Archivos Mensuales: septiembre 2013

Azul

Sabes…

Aún, a veces, te sueño.

Estamos en ese espacio azul tan nuestro, desprovisto de objetos y nimiedades, salvo un desprolijo colchón perenne raído por los años de su existencia; la espuma y el alambre asomándose desde su interior, planeando un escape. Te veo ahí, recostada, ¡Ay! Todavía tan mía, con tu rostro que recuerdo tan rubicundo, oculto bajo los rizos chocolate de tu cabello. Bastaba tan solo imaginarte para desearte completa. Con tus sonrisas y jocosas carcajadas. Con tus muecas e incontenibles llantos.  Con la llanura de tu abdomen y lo largo de tus piernas. Con esa luz cálida y vivaz de tu ser. Con la degustable delicadeza de tú completa.

Me acerco a tu lado, recreando lo cándido de tu ser desnudo. Me tiembla la mano, excitado y ansioso, imaginando esa temperatura  indiscutiblemente tuya, amigablemente cálida,  embriagadora y pasionalmente dolorosa…

 ¡AHH!

Si tan sólo tuvieses la oportunidad de sentir mi horror al rozarte con mis yemas y comprenderte fría.

Fría, fría, fría. ¡Tú, fría!

Apoyándome en ti con más fuerza, suplicando a un dios en el que antes no creía, que esa sensación desalentadora no hubiese sido más que un escalofrío de excitación. Pero no, no. La nefasta realidad es que eres tú, azul y sin aura.

Ya no puedo evitar que mis ojos se nublen por lágrimas espantosamente saladas mientras que procuro, con manos presas de fuertes temblores, descubrir tu ovalado rostro de entre las fibras chocolate. Allí está tu cara, tu cuerpo; pero ya no estás tú. Ese delicado y alargado cuello que tantas veces había acariciado y besado yo con pasión se ve ahora truculento, tormentosamente rojo, morado y azul. Verte a los ojos, ya tan fuera de ti, hizo en ese momento que muriese yo también.

Con tus ojos vacíos, enrojecidos por la presión; y un antiguo llanto lejano que se perdió en el mismo instante en que el último aliento de vida se escapó de tus delgados labios; ahora secos, rotos, hinchados y azules, muy azules. Tan azul todo que creo ver tus ojos tintándose de ese color de angustiante tranquilidad.

Ellos, antes tan llenos de café, enmarcados ahora por circundantes líneas del tono del mar abismal, un macabro azul que te hace verme sin vida y con; yo me imagino, una sutil pero inconfundible mirada llena de acusación. La última mirada que me dedicas, antes de yo apresurarme a cerrar tus párpados.

 

No lo soporto. No te soporto. No te soporté.

 

Y despierto.

Y estoy  en un espacio que no es el nuestro. Éste es ya un amarillo curtido, de un curioso mullido que ya no es acolchonado, pero sigue siendo inestable, multiforme. Comprendo que solía ser blanco,  lo he visto antes, cada vez que despierto… pero el tiempo lo ha desgastado, como a nuestra habitación.

Me siento somnoliento y entumido. Me duelen los brazos, como si tuviese resquicios del malestar que produce una abeja al enterrarte su desasosegante aguijón. Quiero estirar mis brazos, mi todo, y no puedo ¡No puedo! Un camisón envuelve mis brazos, enviándolos detrás de mi cuerpo; forzándolos, debilitándolos. Estoy mareado y el pensamiento de tu cuello magullado martilla en lo recóndito de mi mente.

Quiero preguntar dónde estoy, aunque lo sé. Quiero saber si alguien puede escucharme, porque sé que sí me observan. Quiero preguntar por qué. Por qué…

Pero mi voz, ahora ronca y desgastada, sólo atina a decir

 

Azul…Azul…Azul.

 

 

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