Archivos Mensuales: diciembre 2014

Rouge III

Tercera entrega de Rouge. Curioso, tengo un desazón surcando mi pecho.

Thoughts

A veces es demasiado. Todo llega sin avisar y se abruma uno completo, sin más qué hacer que cerrar los ojos y esperar que todo pase. Pero nublar la vista y pretender que todo desaparezca no es más que una actitud ilusa que no sirve en absoluto. Porque en la mayoría de los casos, lo que sucede es inherente al ser, no a su entorno. Y se deja ahogar uno con los ojos fruncidos, por no luchar contra algo que habita dentro de sí mismo.

 

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Felices fiestas.

-Fernanda

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Rouge II

Un poquito de ambas pasiones para un domingo que amenaza con lluvia invisible.

 

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Bubbles

No me malentiendan. Nada disfruto tanto como mis momentos de soledad. Aislada voluntariamente en una burbuja de irrealidad, donde nada que no quiera puede alcanzarme. Protegida de cualquier daño o pena que me quiera acongojar. Pero ah, se aburre una en estos muros dóciles de conformidad. Se está cómoda, pero… ¿Se está feliz? Ataca el tedio a veces, y comienza a esperar uno que algo –o alguien– llegue y ayude a expandir las barreras flexibles que delimitan. Sabiendo que es uno quien debe dar el primer paso para ampliar esos horizontes donde el alma se siente tranquila, no sólo conforme.

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Domingos que no parecen domingos porque se está en vacaciones. El doble de tedio.
Disfruten, fantasmas.

-Fernanda

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Luces Amarillas

Noches, fantasmas.
Hoy con dos cositas que surgen de pasear por las calles en la noche. Ilustración rápida incluida, espero sea de su agrado.
Me disculpo por cualquier error gramatical o de redacción, el tedio no me permite revisar de nuevo estos textos nocturnos.
A leer, pues.

LucesAmarillas

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Me cautivan // Con su silencio me ensordecen // Me pierdo en sus obras callejeras // Y veo gente // ¿Son ésas máscaras impregnadas de amarillos naranjados? // ¿Son desnudos desprevenidos por los tintes dorados? // Son fantasmas, almas en pena sobre una tierra fría pero morena // Y trastornan // Y desenfrenan // Y enamoran // ¿Son ellas luces o son ellas mundos? // Estrellas confinadas en cárceles de acero sobre junglas de concreto // Que me cogen y me estrujan // Me acunan // Me acongojan // Me consuelan // Me destrozan // Alegran y entristecen, paradojas inconscientes, vigilantes latentes // Testigos de la risa y de la pena // ¿Cuándo han presenciado? // ¿Cuántas almas unificado? // ¿Cuántos cuerpos despellejado?? // Y las observo, y ellos me observan, observándolas // Y ellos juzgan, porque no entienden // ¿Pero entenderán ellas? // En un acuerdo tácito de silenciosa paz que me envuelve entera // Tal vez si bajo ellas vivo, también bajo ellas muera.

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Cambia la ciudad, lo he notado. Como si se abriese una puerta a una tierra desconocida en donde las cosas se tintan de cálidos y los seres se tornan volátiles, efímeros, extraños. Voy por las calles, observándolos, viendo cómo unos se pierden en los contrastes del cielo y otros, salvajes, se pierden en curvas de carne y hueso. Aprovechan que el mundo ha transmutado, decorándose, convirtiéndose en un espectáculo de luces que el sol de la mañana no puede acunar. Una realidad que desnudan faros y lámparas callejeras, acostumbrados al trajín apocalíptico de aquellos que vigilan. Son testigos de actos de vida y muerte. Espectadores que maquillan las escenas de orden y de caos. Y lo disfrutan. Se embelesan con las dinámicas que sus luces invocan. Como si el azul profundo y sus amarillas voces encontraran en oídos desprevenidos marionetas para manejar a voluntad. Van los amantes, van los rateros. Las putas, los obreros. Cobijados por una estela de energía amarilla que los drena y carga al mismo tiempo. Y mientras los observo (y las observo también a ellas, embelesado por su belleza etérea), se crea en mí un interrogante que me abarca completo. ¿Son máscaras? Porque los humanos cambian, los he visto, convirtiéndose en monstruos ávidos por trago y muerte y sexo. ¿O son ellos realidades? Que se esconden en la mañana porque las sombras que habitan el día no son lo suficientemente densas para ocultarles. Es demasiada la luz que los deslumbra; aturdiéndolos, y no están dispuestos a desnudarse expuestos ante ojos que juzgan, atentos. Los miro y me confirmo que pesa más lo segundo que lo primero, pues incluso si fuesen máscaras, serían éstas representaciones del fuero interno, que éste, ávido por manifestarse, encuentra refugio entre charcos de aceite y callejones oscuros, y estruendosos, relegados a la penumbra que les ofrecen las palpitantes luces amarillas del centro.

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Uno a veces no logra plasmar lo que siente. No del todo. A veces las palabras obligan a la mano a escribirlas de una manera que el cerebro ni el corazón pretenden. Qué importa, de todas formas, nunca se está del todo conforme con lo que se hace. Eso es bueno, me supongo, señal de que se sigue mejorando. O algo.

Buenas noches, a embriagarse con ideas y luces amarillas.

-Fernanda

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