‘Feliz Halloween’

“¡¡IDIOTA!!”  Gritó  el menor estallando en sollozos¡LA MATASTE!”

 

Pequeños y grandes seres fantásticos y misteriosos comenzaron a colmar las calles, decorando aquella tarde con sus pintorescos trajes que solo salían de su escondite una vez al año. El aire, gélido, y un tanto denso, extraño para esa época del año,  iba tintándose del dulce aroma de las manzanas con caramelo. Aquella prometía ser una de las pacíficas tardes que los habitantes de ese suburbio solían tener cada 31 de Octubre. Excepto, claro, por un sismo que se generaba en la casa de los Jones; un sismo que, curiosamente, tenía el ritmo exacto de “We Will Rock You”, de Queen.

– ¡Baja el volumen Catherine! – exclamó la señora Jones desde fuera de la habitación que parecía ser el epítome del terremoto – ¡Catherine! – Era razonable el que a ese punto estuviese a punto de explotar, descubriendo que su hija había cerrado con llave la puerta que rezaba “Prohibido el paso, especialmente al enano mocoso”. Exasperada, decidió ir a buscar la llave maestra de la casa, decidida a detener el sismo que empezaba a asustar a los curiosos habitantes del exterior.

Volvió casi en seguida, harta de no escuchar si quiera sus propios pensamientos. Suspiró aliviada cuando notó el leve movimiento de la perilla; aquélla pesadilla auditiva que sufría estaba por terminar. La cerradura cedió al instante, dando paso a una habitación que podía ser fácilmente confundida por el hábitat de un huracán. No titubeó un poco al dirigirse al estéreo y apagarlo de golpe, ni siquiera cuando la voz de su hija le hablaba con notable histeria.

 

– ¡YULIA!  ¡¡Es mi habitación!!- exclamó con un dejo de ira en su voz

– ¡No por eso la usarás como simulador de sismos! – respondió con el mismo tono que la joven había empleado –  ¿Cuántas veces tendré que repetirte que puedes subir el volumen a un punto moderado? ¡Tu habitación no es estadio para conciertos! ¿Qué crees que pensarán los vecinos?

– Me vale culo lo que piensen – le dijo indiferente

– ¡No me contestes de esa manera!, soy tu madre, muéstrame un poco de respeto, ¿Acaso no sirve de nada el que te repita constantemente que debes ser educada? – percibió que sus comentarios no llegarían a lugar alguno cuando vio que su hija rodaba los ojos con cada palabra que ella pronunciaba, mientras balbuceaba, o simulaba hacerlo, frases que se le hacían inteligibles. Yulia suspiró lentamente, recordando que varias veces le habían comentado que era una excelente forma de liberar el estrés, justo como el que sentía en aquel instante. Esperó diez segundos para suspirar nuevamente, logrando calmarse lo suficiente como para poder hablarle bien a su hija –  Llevaré a Danny al Mall, a conseguirle dulces, ¿quisieras venir con nosotros?

– ¿Para ser la asistonta del enano?, ¿para ayudar a la sociedad consumista comprando chatarra manchatripas?; no gracias, además, tengo planes

– Cathy, ¡a ti te encantaba hacer esto! ¡Halloween era tu fiesta favorita y amabas los dulces!

– Muy bien dicho, solía amarlos, y por si no oíste, tengo plan… –  un astronauta de contextura pequeña,  por no decir mínima, apareció en la alcoba, intentando quitarse el casco que llevaba puesto, el cual se asemejaba demasiado a una pecera –  vete de mi habitación, mocoso

-¡No soy mocoso! – El pequeño gimió con un puchero tintando sus infantiles facciones –  ¡he venido a salvar a mami de las garras del mal!

– Hah, claro, ¿tú y qué ejército? –  el pequeño sacó una espalda de detrás suyo. Accesorio que no iba para nada con un hom… bueno, niño del espacio – ¡Uy pero que miedo!, mira, ¡que tiemblo! –  exclamó  irónica a su hermanito, que le enseñaba la lengua con decisión.

