Archivos Mensuales: mayo 2014

Disparidades 7

Estoy retomando la escritura. Infortunadamente, no puedo mostrarles lo último que he escrito pues necesito mantenerlo incógnito por un buen tiempo. Espero traerles algo diferente a estas necedades… eventualmente.

 

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Leerme ha sido siempre una de mis terapias. Leerme es verme en un espejo desprovisto de superficialidades, un mundo interno, donde reposan mis más sinceros pensamientos. Es como tenerme en tercera persona, ajena de mí misma pero sabiéndome cercana. Leerme me da risa, me da coraje, me da rabia. A veces incluso las lágrimas brotan impasibles cuando me leo en voz alta. Me doy cuenta de que estoy viva, de que soy real. Respiro y existo. Debo seguir respirando y existiendo. Leerme me lleva a la realidad momentánea del pasado, a lo necesario del presente, a lo inconcluso del futuro.  Leerme es permitirme ser yo misma, y así lograr que los demás puedan, también, leerme.

 

Voy a esconder mi corazón en un cofre donde sólo yo pueda encontrarlo. Después de tanto que ha pasado en tan pocos años, mi palpitar se ha visto interrumpido por desilusiones, decepciones que me han hecho agonizar y llorar en silencio hasta decir  no puedo más. Necesito dejar a mi corazón descansar. Días, semanas, meses. Tal vez incluso años. Porque el sufrimiento al que ha sido sometido no es beneficioso para un posterior amor saludable. Él no puede ya querer sin remontarse a las torturas de antaño y ahogarse en lo turbio y sombrío de lo que sucedió y de lo que no fue – sobre todo de lo que no fue–. Por eso, lo relego a un letargo indefinido, no voluntario, pero sumamente necesario. Y descansará entre cojines de sedosas sonrisas y de pícaras miradas. De acarameladas voces y dulzones labios. Disfrutará entre la opulencia del cofre sin tener qué experimentar la amargura de lo no correspondido. Gozará sin tener qué percibir el frío de la soledad del romance. Y el cofre, eventualmente, puede que no sea necesario, pero su coquetería hará falta los próximos días, semanas, meses, tal vez incluso años. Porque el amor toma tiempo para surgir, pero el desamor tarda mucho antes de sus vientos disipar.

 

Yo no quiero odiar. No quiero envenenar mi cuerpo y mente con la maldición de maldecir.  ¿Por qué dar pie a sentimientos de repudio y fastidio? Tantas energías negativas que ululan a nuestros alrededores y que nos debilitan camuflándose  con imágenes de coraje y fortaleza. No lo vale, no lo vale, no lo vale. El querer destruir a alguien no es una sensación que deba ser  cultivada, alimentada, cosechada. Yo quiero dejar de sentir estas expresiones negativas de afecto. Quiero apartar de mi aquello que no me permite evolucionar al ser tranquilo que anhelo alcanzar. No es justo para nadie sentir odio. No es propio de la cultura real del ser humano. Y no quiero, no quiero, no quiero, morir habiendo odiado tanto.

Últimamente tu recuerdo no tiene peso en mi memoria. A veces llega, repentino, y mueve algo en mí, muy levemente, como la nostalgia apaciguada de aquellos tiempos de antaño. Llegas y te veo, te respiro y expulso en un suave, lento suspiro. Y sigo viviendo. Es extraño. Es extraña esta sensación del arañazo en una parte inmaterial de tu cuerpo. Y no pesas, vaya, si estás tan liviano en mi mente que casi, a veces, te olvido. Quizás el sol de un arduo verano me impide estar melancólica, cuando tengo la oportunidad de maravillarme ante magnificentes atardeceres o deslumbrarme por los cielos pulcros colmados de estrellas. Tal vez sea el que, en cuerpo y mente, sé que debo estar pendiente de estas cosas que se vuelven mi pan de cada día, mi pasión convertida en una travesía que avanza y avanza y no se detiene. Tal vez incluso he encontrado en el cariño de hermanos de otras madres la posibilidad de enamorarme de la vida. No lo sé. No sé qué sea. Lo cierto es que a veces siento que me piensas. Que te cuestionas sin respuesta el por qué de nuestra lejanía. Yo te presiento pensándome mientras yo, sin querer, te imagino en los jardines de mi mente, un poco opaco, un tanto lejano, un demasiado relegado al subsistir entre los demás que otrora llegaron a colmar mi mente de dudas, pasiones, dolores, amores. Y es curioso, déjame decirte, el a veces pensarte y no sentir dolor por saber que te estoy dejando ir. Quién sabe, a lo mejor cuando la lluvia y el frío regresen, vuelvas tú también para arremeter juntos contra mí. Pero mientras tanto, sólo me haces cosquillas en la mente, como la hormiga imaginaria que, caminando tan lejos de mí, la presiento surcándome completa.

Aunque pretendas negarlo, bien sabes que la tristeza en realidad nunca te ha abandonado. Tu ríes y sonríes, prodigando cariños y amores a quienes tienes cerca, procurando en casi todo momento que aquellas pequeñas almas juveniles se sientan a gusto y disfruten de su estancia por este viaje que es la vida. Pero eres consciente de lo taciturna de tu verdadera esencia, tan propensa al sosiego que se encuentra en la soledad. Tu alma está cansada, vieja, agotada, y no va de acuerdo al poco tiempo que esta extensión terrenal que es tu cuerpo lleva recorriendo los lares de la tierra. No logras comprender el por qué te sientes ajena a este mundo, pero bien es así, apartada de las realidades exuberantes, untándote sólo de vez en cuando para no desvincularte por completo. Y yo no te puedo decir si esto que haces se le llama vivir, no  en esta era, en este mundo, en esta generación colmada de bullicio y arrebato y relaciones fugaces y permanencias efímeras. Quieres encontrar un lugar que sea tuyo, al que permanezcas, pero eso significa huir, alejarte de esta falacia a la que te has acostumbrado y por la cual te despiertas y levantas cada día. Y entonces prefieres enterrarte en este terreno baldío, pretendiendo cumplir con tu papel de aceptación a esta jocosa sociedad, mientras la nostalgia te consume y la melancolía te carcome, buscando escapar y navegar entre imaginarios de trazos y palabras.

 

Lo bello de publicar estas cosas es lo expuesta que quedan las almas. Una razón para vivir.
Espero sean de su agrado.

Fernanda.

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