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Rouge III

Tercera entrega de Rouge. Curioso, tengo un desazón surcando mi pecho.

Thoughts

A veces es demasiado. Todo llega sin avisar y se abruma uno completo, sin más qué hacer que cerrar los ojos y esperar que todo pase. Pero nublar la vista y pretender que todo desaparezca no es más que una actitud ilusa que no sirve en absoluto. Porque en la mayoría de los casos, lo que sucede es inherente al ser, no a su entorno. Y se deja ahogar uno con los ojos fruncidos, por no luchar contra algo que habita dentro de sí mismo.

 

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Felices fiestas.

-Fernanda

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Disparidad 13

Estoy más constante. Aunque quién sabe por cuánto tiempo. Por lo pronto, me encanta el poder plasmar mis garabatos en mis amadas libretas y transcribirlos para que ustedes, fantasmas, lean.

Hoy con los dos lados de una moneda y un pequeño comodín que separé de un texto íntimo, adaptándolo para lo comercial. Já.
-Editado-
Me acabo de dar cuenta que, en mi distracción, no publiqué cara y sello sino sólo cara. Ahora sí, revamped.

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Llorar de la felicidad tiene matices muy similares a llorar por sufrimiento. Se le atasca algo a uno en el pecho, imposibilitando a veces esa necesidad humana de respirar. Se siente uno muy pesado, abrumado por infinidad de emociones y sensaciones que no encuentran más salida que esas mareas salinas, brotando presurosas de ojos recargados de expresión. Es diferente esa expresión, sin embargo. Cuando se llora devastado se le encoge a uno la frente, arrugándola a más no poder, con la necesidad tonta del consciente de cambiar el gesto que habita el rostro, como si llorar por tristeza fuese algo vergonzoso que tuviese que ser detenido. Llorar de felicidad; a veces, es exactamente lo mismo, pero todo lo contrario.  Porque puede que uno quiera detener las lágrimas que se riegan, impasibles. Pero al rostro lo surca una sonrisa que es indetenible, casi contagiosa para quien la observa. Llorar de felicidad es, en mi opinión, pleno conocimiento y aceptación de lo que uno es y puede llegar a ser. Tal equilibrio y paz que se puede permitir el llorar, también, por las inmensas alegrías que a veces el organismo no puede digerir. Cuán bellas son las personas que alcanzan tal nivel de felicidad. ¡Imagínese! Estar el corazón tan lleno, al punto tal de necesitar una manera de liberar esa presión que amenaza con explotarlo. Incluso llega a asustar, la realidad de que mucha alegría lo puede hacer a uno llorar. Cuánta armonía mental, el permitir al cuerpo expresarse y relegar a un plano secundario las formalidades de la superficial sociedad. Ser feliz porque sí, porque se permite uno serlo. Y nada más.

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No diré que me avergüenzo, pero cuánta pena me ocasiono al rememorar estos llantos que me aturden sin aviso más que una creciente presión en el pecho. Me duele causarme tanto daño, tanto dolor a través del excesivo pensamiento. ¡Lo siento! Bien sé que no quisiera ahogarme en este océano de tristezas autoimpuestas, pero no puedo evitarlo. Se colma uno de ideas que irremediablemente destruyen, y lo único que puedo hacer es dejar que sucedan, porque si se dejan sentir las alegrías también se tienen que sobrellevar las penas. ¡Pero tanto que me pesa! Al punto de que se descompone el cuerpo y ni siquiera se puede intentar que las lágrimas se detengan. Esos sentimientos y pensamientos malévolos que oprimen el torso y exprimen el cerebro. Y dice uno ¡No es justo!  Que tenga que pasar por esto que, como un alud, lo cubre a uno completo. ¿Por qué? ¿Por qué no dejarlo pasar, y ya? ¿Por qué será que el dolor se siente más real? Me obligo a sentir felicidad y aquí está, delicada y tenue, casi frágil. Pero se empeña mi cerebro en plantear sufrimientos y llegan ellos con toda la fuerza y devastación de un huracán, para dejarlo a uno expuesto por completo. No es justo que abarque tanto, la tristeza, y que las alegrías me duren tan poco como el pensamiento de un suspiro. Incluso si después de llorar queda el alma un tanto más liviana; so aturdida, está el susurro de la pena latente, contando los días, los minutos, las horas, esperando para aflorar de nuevo campante y someterme a otra época de tediosos párpados pesados y miradas que lloran.

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El desamor no se cura desgastando a otras personas en el intento de quererse uno de nuevo entero. No es justo. Es una cosa de cobardes, valerse del cariño que alguien te profesa para sentirse bien consigo mismo, mientras todavía en la cabeza habita un alma que otrora desvelaba los sueños. Indigno, el pensar que hay alguien amando mientras el otro no pretende siquiera amar, sólo se vanagloria en ese querer deliberado.

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Hermoso cuando la lluvia acompaña mientras se escribe o se lee, un placer que no nos deberíamos vetar.
Y posteriormente dormir. Sí, bonito el golpeteo, y poquito a poquito se lo va llevando Morfeo.

Nos leemos,

Fernanda

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Disparidad 4

Sacándolo de la mente y del ‘corazón’. Ahí perdonan la probablemente mala redacción.

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Es una situación sumamente agobiante. Paso la luz sonriendo y sintiendo en mí una energía cálida y jocosa; pero en cuanto llega la melancolía de la noche, no puedo más que permitir que los débiles riachuelos de agua salada recorran mis pómulos. Mi espíritu se siente demacrado, llevado a un nivel de crítica agonía. El más mínimo estímulo me afecta a creces, dándome demasiadas cosas por las cuales recuperarme  en sólo unas horas de pesado sueño maltratado por el malestar.

