Disparidad 13

Estoy más constante. Aunque quién sabe por cuánto tiempo. Por lo pronto, me encanta el poder plasmar mis garabatos en mis amadas libretas y transcribirlos para que ustedes, fantasmas, lean.

Hoy con los dos lados de una moneda y un pequeño comodín que separé de un texto íntimo, adaptándolo para lo comercial. Já.
-Editado-
Me acabo de dar cuenta que, en mi distracción, no publiqué cara y sello sino sólo cara. Ahora sí, revamped.

♦♦♦

Llorar de la felicidad tiene matices muy similares a llorar por sufrimiento. Se le atasca algo a uno en el pecho, imposibilitando a veces esa necesidad humana de respirar. Se siente uno muy pesado, abrumado por infinidad de emociones y sensaciones que no encuentran más salida que esas mareas salinas, brotando presurosas de ojos recargados de expresión. Es diferente esa expresión, sin embargo. Cuando se llora devastado se le encoge a uno la frente, arrugándola a más no poder, con la necesidad tonta del consciente de cambiar el gesto que habita el rostro, como si llorar por tristeza fuese algo vergonzoso que tuviese que ser detenido. Llorar de felicidad; a veces, es exactamente lo mismo, pero todo lo contrario.  Porque puede que uno quiera detener las lágrimas que se riegan, impasibles. Pero al rostro lo surca una sonrisa que es indetenible, casi contagiosa para quien la observa. Llorar de felicidad es, en mi opinión, pleno conocimiento y aceptación de lo que uno es y puede llegar a ser. Tal equilibrio y paz que se puede permitir el llorar, también, por las inmensas alegrías que a veces el organismo no puede digerir. Cuán bellas son las personas que alcanzan tal nivel de felicidad. ¡Imagínese! Estar el corazón tan lleno, al punto tal de necesitar una manera de liberar esa presión que amenaza con explotarlo. Incluso llega a asustar, la realidad de que mucha alegría lo puede hacer a uno llorar. Cuánta armonía mental, el permitir al cuerpo expresarse y relegar a un plano secundario las formalidades de la superficial sociedad. Ser feliz porque sí, porque se permite uno serlo. Y nada más.

♦♦♦

No diré que me avergüenzo, pero cuánta pena me ocasiono al rememorar estos llantos que me aturden sin aviso más que una creciente presión en el pecho. Me duele causarme tanto daño, tanto dolor a través del excesivo pensamiento. ¡Lo siento! Bien sé que no quisiera ahogarme en este océano de tristezas autoimpuestas, pero no puedo evitarlo. Se colma uno de ideas que irremediablemente destruyen, y lo único que puedo hacer es dejar que sucedan, porque si se dejan sentir las alegrías también se tienen que sobrellevar las penas. ¡Pero tanto que me pesa! Al punto de que se descompone el cuerpo y ni siquiera se puede intentar que las lágrimas se detengan. Esos sentimientos y pensamientos malévolos que oprimen el torso y exprimen el cerebro. Y dice uno ¡No es justo!  Que tenga que pasar por esto que, como un alud, lo cubre a uno completo. ¿Por qué? ¿Por qué no dejarlo pasar, y ya? ¿Por qué será que el dolor se siente más real? Me obligo a sentir felicidad y aquí está, delicada y tenue, casi frágil. Pero se empeña mi cerebro en plantear sufrimientos y llegan ellos con toda la fuerza y devastación de un huracán, para dejarlo a uno expuesto por completo. No es justo que abarque tanto, la tristeza, y que las alegrías me duren tan poco como el pensamiento de un suspiro. Incluso si después de llorar queda el alma un tanto más liviana; so aturdida, está el susurro de la pena latente, contando los días, los minutos, las horas, esperando para aflorar de nuevo campante y someterme a otra época de tediosos párpados pesados y miradas que lloran.

♦♦♦

El desamor no se cura desgastando a otras personas en el intento de quererse uno de nuevo entero. No es justo. Es una cosa de cobardes, valerse del cariño que alguien te profesa para sentirse bien consigo mismo, mientras todavía en la cabeza habita un alma que otrora desvelaba los sueños. Indigno, el pensar que hay alguien amando mientras el otro no pretende siquiera amar, sólo se vanagloria en ese querer deliberado.

♦♦♦

Hermoso cuando la lluvia acompaña mientras se escribe o se lee, un placer que no nos deberíamos vetar.
Y posteriormente dormir. Sí, bonito el golpeteo, y poquito a poquito se lo va llevando Morfeo.

Nos leemos,

Fernanda

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