– Basta los dos –  Yulia le dio unos leves toques a la espalda de su pequeño, haciéndole llegar a la salida de lo que ella estaba considerando un manicomio –  cuídate hija, no le abras a nadie, y no te vayas a poner en plan de terremoto de nuevo, o te prohíbo las salidas durante una semana… mejor aprovecha a salir hoy – salió de la habitación, cerrando de golpe la madera Bicolor.

Catherine observó a su madre y su “mocoso” hermano alejarse por la calle, desapareciendo luego unas cuantas esquinas más al norte. Los dos volverían en no menos de dos o tres horas, y  Albert Jones, su padre, no regresaría a casa hasta la próxima semana. Tenía la casa entera para sí sola, una muy cómoda vivienda de quinientos metros cuadrados compuesta por dos pisos. Era para ella solita, una antipática adolescente que no podía pensar en algo interesante qué hacer. Genial.

Era obvio que le había mentido a su madre. No tenía plan alguno para un día como ese que consideraba tan comercial; sus amigas, la mayoría, andaban de viaje, y las otras  no disponían de tiempo para ayudar a entretenerse un buen rato. ¿Ahora qué se suponía que debía hacer?, no había planeado nada en absoluto para fin de mes…

O… tal vez… tal vez sí. La verdad es que había pensado en algo durante todo Octubre, algo que le volvía extremadamente nerviosa y hacía de su estómago un nido de mariposas… algo llamado Jeremiah Collins. Desde muy pequeña, incluso, se había fijado en él; y, con el pasar del tiempo, aquella inocente fijación se había convertido en un cariño inmenso que sentía por aquél chico de la mirada dulce y encantadora, ese joven lleno de vida que adoraba con todo su ser. Deseaba que tal cariño le brindase las fuerzas suficientes para demostrarle su interés, pero la ensoñación que sufría por Jeremiah no lograba ser suficiente para derrotar el temor que sentía hacia el hermano gemelo  del chico, tan sólo veinte minutos mayor que él.

Michel Collins era no más que una persona común y corriente si posabas los ojos durante un corto período de tiempo sobre él. Y es que su apariencia no era nada que alguien pudiese calificar como extraña, o levemente perturbadora. Además era tan físicamente perfecto y atrayente como su hermano menor, muchas personas incluso llegaban a tomarlos  por la misma persona. Sin embargo, aquella displicente mirada con la que le había atrapado observándole contadas veces no era algo que Catherine pudiese considerar normal.

A comparación de Jeremiah, que lograba derretir e hipnotizar a cualquiera con aquellos acaramelados ojos suyos, Michel  observaba a las personas a su alrededor con un gesto de soberbia que reducía a escoria incluso al más narcisista de los alrededores. Pero no era sólo eso. No, sus ojos, igual de hipnotizadores que los de su gemelo, miraban a Catherine con un brillo especial que lograba calar los huesos de la muchacha. Aquel era un brillo particular, uno que le hacía estremecerse y desesperarse por el estúpido presentimiento de que ese chico quería hacerle algo malo, muy malo, para mantenerla alejada del menor.

Y el chico lo lograba. Michel lograba, casi sin esfuerzo alguno, tenerla apartada del joven de sus sueños, sin que ella se atreviese a hacer algo al respecto, por aquél temor de que la paranoia que sentía por el gemelo mayor fuese realidad. Nunca se atrevía a acercarse demasiado a Jeremiah, pues Michel estaba siempre a su lado.  Y ahora, lo único que su cobardía le dejaba tener en aquel entonces era la mera posibilidad de continuar con su simulador de terremotos por el resto de la tarde. “Que mierda de divertido”

 

 

Afuera, ante la inminente llegada de la noche, oscura confidente, dos cuerpos masculinos, vestidos de negro desde la cabeza hasta la punta de los pies, salían de un negro Cadillac que combinaba a la perfección con sus trajes. Uno de ellos; el más alto, detuvo sus pasos, obligando al otro a parar justo al frente de la casa Jones.

