Archivos Mensuales: junio 2014

Disparidad

¿Novena entrega? No sé.

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Hay algo en mí que quiere salir y expresarse, pero espera a que escuche, dame unos cuantos segundos, a  veces las palabras me surgen tímidas, temerosas del rechazo, sin sentido… esperando, sólo esperando a encontrarse tanto como yo intento encontrarme en este mundo de estructuras rígidas y toscas, tanto como tú en esta sociedad de ataduras invisibles que pretenden despojarnos de estos artes que nos permiten seguir luchando, mantenernos vivos. Artes, artes, artes, divinas extensiones de nuestros seres que tan fácil como nos arman nos pueden destrozar en un millar de partículas irreparables. Tú, músico, sobre todo… sobre todos,  tienes ese don. Y esa maldición. De entregarte en cuerpo y alma a esa naturaleza sublime que es abandonarse a una melodía que te recorre completo y te electriza, destruyéndote mientras tú te distraes con ese placer masoquista que te confiere. Ay, si tan solo ellos se dieran verdadera cuenta de lo que para ti, para nosotros, significa sentir ese aterrizar de las notas en los tímpanos, esa maravilla de la piel conmovida, de los ojos llorosos, de la mirada perdida, concentrada en algo que ellos no conocen y tal vez nunca lo hagan, porque son ciegos y sordos a esos placeres intangibles de la tierra, esos placeres que tú, músico, nos prodigas con el rasgar de una cuerda, el toque de un tambor, el susurro entre saxofones, la caricia sobre una desnuda tecla. Que tan más soportable sería este transitar, ah, si tan solo todos pudieran experimentar ese huracán que es la música, que te deja mal parado y con ganas de más. Cuán más felices serían nuestras almas, habitando un mundo nacido de la música, ella que nace de nuestros más recónditos sentimientos, pasiones, desasosiegos. Y es que ¿ves? Cómo la fuerza taciturna de tu música puede revelar las palabras más sinceras que dormitaban, ocultas por la necedad de un estrés efímero. Cuánto, músico, te necesita la música. Cuánto, músico, te necesita el mundo.

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Los adoro, sépanlo.
-Fernanda

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Disparidad

Una sola que surgió sin ser llamada, pero tal vez a tiempo.

Y entre esta  timidez digo que… bien sé que no fue amor, ¿cómo podría? Pero si las casualidades hubiesen sido diferentes… tal vez, sólo tal vez, lo habría sido.

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♦ A veces empiezo a escribir sin saber con certeza lo que quiero plasmar sobre mis folios. En meses pasados, las palabras fluían rápidas y enamoradizas, encantadas por la idea de tenerte cerca, de llegar a ti y acariciarte entre versos y sílabas. Ahora simplemente  no estás, y el río que antes existía se ha transformado en un lago… plácido tal vez, pero inmóvil, casi muerto, como si ya no pudiesen acceder a él sentimientos de antaño que en su momento lo volvían caudaloso, exuberante; incluso en ocasiones furioso, tempestuoso, inagotable. Dolió tanto, en su momento, observar desde fuera y desde dentro cómo el lago se iba formando, matando poco a poco al río. Dolió tanto, saberte lejos, tanto que por un tiempo fueron mis ojos los que formaron riachuelos que afluían en las noches y madrugadas, desapareciendo en tardes y mañanas. Pero incluso esas corrientes saladas se agotaron después de minutos, horas, días, semanas. ¿Para qué iban a seguir? Ya apenas si tu recuerdo se animaba a quedarse a mi lado. Apenas si aparecías en voces, en recuerdos, en pequeñas partículas de otros rostros extraños. Ya ni la lluvia conmueve al lago, ya ni el estrés lo perturba, ya ni la soledad lo acongoja. Porque, aunque me rehúse a confirmarlo, creo que he decidido dejar de extrañarte. Mi todo te quiso y te añoró ya por tanto tiempo, se agotó y encogió en su tristeza de tal manera, que decidió decirse ya no más. ¿Para qué, en todo caso? No hay manera de que el alma soporte por tanto tiempo la lejanía que no es sólo lejanía sino también silencio. Un silencio que absorbió  hasta la más mínima intención de seguir luchando por algo que incluso en sueños era y es imposible. Pero no por eso he dejado de pensarte. Porque aún te pienso, a menudo te veo recorriendo los pasillos que se han vuelto callejones en mi mente, perdido, sin rumbo, porque no tienes qué más hacer allí que existir. Y perdóname que sea así, que la rudeza tinte levemente estas palabras que creía no podrían surgir, pero es que necesito sean así, necesito mantenerme firme en el propósito de sólo verte, de vez en cuando, preguntándome qué será de ti. Yo ya no quiero extrañarte, porque no lo justifica, no lo vale… añorar algo –alguien– que no va a volver. Y entonces las palabras se me vuelven a agotar, a desaparecer de mi mente, a volver a ser parte de aquel lago de donde tal vez no deberían haber salido.

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Y yo que creía que no estaba hecha para escribir disparidades.

Saliendo de finales, quizá pueda seguir subiendo cosas en un futuro relativamente cercano.

Hasta otra lectura, fantasmas de carne y hueso.

-Fernanda.

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