Archivos Mensuales: noviembre 2014

Rouge

Rouge es una nueva serie de ilustraciones que estoy haciendo para una posterior exposición que quiero realizar el próximo año. Siempre había querido trabajar ilustración y un texto que se hiciesen compañía, pero no lo había logrado…ejecutar, por así decirlo.
Así que sin más, esta es la prueba, a  ver qué tal me va conmigo como crítica. Espero sea de su agrado.

 

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Numb

Aquí estás de nuevo, vieja compañía.

No me extraña que hayas vuelto, tu vuelo eterno irremediablemente te trae a mis brazos cruzados, ojos cerrados. Ay, maldita la idea de necesitarte, niebla tan densa que me desaparece de este mundo donde los oídos son sordos y las bocas sueltas. 

No creas, me deleito con tu presencia, pues es contigo – y en ti – que logro siempre explotar esto que llevo dentro y que disfruto al volver a verlo o a leerlo.

Pero… cuando te quedas más de la cuenta, me haces daño.

Me hundo en tu ser y olvido que eres sólo una visita pasajera.

No recuerdo lo bueno, ni las alegrías, ni las risas, ni los roces. Y me sumerjo en una nada que me atrapa y fastidia. Porque es como si, de pronto, ya no sintiera. Como si mis labios no pudiesen fruncirse o estirarse. Como si mis ojos ya no pudiesen expresarse.

Y entonces me voy resquebrajando en diminutos pedazos de mi todo hasta esparcirme entre ti, niebla, y dejo de existir, sólo para volver a ser cuando tú te aburres de mí.

 

♦♦♦

Se siente raro, pero está bien. Ahí vamos.
Hay algunas otras cosas que les estaré presentando pronto, fantasmas,  ahora que mi mente está activa en cuanto a letras se refiere.

Fernanda

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Un bonus

Mejor no pensar en el último interrogante, aunque irremediablemente pueda resultar cierto.

Recientemente, fantasmas del pasado me han visitado. Han llegado ligeros y tranquilos, en son de tregua, vengo sólo de paso. Los he recibido sin reparo, cordial, aunque el cariño no se asoma por entre las hendiduras, pues la nostalgia ya no adorna sus pasos. Cuánto había pasado, se me hace increíble el pensar que hubo años de por medio antes de que el contacto se hiciese concreto. Me sorprendo al encontrarme desprendida de sus recuerdos, de no vislumbrar melancolía meditabunda en mi fuero interno. Tal vez sea también porque los fantasmas no llegaron con ánimos de drama e histeria sino de entablar tertulias que otrora desvelaban mi mente. Y sin embargo, me surge un sin sabor en el alma al saber que ni para bien ni para mal estos espíritus logran causarme un cambio. ¿Han perdido ya todo su poderío? ¿O simplemente he sido yo la que ha adquirido más control? Pensar que en tiempos pasados hubo risas y sonrisas, lágrimas y llantos, generados por estos compañeros lejanos. Y entonces, mientras procuro ser cortés con un espíritu que pronto partirá de nuevo, se me crea el interrogante que empieza a interrumpirme los sueños. ¿Será que tu, también, te convertirás en un fantasma cuando llegue el momento?

Ni vale fijarme en redacción, fue algo que salió y que como esté, debe ser.

Fernanda

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Disparidad 13

Estoy más constante. Aunque quién sabe por cuánto tiempo. Por lo pronto, me encanta el poder plasmar mis garabatos en mis amadas libretas y transcribirlos para que ustedes, fantasmas, lean.

Hoy con los dos lados de una moneda y un pequeño comodín que separé de un texto íntimo, adaptándolo para lo comercial. Já.
-Editado-
Me acabo de dar cuenta que, en mi distracción, no publiqué cara y sello sino sólo cara. Ahora sí, revamped.