– No estoy para nada seguro de esto Mich, ¿Qué si le pasa algo malo? – preguntó notablemente preocupado, siguiendo sumiso los pasos del más alto, que se acercaba decidido al pórtico de la edificación.

Quería hablar con ella, decirle que le apreciaba y le interesaba, desde hacía ya mucho tiempo, entablar una relación con ella. Sin embargo, esa no era la manera de hacerlo, aunque su hermano mayor le insistiera, de una forma rallante en lo desagradable, que si lo era.

– ¡Por favor!, ¿qué podría sucederle?, si es nada más que  una inocente broma – respondió Michel mostrando indiferencia, mientras cogía un puñado de dulces que había en un cesto, al lado de la casa “palpitante” – éstos son de los buenos, ¿quieres?

– Lo único que quiero es irme de aquí…  o al menos invitarla de una forma natural a una cita NORMAL – mencionó enfatizando la última palabra con suma intensidad

– No puedes hacer eso hermanito – comentó burlescamente

– ¿Por qué no?

– Primero, porque tú –  espetó empujándole levemente con su enguantado índice –  no eres normal, lo que da entender que no puedes tener citas formales, ni normales…

– ¿Acaso tu consideras esto una cita? – Michel  sonrió macabramente

– No, para nada –  susurró tan suavemente que su hermano no pudo escuchar sonido alguno –  ¡Joder! – exclamó fingiendo irritación – ¡no me interrumpas cuando hablo!… Lo segundo es que… ¡ya estamos aquí!, no me hagas perder el tiempo Jeremiah, vivimos bastante lejos de aquí y, fácilmente,  podría estar haciendo gozar a cuanta mujer se me plazca, pero adivina qué, no lo estoy haciendo, por estar aquí, contigo

– No tienes derecho a quejarte. Fuiste tú, y sólo tú el de la idea – Michel sonrió, reprimiendo una traviesa sonrisa en sus labios. Deseaba estar dentro de aquél lugar lo más rápido posible – ¿Qué sus padres están? – preguntó nervioso el menos, sacándole de sus pensamientos

-¿Con la música a ese volumen? – Atinó a responder – ¡no me hagas reír!, a menos que… – simuló estar meditando la situación, pues en realidad poco le importaba que alguien más estuviese dentro – ¡a menos que sean sordos!, fíjate que eso puede suceder

– Eres un imbécil

– ¡Oh!, me duele mucho que me digas así, ¡gemelo mío de mi muy mía alma! – Jeremiah  le observó con el semblante serio, reacio a las estúpidas bromas sin sentido de su gemelo – ya, que estás así creyendo que le pasará algo, y nada va a suceder… ahora – recordó que llevaba un puñado de dulces en su negra mano. Fue descartando uno a uno hasta toparse con el perfecto para su cometido

– ¿Qué planeas hacer con eso? – La voz de su hermano sonó distante, mientras él veía con siniestro deleite el rompemuelas multicolor que abarcaba gran parte de su palma

– Entremos

– Das miedo – nuevamente ignoró a su gemelo, acercándose luego a la puerta para girar la manivela un poco y descubrir que se hallaba cerrado con llave

– Debí haber supuesto que no sería tan fácil –  aceptó agachándose, buscando algo con la mirada

– Eso  es ciertamente una señal de que no deberíamos hacer esto – aclaró Jeremiah claramente preocupado por el enfermizo esmero que le estaba prestando su gemelo a la situación – es mejor irnos y dejar las cosas así, Mich, te digo que…

– Cállate y no seas un niñato miedoso – exclamó con un tono irritado que caló los huesos del menor –  Ponte la máscara – mencionó autoritario, levantándose con una sonrisa triunfante tintando su cara ante el hallazgo de un pequeño pedazo de metal debajo de la alfombra que rezaba “Feliz Halloween”

– Michel…

– ¡Cállate y ponte la maldita máscara!

