Archivos Mensuales: junio 2015

Laberinto

A ver cuánto me dura la periodicidad.

 

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No encuentro la salida.

Se ha vuelto una rutina, cada día me levanto y veo ante mí esta perorata de nimiedades que de alguna u otra forma llegan y me acongojan. Zigzagueo, salto, corro y esquivo. Busco, busco, busco, pero mis exploraciones no encuentran resultados. Incluso concentrando todos mis esfuerzos en una meta, lo único que encuentro es un punto ciego. Llevo tanto tiempo encontrando estas paredes que en ocasiones alucino y creo sentir a la pared riéndose de mí, diciéndome mejor suerte la próxima.

Y la próxima vez lo intento. Y la próxima vez vuelvo a fallar, como si hiciese el mismo recorrido todos los insufribles días, o como si todas las jornadas tuviesen un final correspondientemente incongruente.

He intentado romper el sistema, destruirlo, desaparecerlo. Pero no puedo, siempre adquiere una nueva forma, asume una realidad permeable y vuelve a encapsularme entre sus paredes, atrapándome entre sus fauces. Me fastidia. A veces me provoca no seguir intentándolo. Me agarra el tedio y el miedo, porque siempre llega ante mí una fatídica posibilidad de que tanto correr sea inútil.

Que, en realidad, esta vida no esté diseñada con un final.

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Primavera

Estoy comenzando un nuevo proyecto, que espero tome mucha parte de mi alma, tal vez perderme en el proceso.
El libro de las almas, ejercicios literarios y de ilustración. Las ilustraciones luego, que me toman más tiempo (já). Crearé un blog aparte para el conjunto, pero tranquilos, que seguiré subiendo todo por aquí, también.

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Ella volvía cuando llegaba la primavera. A lo mejor era ella, incluso, quien hacía que las semillas retoñaran y brotaran los colores propios de su aura encantada. Qué digo, a lo sumo era sólo mi percepción, viéndome hipnotizado por sus formas y danzares, tan prestos a la alegría. Já, en ocasiones lograba que mi invierno mental se convirtiera en un jardín de delicias; suculentas, decía ella, eran sus plantas preferidas. Brotaban y brotaban. Yo la veía brotar a ella con su energizante risa y cálida sonrisa, abono de sus queridas.

La veía siempre envuelta en sus flores, los vestidos, las faldas, sus collares, sus fragancias. Ella misma era una flor, delicada y llamativa; una  exótica orquídea multicolor alzándose ante mí y llenando todo cuanto había con su esplendor. De entre todas sus flores del jardín era ella la más hermosa, magnífica rosa silvestre que me atraía con sus juegos risueños, su polen envolvente y embriagante. La observaba con detenimiento, muy a menudo. Sin querer tocarla, no pretendía nunca arrancarla de su mundo.

Era una flor, al fin y al cabo, y una flor desprovista de su tierra es una flor que se muere por defecto de ausencia. Así que la dejaba ser; la dejaba partir cada que quería porque a fin de cuentas sólo así se sentía ella bella, y yo la amaba por ser lo que era. Igualmente, la vería de nuevo. Luego, me prometía.

Ella se iba cada que el otoño se asomaba a su fuero. No soportaba el frío, me decía, y ver las hojas caer, ya muertas, hacía de ella una desdichada, nada qué ver con su colorida alma.
Así que yo simplemente esperaba por ella.

Estaba ya acostumbrado al frío inclemente de la solitaria nieve, al calor artificial de una fogata en soledad. Se me pasaban los días contando las horas, viendo cómo, tímidamente, los brotes surgían verdes de entre los blancos manteles del suelo. Y así ella iba volviendo, dejando de lado su huraño proceder ante el invierno. Volvía de nuevo, espléndida y renovada, cada vez más llamativa y hermosa.

Pero hubo una vez, un invierno, en el que llamó. Y vi cómo los brotes se marchitaban y volvían a ser encapsulados entre copos de nieve.
Nuevos aires, había dicho. Nuevos mundos en los que la primavera era permanente. Con gente más alegre. Con otras plantas tropicales, exóticas, silvestres. Nuevo todo. Yo ya no encajaba en su jardín.

Ese final estoico de invierno, me di cuenta de que me había vuelto alérgico a las flores.

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Caducado

Fantasmas, darlings, he estado escribiendo mucho; infortunadamente no han sido cosas que pueda publicar por estos lares. Pero intentaré retomarlo, esta  parte de mi alma es muy importante para mí, y no quiero desligarme de ella.

Ojalá pueda publicar más a menudo; por lo menos, sé que estaré escribiendo mucho en los próximos meses.

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Tienes un sabor amargo. Eres un deleite engañoso. Te presentas dulce y cariñoso, agradable, accesible. La vida se te va en sonrisas y elogios, bromas y juegos. Encantas. Te vuelves alimento, disfrutable, saboreable. Poco a poco, haces que gusten de ti, que las bocas se hagan agua cuando piensen en ti, maravilloso manjar, ambrosía terrenal. Pero luego desapareces; tu aroma, sin embargo, permanece. Se acentúa la esencia de lo que has dejado. Comienza la ansiedad de separación. Aquél delicioso caramelo se ha extraviado y queda sólo la idea de su ser. La abstinencia se instala en el cuerpo. Maldito, inexorable, destructivo. Todo el organismo se vuelve un revoltijo de sensaciones insufribles. El estómago vomita, el cuerpo tiembla y la piel se eriza; el alma se siente abandonada y perdida. Su rumbo se ha visto trocado, atrofiado por tu ignominioso proceder. Fruto amargo y mentiroso, venenoso, casi mortal. No creas que triunfarás. No. El tiempo se cumple, el sabor desaparece y la situación se vuelve sosa, insípida. El aroma se recibe con muecas y arcadas. Insoportable. La gente no ha vuelto a consumirte, pero tampoco olvida. Nadie que te haya probado y sufrido vuelve de nuevo. Hastiarse es parte de la vida, y un manjar tan dulce simplemente no puede ser cierto.

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