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Llorar de la felicidad tiene matices muy similares a llorar por sufrimiento. Se le atasca algo a uno en el pecho, imposibilitando a veces esa necesidad humana de respirar. Se siente uno muy pesado, abrumado por infinidad de emociones y sensaciones que no encuentran más salida que esas mareas salinas, brotando presurosas de ojos recargados de expresión. Es diferente esa expresión, sin embargo. Cuando se llora devastado se le encoge a uno la frente, arrugándola a más no poder, con la necesidad tonta del consciente de cambiar el gesto que habita el rostro, como si llorar por tristeza fuese algo vergonzoso que tuviese que ser detenido. Llorar de felicidad; a veces, es exactamente lo mismo, pero todo lo contrario.  Porque puede que uno quiera detener las lágrimas que se riegan, impasibles. Pero al rostro lo surca una sonrisa que es indetenible, casi contagiosa para quien la observa. Llorar de felicidad es, en mi opinión, pleno conocimiento y aceptación de lo que uno es y puede llegar a ser. Tal equilibrio y paz que se puede permitir el llorar, también, por las inmensas alegrías que a veces el organismo no puede digerir. Cuán bellas son las personas que alcanzan tal nivel de felicidad. ¡Imagínese! Estar el corazón tan lleno, al punto tal de necesitar una manera de liberar esa presión que amenaza con explotarlo. Incluso llega a asustar, la realidad de que mucha alegría lo puede hacer a uno llorar. Cuánta armonía mental, el permitir al cuerpo expresarse y relegar a un plano secundario las formalidades de la superficial sociedad. Ser feliz porque sí, porque se permite uno serlo. Y nada más.

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No diré que me avergüenzo, pero cuánta pena me ocasiono al rememorar estos llantos que me aturden sin aviso más que una creciente presión en el pecho. Me duele causarme tanto daño, tanto dolor a través del excesivo pensamiento. ¡Lo siento! Bien sé que no quisiera ahogarme en este océano de tristezas autoimpuestas, pero no puedo evitarlo. Se colma uno de ideas que irremediablemente destruyen, y lo único que puedo hacer es dejar que sucedan, porque si se dejan sentir las alegrías también se tienen que sobrellevar las penas. ¡Pero tanto que me pesa! Al punto de que se descompone el cuerpo y ni siquiera se puede intentar que las lágrimas se detengan. Esos sentimientos y pensamientos malévolos que oprimen el torso y exprimen el cerebro. Y dice uno ¡No es justo!  Que tenga que pasar por esto que, como un alud, lo cubre a uno completo. ¿Por qué? ¿Por qué no dejarlo pasar, y ya? ¿Por qué será que el dolor se siente más real? Me obligo a sentir felicidad y aquí está, delicada y tenue, casi frágil. Pero se empeña mi cerebro en plantear sufrimientos y llegan ellos con toda la fuerza y devastación de un huracán, para dejarlo a uno expuesto por completo. No es justo que abarque tanto, la tristeza, y que las alegrías me duren tan poco como el pensamiento de un suspiro. Incluso si después de llorar queda el alma un tanto más liviana; so aturdida, está el susurro de la pena latente, contando los días, los minutos, las horas, esperando para aflorar de nuevo campante y someterme a otra época de tediosos párpados pesados y miradas que lloran.

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El desamor no se cura desgastando a otras personas en el intento de quererse uno de nuevo entero. No es justo. Es una cosa de cobardes, valerse del cariño que alguien te profesa para sentirse bien consigo mismo, mientras todavía en la cabeza habita un alma que otrora desvelaba los sueños. Indigno, el pensar que hay alguien amando mientras el otro no pretende siquiera amar, sólo se vanagloria en ese querer deliberado.

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Hermoso cuando la lluvia acompaña mientras se escribe o se lee, un placer que no nos deberíamos vetar.
Y posteriormente dormir. Sí, bonito el golpeteo, y poquito a poquito se lo va llevando Morfeo.

Nos leemos,

Fernanda

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Disparidad 12

Disparidades versión º12 para el día doce. Días en los que mi mente, al parecer, quiere permanecer entre letras y no imágenes, lo cual disfruto mucho. Me duele cuando intento escribir y no puedo, y son estas palabras que generan en mí gran comodidad y satisfacción. Se vuelve una más creativa cuando tiene finales encima. Qué vaina la procrastinación.