Su hermano no dudó un solo segundo en ponerse la máscara, presa del temor que él le estaba generando. Introdujo la llave al cerrojo, y, tal rompecabezas, encajaron perfectamente. Hizo una mueca indescriptible, terrorífica a ojos de muchos. Se puso la máscara al momento de adentrarse en la casa, caminando  con tanta confianza y parsimonia que asemejaba el incluso haber vivido allí. Jeremiah le seguía sumiso, vencido por la impenetrable actitud tan decidida de él, su hermano mayor. Las constantes vibraciones les dirijo sin mucho esfuerzo al cuarto del cual la música provenía. El ojo del huracán. El comienzo del final.

La melodía se tornaba rápidamente en un tosco, seseante y molesto ruido, lastimándole los tímpanos. Cerró los ojos con fuerza, casi creyendo que así el ruido agobiante que provenía de su estéreo desaparecería. Poco a poco había estado hartándose de escuchar música a ese volumen ensordecedor, pero cierto era que se hartaba más de su cobardía y poca fuerza de voluntad. ¿Cómo había sido tan ridícula como para no haberle invitado de antes? ¿Y por qué razón habría de tenerle pavor al gemelo de su amado?… tal vez era sólo su imaginación la que producía el creer  que Michel le miraba de la manera que se suponía que lo hacía, quizá generado por el miedo en sí de hablarle a Jeremiah.  Si, seguro era eso. Y quería darle fin. Podía llamar a Jeremiah justo en ese momento e invitarle a salir, ¡sí!, eso haría. Era momento de dejar a un lado su patética inseguridad y los miedos mal fundados. Marcaría ese teléfono y hablaría con él, ¡por supuesto que lo iba a hacer!… bien, al menos eso creía.

Se levantó forzosamente al ser presa de la pereza, madre de todos los vicios. Sus párpados se levantaron con lentitud, para enfocar luego a su frente un par de ojos cafés, oscurísimos, tanto que parecían negros, como la aparente tela que se encontraba a su alrededor. Intentó gritar, presa del pánico que esas oscuras obsidianas le generaban, pero fue demasiado tarde. Rápidamente, tanto que ni ella se dio cuenta, su atacante le introdujo una pequeña pelota, lo suficientemente pequeña como para rebasar la barrera dental, pero lo necesariamente grande para ocupar toda su cavidad bucal, impidiendo cualquier cosa que intentase pronunciar se perdiese en un mar de gemidos, cargados por el horror puro del que fue víctima al reconocer aquél misterioso y maquiavélico iris. Sabía que era él, no había manera de que otra persona tuviese esos ojos, nadie, ni siquiera J…

– Bienvenida a tu peor pesadilla – pronunció el hombre con gravedad, generándole escalofríos en cada rincón de su cuerpo. El terror fue aun mayor al quedar sus ojos a oscuras, habiendo sido cubiertos por una tela rugosa que le lastimaba la piel. Dedujo que, desde atrás, alguien le había puesto el incómodo venaje. ¿Cómo y cuándo pudo alguien llegar detrás de ella sin que pudiese notarlo? – Espero que estés cómoda, va a ser un largo viaje

La voz rió maliciosamente, colmándola de terror, mientras sentía, impotente, que sus extremidades, paralizadas por el pánico que tenía, estaban siendo atadas, inmovilizándola más aún.

Mientras sentía que le cargaban y empezaban a salir de su habitación pensó en oponer resistencia al ataque, aunque luego de meditarlo unos efímeros segundos, desistió de tal idea. No podría con un solo chico, menos aún con dos. Suponiendo que la pareja de su “secuestrador” era, en efecto, ese alguien conocido que ella creía amar, concluyó que todo eso se trataba no más de una fatídica broma digna de Halloween, de la cual todos podrían reír luego.

