oh!, me duele mucho que me digas así, ¡gemelo mío de mi muy mía alma! – Jeremiah  le observó con el semblante serio, reacio a las estúpidas bromas sin sentido de su gemelo – ya, que estás así creyendo que le pasará algo, y nada va a suceder… ahora – recordó que llevaba un puñado de dulces en su negra mano. Fue descartando uno a uno hasta toparse con el perfecto para su cometido

– ¿Qué planeas hacer con eso? – La voz de su hermano sonó distante, mientras él veía con siniestro deleite el rompemuelas multicolor que abarcaba gran parte de su palma

– Entremos

– Das miedo – nuevamente ignoró a su gemelo, acercándose luego a la puerta para girar la manivela un poco y descubrir que se hallaba cerrado con llave

– Debí haber supuesto que no sería tan fácil –  aceptó agachándose, buscando algo con la mirada

– Eso  es ciertamente una señal de que no deberíamos hacer esto – aclaró Jeremiah claramente preocupado por el enfermizo esmero que le estaba prestando su gemelo a la situación – es mejor irnos y dejar las cosas así, Mich, te digo que…

– Cállate y no seas un niñato miedoso – exclamó con un tono irritado que caló los huesos del menor –  Ponte la máscara – mencionó autoritario, levantándose con una sonrisa triunfante tintando su cara ante el hallazgo de un pequeño pedazo de metal debajo de la alfombra que rezaba “Feliz Halloween”

– Michel…

– ¡Cállate y ponte la maldita máscara!

Su hermano no dudó un solo segundo en ponerse la máscara, presa del temor que él le estaba generando. Introdujo la llave al cerrojo, y, tal rompecabezas, encajaron perfectamente. Hizo una mueca indescriptible, terrorífica a ojos de muchos. Se puso la máscara al momento de adentrarse en la casa, caminando  con tanta confianza y parsimonia que asemejaba el incluso haber vivido allí. Jeremiah le seguía sumiso, vencido por la impenetrable actitud tan decidida de él, su hermano mayor. Las constantes vibraciones les dirijo sin mucho esfuerzo al cuarto del cual la música provenía. El ojo del huracán. El comienzo del final.

La melodía se tornaba rápidamente en un tosco, seseante y molesto ruido, lastimándole los tímpanos. Cerró los ojos con fuerza, casi creyendo que así el ruido agobiante que provenía de su estéreo desaparecería. Poco a poco había estado hartándose de escuchar música a ese volumen ensordecedor, pero cierto era que se hartaba más de su cobardía y poca fuerza de voluntad. ¿Cómo había sido tan ridícula como para no haberle invitado de antes? ¿Y por qué razón habría de tenerle pavor al gemelo de su amado?… tal vez era sólo su imaginación la que producía el creer  que Michel le miraba de la manera que se suponía que lo hacía, quizá generado por el miedo en sí de hablarle a Jeremiah.  Si, seguro era eso. Y quería darle fin. Podía llamar a Jeremiah justo en ese momento e invitarle a salir, ¡sí!, eso haría. Era momento de dejar a un lado su patética inseguridad y los miedos mal fundados. Marcaría ese teléfono y hablaría con él, ¡por supuesto que lo iba a hacer!… bien, al menos eso creía.

Se levantó forzosamente al ser presa de la pereza, madre de todos los vicios. Sus párpados se levantaron con lentitud, para enfocar luego a su frente un par de ojos cafés, oscurísimos, tanto que parecían negros, como la aparente tela que se encontraba a su alrededor. Intentó gritar, presa del pánico que esas oscuras obsidianas le generaban, pero fue demasiado tarde. Rápidamente, tanto que ni ella se dio cuenta, su atacante le introdujo una pequeña pelota, lo suficientemente pequeña como para rebasar la barrera dental, pero lo necesariamente grande para ocupar toda su cavidad bucal, impidiendo cualquier cosa que intentase pronunciar se perdiese en un mar de gemidos, cargados por el horror puro del que fue víctima al reconocer aquél misterioso y maquiavélico iris. Sabía que era él, no había manera de que otra persona tuviese esos ojos, nadie, ni siquiera J…

– Bienvenida a tu peor pesadilla – pronunció el hombre con gravedad, generándole escalofríos en cada rincón de su cuerpo. El terror fue aun mayor al quedar sus ojos a oscuras, habiendo sido cubiertos por una tela rugosa que le lastimaba la piel. Dedujo que, desde atrás, alguien le había puesto el incómodo venaje. ¿Cómo y cuándo pudo alguien llegar detrás de ella sin que pudiese notarlo? – Espero que estés cómoda, va a ser un largo viaje

La voz rió maliciosamente, colmándola de terror, mientras sentía, impotente, que sus extremidades, paralizadas por el pánico que tenía, estaban siendo atadas, inmovilizándola más aún.

Mientras sentía que le cargaban y empezaban a salir de su habitación pensó en oponer resistencia al ataque, aunque luego de meditarlo unos efímeros segundos, desistió de tal idea. No podría con un solo chico, menos aún con dos. Suponiendo que la pareja de su “secuestrador” era, en efecto, ese alguien conocido que ella creía amar, concluyó que todo eso se trataba no más de una fatídica broma digna de Halloween, de la cual todos podrían reír luego.

La conclusión, por más disparatada que fuese, logró relajarla, aflojando sus tensos músculos, incluida su lengua, notando por primera vez el sabor del objeto que llevaba en la boca. Era dulce, con un toque amargo. Podría reconocer ese sabor en cualquier lugar. Un rompemuelas, ¡como los odiaba!, jamás había podido terminar uno, su boca no era lo suficientemente grande como para albergarlo con comodidad, y en realidad, la excesiva cantidad de saliva que éste generaba le producía asco. Entonces cayó en cuenta, ¿por qué era efectivamente un dulce y no algo más?