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El amor, me he dado cuenta, no es algo que todos pueden experimentar. Después de todo algunos se empecinan en la vaga, superficial idea del deseo, confundiéndolo ingenuamente con lo que verdaderamente resulta siendo el amor. Y es que, ay, seres carnales, tan ávidos de poseer y ser poseídos, nos desorientamos cuando se nos expone la noción de que uno no necesita tener para poder apreciar, querer. Nos hemos acostumbrado –¿nos han? – a la idea de que es lo material lo único que obtiene y genera valor. Que sin adquirir lo físico no puede uno trascender. Pero es una idea falsa, absurdamente falsa, vendida por las sociedades que precisan de lo superficial para subsistir. Quiero tener esto. Quiero tener aquello. Quiero tener. No quiero amar, sólo obtener. Poseer y luego olvidar. Y luego doler, sufrir cuando se pierde lo que se ha tenido. Vaya sosedad, depender uno de un amor tan inocuo como el que se posee por una expresión física, cuando el amor es más que todo una experiencia sentimental. La gente, ay, si nos demoramos en darnos cuenta que lo primero no es el poseer sino el apreciar, el adorar sin precisamente tener. Uno no tiene en sus manos ese amanecer que se observa y que, sin previo aviso, te inunda completo. Uno no toca los sonidos que se convierten en sobrecogedoras melodías, si bien ellas pueden erizarte con un solo intento. Es curiosamente absurda pues, la idea de que uno como humano necesita tener a la otra persona para sentirse satisfecho, cuando el mero hecho de ser consciente de su existencia, de su esencia, debería ser suficiente para saberse uno contento. Los cuerpos son sólo expresiones de masa que ocupan un espacio tan inverosímil como cierto. Y es real que la atracción física ocurre primero. Pero la que permanece es esa apreciación que trasciende lo táctil, lo externo. Esa que te hace amar la sola esencia de otro en un mundo de muchos. Y alcanzar esa conciencia de tal experiencia es, como mínimo, un gran paso para la aceptación de lo que es, de lo que uno es como individuo, de lo que puede llegar a ser  cuando se desprende de ideales arcaicos, aunque sea por un tiempo, permitiendo que sea el alma quien hable, no el cuerpo.

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Me amo al escribir. Me deleito con mi letra, con ver someramente garabatos que se desglosan sobre líneas organizadas. Me amo porque permito que mi alma descanse entre páginas, que mis sufrimientos se aplaquen, que mis dolores se duerman. Me amo al escribir porque me encuentro, me sorprendo, me comprendo y me acepto. Y cuando me amo al escribir y me acepto, logro amarme, pues esta expresión del alma no puede pasar desapercibida por mi corazón atento.

Cuán -más- feliz sería si pudiese prometerme que escribiré más a menudo. Lástima que estás olas de inspiración vienen cuando les da la gana y muy pocas veces cuando pretendo llamarlas.

Hasta otra ocasión.

-Fernanda

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Disparidad 11

La lluvia ha vuelto con sus motivos y sus inspiraciones. Aquí estoy, de nuevo, haciendo una aparición momentánea antes de devolverme a lo oscuro del silencio creativo. No como si no hubiese estado escribiendo este tiempo, pero sí como no todo lo que escrito debe ser leído. Afortunadamente para mí, y para cualquiera que también lo considere bueno, algunas letras son lo suficientemente impersonales como para que no causen demasiados estragos en mi intimidad. Qué cosa, saber que hay palabras que simplemente no pueden ser compartidas porque aún hay pudor para mantener a mi alma un tanto vestida.

Catarsis para el alma en tiempos de tormentas.

 

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Está el alma más calma cuando la mente acepta que hay cosas contra las que no se puede luchar. Llegan de improviso y se van sin avisar, sin demoras ni despedidas. Eso es lo que incordia al cerebro, el no encontrar lógica en sus procederes. Pero es que las situaciones que el corazón y el alma presencian no son hechos de índole racional. Fueron destinadas a la vasta experimentación que ocurre sin una pensar. El meditarlas viene luego de haberlas vivido. Por lo menos ahora, puedo decir que he aprendido a aceptar que tales cosas son así y que por más que intente que hagan lo contrario, ellas seguirán su curso de acción. Por lo pronto, acepto que deseo vivirlas y regocijarme con lo que venga, sin temor a despedirme cuando se vayan. A aceptar la compañía y agradecerle con un adiós cuando deba partir.

