Archivos Mensuales: febrero 2013

Disparidades 2

Otra versión. Tan mínimos que no llegan a estar completos por sí solos. Si bien no tienen un tema que los concentre a todos.

 

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Hay maldad en tus ojos porque el sufrimiento se regocija cercando tu alma. Te has vuelto oscuro, distante. Te has vuelto insensible, invisible. Te has muerto. Quieres matar para intentar sentir. Anhelas alejarlos de lo terrenal para encontrarte mejor que ellos. Pero el dolor sigue cercenando tu alma. La maldad oscurece tu iris.  Matas, pero tus ojos no aclaran. ¡¿Por qué?! No funciona, para nada. Asesinar no traerá de nuevo la vida que perdiste cuando los perdiste. Matar no es alquimia. Mientras lo haces, sólo sigues asesinándote. Enterrándote. Desapareciendo.

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Los gobiernos precisan mantener a sus pueblos ignorantes, entretenidos y sutilmente sometidos para seguir teniendo éxito como las franquicias que son. Nos silencian porque la palabra precede a la acción. Imagínese usted, que se hable de la más mínima verdad a flote. Un atisbo de realidad brindado a las sumisas comunidades y el pandemónium se alzará en menos de lo que cree, para aplastarles y derrocarles.

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Búsqueda constante, es su necesidad. El aire se tinta con conocimiento y entra a sus pulmones, purificándolos, placentero. El errante respira con calma y expira siendo ya más sabio. Muchos son los caminos que ha trotado, y las líneas de los recorridos avanzados han quedado para los que vienen detrás. Aún así; ay, cuántos senderos más le quedan por marcar. Cuántas respiraciones más. Ser   un sabio, conocerse un ignorante curioso y ávido de oxígeno. Un errante sin casa, pero muchos hogares. Un errante con millares de pertenencias, tanto físicas como mentales. Un errante que nos haga sabios sabiéndonos ignorantes.

 

 

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Perdón por la falta de rutina en mis publicaciones. Soy una escritora dispersa. Algún día encontraré la disciplina.

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Fuera, Dentro

El sonido del timbre generó eco entre las paredes aledañas. Fuera, la oscuridad reclamaba poderío, inundando con tenebrosa y elegante bruma todo a su alrededor. Esperaba incansable, perseverando por un único objetivo. Dentro, Geraldine se escondió entre sus sábanas, envolviéndose, arrullándose mudamente. Permanecía en silencio, tiritando tanto por miedo como por frío, alerta a cualquier sonido que viajase hasta sus oídos. Se escuchó el estruendoso timbre por segunda vez. Ella casi pudo jurar, con sus ojos tan abiertos como platos, que la noche se había vuelto más oscura… más tenebrosa.

Fuera, esperaba sin molesta, no le incomodaba. Si Geraldine le abría o no la puerta era mucho menos que un inconveniente, un ínfimo detalle. Las circunstancias estaban relegadas a segundo plano; llegaría allí dentro, de una manera u otra.

Una ráfaga de viento golpeó contra la ventana que daba a la habitación de Geraldine. Ululó, como un fantasma, y el rumoreo se disipó con lentitud.  El frío disputaba reinado con la oscuridad. Los días otoñales sucumbían ante los inviernos venideros. Morían, caían las hojas, tambaleantes, silenciosas, creando bellas alfombras que serían remplazadas luego por largas estelas de nieve.

Geraldine tuvo que contener un quejido que por poco le delató. Deseó que fuese de día. Ah, cuanto  si lo quiso, pero el tiempo no respondería a sus plegarias. Se hallaba tan estático como ella se encontraba, tratando de reducir sus movimientos  a la más indispensable respiración. Esperó, ilusa, creyendo que se había ido, cuando el timbre resonó nuevamente, acompañado de tres golpes a la madera de la puerta.

Fuera, su oscuridad era incluso más pétrea que la de la noche misma. Dentro, Geraldine  se escondía entre sábanas esperando su partida. Aterrada, imaginaba  una monstruosa sonrisa en una cabeza sin cara. Su respiración, su acelerado palpitar, y el ulular del viento, los únicos sonidos que  sus  oídos alcanzaban a captar.  El tiempo le aprisionaba como una pesada manta imposible de apartar, los segundos incluso siendo una tortuosa eternidad. No había manera en que pudiese contar el tiempo, pues quizá lo haría muy rápido, o muy lento. Tuvo que limitarse a esperar… a rogar por la partida.

Todo tan quieto. Las hojas cesando su caída. El viento deteniendo sus soplidos. Todos dormidos, quietos, encantados.

Y sólo un ruido que le caló los huesos y le heló la sangre y le detuvo el corazón.

El sonido de una puerta abriéndose  con lentitud.

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