Tan complicado, el vivir con la premisa constante de la indecisión mental. Desearía poder iluminar mi mente y darle a mi ser una pizca de paz, pero las numerosas y tediosas intervenciones de tu ser hacen a mis intentos fallar una y otra vez como una danza de nunca acabar. No puedo descifrar qué es lo que sucede, qué es esto que nos atrapa; y me desvela como nada más puede en mi estado actual de pasiva inconformidad. ¿No te parece que podrías dejarme respirar? ¿Brindar, tal vez, un poco de estabilidad? No requiero una respuesta que plante una sonrisa en mi rostro. No; sé bien que soy ilusa y creadora de utopías, pero aceptaría sin repercusiones un rechazo que fuese contundente.  Habría riachuelos salados cursando mis mejillas en las noches… quizá también algunas tardes; pero al menos… al menos podría saber en qué lugar reposar, por fin, mi alma.

Si destruyeras la banalidad de mis ilusiones podría avanzar y deshacerme del letargo que me mantiene estúpida e inmóvil, como atascada en arena movediza…

Pero aquí estoy, hundiéndome, esperando saber qué noción será la que me haga tomar un último aliento antes de sepultarme en esta truculenta perdición.

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A ver si consigo un poco de paz mental y logro concentrarme en mis tediosos trabajos de universidad.

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Ignorado – Disparidades

En aquél entonces no podía entender cuál era la razón para que mi estómago doliera cada vez que le veía o le oía hablar cerca de mí.

En el principio; ni sabía quién era, y estoy seguro de que ella  no me determinaba. Éramos no más que minúsculas partículas de un cosmos no muy grande,  aislado el uno del otro por barreras invisibles que determinaban nuestras esencias. No sé en qué momento sucedió…exactamente… en qué instante decidió el destino  develar la venda que cubría la soledad de mi mente, y me hizo notarla. Una carcajada y el ligero gesto de agraciadas manos que escondían un rostro rubicundo, lleno por una vivaz expresión. Alegría, esa sensación que mi estúpida tragedia auto-impuesta me había negado.

Quizá, si ese día no le hubiese visto tan llena de luz en su mirada, no tendría este  vacío inexorable atravesando mi abdomen.

Desde de aquélla vez… no podía no verla. No intentar verla. El cosmos confabuló a mi favor, dejándome observarla de lejos, mientras ella, ensimismada en su mundo de colores e historias, me ignoraba por completo. Me sorprendió esa agridulce coincidencia el día que ella levantó su mirada y sus pupilas se conectaron con las mías; por no más que un segundo,  para luego volver a su mini universo. Tal vez ni me había visto en realidad,  tan  sólo había descansado sus ojos del mundo de la lectura en el que la veía absorta tan a menudo.

Había sido, sin embargo, suficiente para que el hueco de mi estómago se hiciese más fuerte, más hondo.

Para que el tiempo me hiciese comprender luego, que me dolía porque, con su sonrisa y cantarina risa, me había hecho necesitarla… mientras ella seguía sin dirigirme una sola palabra.

Llevo mucho tiempo sin escribir y me siento pésimo al respecto.Muy oxidada, pero lo que vale es el intento.

Bonita noche a los lectores fantasmas, y a los de carne y hueso, también.

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Disparidades 2

Otra versión. Tan mínimos que no llegan a estar completos por sí solos. Si bien no tienen un tema que los concentre a todos.

 

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Hay maldad en tus ojos porque el sufrimiento se regocija cercando tu alma. Te has vuelto oscuro, distante. Te has vuelto insensible, invisible. Te has muerto. Quieres matar para intentar sentir. Anhelas alejarlos de lo terrenal para encontrarte mejor que ellos. Pero el dolor sigue cercenando tu alma. La maldad oscurece tu iris.  Matas, pero tus ojos no aclaran. ¡¿Por qué?! No funciona, para nada. Asesinar no traerá de nuevo la vida que perdiste cuando los perdiste. Matar no es alquimia. Mientras lo haces, sólo sigues asesinándote. Enterrándote. Desapareciendo.

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Los gobiernos precisan mantener a sus pueblos ignorantes, entretenidos y sutilmente sometidos para seguir teniendo éxito como las franquicias que son. Nos silencian porque la palabra precede a la acción. Imagínese usted, que se hable de la más mínima verdad a flote. Un atisbo de realidad brindado a las sumisas comunidades y el pandemónium se alzará en menos de lo que cree, para aplastarles y derrocarles.

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Búsqueda constante, es su necesidad. El aire se tinta con conocimiento y entra a sus pulmones, purificándolos, placentero. El errante respira con calma y expira siendo ya más sabio. Muchos son los caminos que ha trotado, y las líneas de los recorridos avanzados han quedado para los que vienen detrás. Aún así; ay, cuántos senderos más le quedan por marcar. Cuántas respiraciones más. Ser   un sabio, conocerse un ignorante curioso y ávido de oxígeno. Un errante sin casa, pero muchos hogares. Un errante con millares de pertenencias, tanto físicas como mentales. Un errante que nos haga sabios sabiéndonos ignorantes.

 

 

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Perdón por la falta de rutina en mis publicaciones. Soy una escritora dispersa. Algún día encontraré la disciplina.

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