El  gélido aire golpeando su cara le devolvió a la realidad, dándole también  a entender que habían dejado la edificación. Los movimientos de los dos misteriosos personajes se volvieron más bruscos y rápidos, para que los vecinos del suburbio no se diesen cuenta de nada, pensó. Su cuerpo de pronto cambió de posición, siendo entonces cargada sólo por uno de sus secuestradores, escuchó la alarma de un carro muy cercano a donde estaba, mientras oía murmullos inteligibles provenientes de los raptores.

Inmediatamente después, percibió que su cuerpo se separaba precipitadamente de los brazos del chico, para caer bruscamente en una superficie dura y nada cómoda. No supo con exactitud dónde se encontraba hasta que un golpe seco sonó encima de ella, como el sonido que haría la puerta de la portezuela de un carro. Sintió entonces que el espacio en el que se encontraba se volvía más pesado y arrancaba con rapidez.  El carro tomaba con rapidez las curvas y resaltos, haciendo que ella se chocase contra las reducidas paredes del maletero. No podía moverse por voluntad, y pronto el automóvil cruzó con reiterada rapidez un bache de los tantos que se encontraban en el camino, generando que la pelota dulce que llevaba en la boca se adentrara más aún en su boca, alojándose en su garganta, impidiéndole respirar.

MIERDA”

 

 

– ¡¡HUBIERAS VISTO SU CARA!! –  dijo entre carcajadas, mientras se bajaba lentamente del asiento del piloto, a abrir el maletero. “Pronto”, pensó, reprimiendo de nuevo la maliciosa sonrisa, imaginando ansioso la escena que estaría a punto de presenciar

– Eres un monstruo…

– ¡Oh Vamos J!, no seas aguafiestas, mira, solo abrimos, le decimos “FELIZ HALLOWEEN” y nos vamos –  el menor estaba seguro de que él no tenía la más mínima intención de llevarla con ellos. Jeremiah sabía  lo perverso que podía él llegar a ser, por eso era casi una obligación en que siempre estuviese cerca suyo, él sabía que su hermano menor se aseguraba la gran parte del tiempo de que él no sobrepasara los límites

– ¿Y dejarla sola aquí?

– Dije “vamos”

– Sé que no tienes intención alguna de volver con ella – afirmó con seguridad al llegar a la parte trasera del Cadillac

– Tampoco creo que ella la tenga. Como sea, recuerda “Feliz Halloween”. Una, dos, ¡Tres! – abrió con rapidez la portezuela –  ¡¡FELIZ!!… –  su grito se apagó de golpe al hacer contacto visual con el cuerpo de la chica, que adquiría un tono azulado en su antes pálida tez, producto de una bola gigante atorada en su cuello. No pudo evitar que una sonrisa surcara sus finas facciones, ocultadas por la negra máscara

– ¡IDIOTA! –  gritó el menor estallando en sollozos – ¡LA MATASTE!

Histérico, Jeremiah apartó bruscamente a su hermano del maletero, e intentó, con fallidos resultados, devolverle la vida a la chica. Se movía frenéticamente, nervioso y tembloroso, tanto que parecía víctima del Parkinson. Catherine estaba muerta y no había manera alguna que pudiese revivirla.

– ¡ERES UN MALDITO IDIOTA! ¡MENUDA BROM…menuda broma has hecho! – su voz se quebró, quitándose el antifaz para dejar de ocultar su cara, en la que se dibujaba una mueca de horror y profunda culpa – Oh dios, ¿qué te hice? – dijo rozándole la azulada mejilla con el dorso de sus dedos – ¿por qué me dejé llevar? ¿por qué acepté que te hiciéramos esto?

Michel se quitó con premura la máscara mientras su hermano, ya con lágrimas en los ojos, seguía observando con suma tristeza a la inerte muchacha. Dejó su antifaz caer al concreto, dejando ver la terrorífica mirada de puro éxtasis que se dibujaba en su cara desde hace ya unos segundos.

Por fin, ¡lo había logrado!, aunque de antemano sabía que lo haría. Esa maldita zorra se había acercado demasiado a su hermano, y había sufrido las consecuencias. Jeremiah no era más que suyo, y de nadie más. Él lo amaba, y estaba seguro de que Jeremiah lo amaba a él, el que siempre estuviesen juntos y que el menor nunca se apartase de su lado lo corroboraba sin ningún tipo de error. No había nadie que pudiese separarlos, ¡nadie!, hasta que la cualquiera de Catherine decidió entrometerse en sus vidas. No podía permitirse el lujo de que esa relación de simples contactos visuales se transformase en algo más. Ella quería robarse a su hermano, que era todo para él, y por eso tenía que desaparecer.

– … Michel… –  la voz horrorizada del menor le devolvió a la realidad. Debía ser su cara la razón por la cual éste le miraba de aquella forma tan extraña que denotaba pánico – el… el du-dulce – dijo con un hilo de voz que hizo sonreír a Michel – t-tu lo planeaste… querías… ¡querías que muriera!

– Ohm ¿cómo puedes creer eso? – preguntó cínicamente, aún sonriendo – Jeremiah, este asunto sólo se ha salido de nuestras manos – mintió, acercándose al cuerpo  con tanta parsimonia como lo haría un asesino.

Le tocó el cuello suavemente, el gélido de aquella piel contrarrestando el creciente ardor que sus manos desprendían. Jeremiah se apartó rápidamente de allí para evitar vomitar al notar lo que su hermano se disponía a lograr.

– Feliz Halloween, Catherine –  dijo con una sonrisa aún más frenética que las anteriores, sosteniendo es sus manos, con total admiración, un rompemuelas a medio terminar – ¿Quieres?

 

 

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