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Cuánto cambia el mundo cuando llueve. Comenzando con la idea de que gotas caen del cielo. De un lugar que no es realmente lugar mas es un espacio, y las gotas caen impasibles sin peligro ni miedo de que alguien las pare; porque es el tiempo el único que podría parar para aniquilarlas, pero él no sé detiene por nada ni nadie. Y entonces se abalanzan contra el suelo. Ellas, divertidas, en un suicidio colectivo, comenzando nuevas vidas y acabando con otras, mientras los disparos de los truenos crean mellas en los corazones atentos y temerosos. Va devorando la lluvia todo a su paso. Desaparecen, las panorámicas se vuelven lienzos en blancos, o en grises o en negros. Desaparecen también las hormigas, corriendo por un lugar ya frío dónde guarecerse, las tormentas destruyendo, fluyendo, sonando. ¿Y no es curioso? Cómo esa música que interpreta el cielo trastorna a los seres humanos. Unos irritados, otros acongojados y, trágicamente, a veces también muertos. La lluvia desplaza, encierra, ¡ataca! Como si la naturaleza reclamara su espacio, vociferando su poderío. Uno auténtico, palpable, que se mete física y psicológicamente en estos, nosotros, monos mal vestidos.  A algunos, la lluvia les grita, aterroriza, les prohíbe la sola expresión de euforia. A otros les inunda de particulares gozos que hacen que los insulsos les llamen locos. Y están aquellos, paradójicos, a  quienes les canta y llora, les susurra y chilla, les ahoga y acuna. Taciturnos rindiéndose ante la idea masoquista de que las gotas asesinas les genera dolor y placer, placer del dolor que despiertan esos golpeteos en las ventanas, esos ecos en la distancia, los cegadores momentos de inspiración cuando la lluvia llega tan de repente que los inunda, desprevenidos, y los sobrecoge tal mezcla de sentimientos que a veces lo único que pueden hacer es quedarse quietos. En ocasiones se unen al llanto de los cielos, y por sus mejillas surcan riachuelos salados que sólo el sueño puede detener. Otras, la catatonia los visita junto con la lluvia, y la catarsis posee sus cuerpos mientras sus ojos, desenfocados y lejanos, observan a la nada distorsionada. Y están esos momentos en los que, benditas almas tristes e inquietas, plasman letras desordenadas sobre folios; sentimientos escondidos, dolores atrapados, temores revelados, palabras inconclusas al ritmo de tambores irreales y baquetas incoloras, desgastándose y escribiendo cual autómatas, apagándose sólo –y otras veces ni haciéndolo– cuando las gotas cesan y los relámpagos se agotan. Relegándose al letargo de una espera. Una nueva visita de musas húmedas, a  veces magníficas, a veces mortíferas. A veces también nulas.

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Ser consciente del dolor es necesario para aprender a controlar los espasmos. Se muere uno en vida, a veces, permitiéndose sentir demasiado dolor por un mero suceso apartado. Y es que la mente se empecina en darle más importancia de la que merece. En encapricharse, huraña, cuando las cosas no van como se esperan. Es gracioso, la patética situación de la cabeza complicada, sabiéndose siempre que lo que acontece no es necesariamente cómo uno quisiera. Es la parte inmadura de esa realidad consciente, la que se niega a aceptar que a veces, simplemente, la vida le lleva la contraria a los deseos efímeros que encuentra irrisorios. Y es que está bien que la mente se comporte como un infante insatisfecho, pues es signo de una lógica vigente, consciente, saludable. Pero quedarse mucho tiempo en esa práctica de penas reduce la capacidad de enfrentarse a la vida. Pierde uno interés de lo real por seguir atizando cenizas de infortunios pasados, en ocasiones ya muy lejanos. Pierde, también, conciencia de lo actual, y se queda uno sumergido en arenas que ni profundas ni movedizas ni físicas. Sólo mentales que, paradójicamente, pueden hundir, ahogar, e incluso desembocar en una muerte real de la cual ningún pensamiento positivo servirá para echar marcha atrás.

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A ver cuánto tiempo me demoro en traerles cuentos viejos con versos nuevos.

-Fernanda

 

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