La conclusión, por más disparatada que fuese, logró relajarla, aflojando sus tensos músculos, incluida su lengua, notando por primera vez el sabor del objeto que llevaba en la boca. Era dulce, con un toque amargo. Podría reconocer ese sabor en cualquier lugar. Un rompemuelas, ¡como los odiaba!, jamás había podido terminar uno, su boca no era lo suficientemente grande como para albergarlo con comodidad, y en realidad, la excesiva cantidad de saliva que éste generaba le producía asco. Entonces cayó en cuenta, ¿por qué era efectivamente un dulce y no algo más?

El  gélido aire golpeando su cara le devolvió a la realidad, dándole también  a entender que habían dejado la edificación. Los movimientos de los dos misteriosos personajes se volvieron más bruscos y rápidos, para que los vecinos del suburbio no se diesen cuenta de nada, pensó. Su cuerpo de pronto cambió de posición, siendo entonces cargada sólo por uno de sus secuestradores, escuchó la alarma de un carro muy cercano a donde estaba, mientras oía murmullos inteligibles provenientes de los raptores.

Inmediatamente después, percibió que su cuerpo se separaba precipitadamente de los brazos del chico, para caer bruscamente en una superficie dura y nada cómoda. No supo con exactitud dónde se encontraba hasta que un golpe seco sonó encima de ella, como el sonido que haría la puerta de la portezuela de un carro. Sintió entonces que el espacio en el que se encontraba se volvía más pesado y arrancaba con rapidez.  El carro tomaba con rapidez las curvas y resaltos, haciendo que ella se chocase contra las reducidas paredes del maletero. No podía moverse por voluntad, y pronto el automóvil cruzó con reiterada rapidez un bache de los tantos que se encontraban en el camino, generando que la pelota dulce que llevaba en la boca se adentrara más aún en su boca, alojándose en su garganta, impidiéndole respirar.

MIERDA”

 

 

– ¡¡HUBIERAS VISTO SU CARA!! –  dijo entre carcajadas, mientras se bajaba lentamente del asiento del piloto, a abrir el maletero. “Pronto”, pensó, reprimiendo de nuevo la maliciosa sonrisa, imaginando ansioso la escena que estaría a punto de presenciar

– Eres un monstruo…

– ¡Oh Vamos J!, no seas aguafiestas, mira, solo abrimos, le decimos “FELIZ HALLOWEEN” y nos vamos –  el menor estaba seguro de que él no tenía la más mínima intención de llevarla con ellos. Jeremiah sabía  lo perverso que podía él llegar a ser, por eso era casi una obligación en que siempre estuviese cerca suyo, él sabía que su hermano menor se aseguraba la gran parte del tiempo de que él no sobrepasara los límites

– ¿Y dejarla sola aquí?

– Dije “vamos”

– Sé que no tienes intención alguna de volver con ella – afirmó con seguridad al llegar a la parte trasera del Cadillac

– Tampoco creo que ella la tenga. Como sea, recuerda “Feliz Halloween”. Una, dos, ¡Tres! – abrió con rapidez la portezuela –  ¡¡FELIZ!!… –  su grito se apagó de golpe al hacer contacto visual con el cuerpo de la chica, que adquiría un tono azulado en su antes pálida tez, producto de una bola gigante atorada en su cuello. No pudo evitar que una sonrisa surcara sus finas facciones, ocultadas por la negra máscara

– ¡IDIOTA! –  gritó el menor estallando en sollozos – ¡LA MATASTE!

Histérico, Jeremiah apartó bruscamente a su hermano del maletero, e intentó, con fallidos resultados, devolverle la vida a la chica. Se movía frenéticamente, nervioso y tembloroso, tanto que parecía víctima del Parkinson. Catherine estaba muerta y no había manera alguna que pudiese revivirla.

– ¡ERES UN MALDITO IDIOTA! ¡MENUDA BROM…menuda broma has hecho! – su voz se quebró, quitándose el antifaz para dejar de ocultar su cara, en la que se dibujaba una mueca de horror y profunda culpa – Oh dios, ¿qué te hice? – dijo rozándole la azulada mejilla con el dorso de sus dedos – ¿por qué me dejé llevar? ¿por qué acepté que te hiciéramos esto?

Michel se quitó con premura la máscara mientras su hermano, ya con lágrimas en los ojos, seguía observando con suma tristeza a la inerte muchacha. Dejó su antifaz caer al concreto, dejando ver la terrorífica mirada de puro éxtasis que se dibujaba en su cara desde hace ya unos segundos.

Por fin, ¡lo había logrado!, aunque de antemano sabía que lo haría. Esa maldita zorra se había acercado demasiado a su hermano, y había sufrido las consecuencias. Jeremiah no era más que suyo, y de nadie más. Él lo amaba, y estaba seguro de que Jeremiah lo amaba a él, el que siempre estuviesen juntos y que el menor nunca se apartase de su lado lo corroboraba sin ningún tipo de error. No había nadie que pudiese separarlos, ¡nadie!, hasta que la cualquiera de Catherine decidió entrometerse en sus vidas. No podía permitirse el lujo de que esa relación de simples contactos visuales se transformase en algo más. Ella quería robarse a su hermano, que era todo para él, y por eso tenía que desaparecer.

– … Michel… –  la voz horrorizada del menor le devolvió a la realidad. Debía ser su cara la razón por la cual éste le miraba de aquella forma tan extraña que denotaba pánico – el… el du-dulce – dijo con un hilo de voz que hizo sonreír a Michel – t-tu lo planeaste… querías… ¡querías que muriera!

– Ohm ¿cómo puedes creer eso? – preguntó cínicamente, aún sonriendo – Jeremiah, este asunto sólo se ha salido de nuestras manos – mintió, acercándose al cuerpo  con tanta parsimonia como lo haría un asesino.

Le tocó el cuello suavemente, el gélido de aquella piel contrarrestando el creciente ardor que sus manos desprendían. Jeremiah se apartó rápidamente de allí para evitar vomitar al notar lo que su hermano se disponía a lograr.

– Feliz Halloween, Catherine –  dijo con una sonrisa aún más frenética que las anteriores, sosteniendo es sus manos, con total admiración, un rompemuelas a medio terminar – ¿Quieres?

 

 

Anuncios
Etiquetado , , , , , , , ,

Un pensamiento en “‘Feliz Halloween’

  1. LO AMO.
    Es uno de mis relatos favoritos. El ambiente tenso y oscuro se siente; da la sensación de que estás en complicidad con los gemelos o que eres la propia Cathy. No sé, es de esas historias que se te quedan en el cerebro bien impresas (qué mal me sé expresar)
    De principio a fin, incluso sin saber de qué va exactamente, te mantiene atenta a todo detalle, pues presientes que lo necesitarás para el desenlace aunque no tengas ni idea cómo será. Me gusta. Todo se desarrolla muy bien, sólido y relativamente a una velocidad vertiginosa que se mezcla con un estado de cámara lenta. No sé, son muchos detalles los que le encuentro.
    El final te mata. Me parece certero, limpio. Y esa perturbación que siento cuando Michel le da el feliz Halloween a la fallecida. Lo sé, debería sentir odio o desprecio hacia él, sin embargo, el objetivo de sus acciones me hacen admirarlo mucho más. (es aquí cuando me dices que estoy loca porque también me parece sensual)

    Ya sabes que me encanta tu manera de escribir. Yo de chismosa aquí leyendo ._.
    ¡Besos, querida!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Anuncios
A %d blogueros les gusta esto: