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Disparidad 17

Mueren las horas

¿Perdimos el tiempo? Los minutos a tu lado se consumían fugaces, entre risas, frases torpes, recuerdos informes, amores vetados de nombre. Eran sólo segundos lo que duraban los besos, los roces, los nombres pronunciados en labios ávidos al contacto momentáneo. Cuánto tiempo cultivando, entre ausencias eternas y presencias ya inexistentes, un cariño que no llegó a hacerme llamarte il mio amore. Los días de soledad que avivaban el calor de la empatía, las semanas en que la incurable calma se volvía ansiosa, meses en los que la espera dejó de valer la pena. Meses, meses, meses en los que paulatinamente se alejó tu vida de la mía. El hilo no se rompe, pero no te niego que preferiría cortarle, guardar el recuerdo y permitirte que partas sin penas, menos tuyas que mías. ¿Perdimos el tiempo? No, nuestras vidas transmutaron, la influencia del uno latió sobre el otro. Pero murieron las horas, el presente es siempre historia, y el nuestro se pinta ya lejano, no hay manera que ni tu ni yo podamos recuperarlo. Una celebración póstuma para nuestras horas, pues, te convido, esperando que el vino de mi memoria no te parezca muy amargo.

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Disparidad 14

Noches, fantasmas.
Llevaba un buen tiempo sin publicar, y otro tanto sin montar disparidades. Les dejo dos pensamientos que se explayaron en las hojas de mi cuaderno y que alcanzaron la meta de ser transcritos y publicados. Ñoñerías, como siempre, que amo leer de vez en cuando.

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Está volviendo, como siempre. Es un ciclo, lo he descubierto, y por más que lo intento, no hay manera de evitarlo. Todo regresa, el dolor, una somera angustia que se aloja en el centro de mi pecho y me va desmoronando indiferencia tras indiferencia. Incluso después de vibras maravillosas; de risas, de satisfacción, esta pena vuelve y yo la recibo afanada con la esperanza de que, si la expreso rápido, tal vez se vaya pronto. Pero qué ilusa puedo ser, si soy consciente del retorcijón en el pecho que siempre permanece, a veces simplemente dormitando,  a veces rugiendo,  atemorizándome. Me harta en ocasiones. Yo quiero dejarme sentir, es lo adecuado para procurar mantener un equilibrio, una sanidad, una somera cordura. Pero maldita sea si me jode tener que atravesarlo cada tiempo en tiempo. Me jode querer llorar a moco tendido y creerme desolada, abandonada. Me jode porque sé que así no son las cosas, pero el inconsciente se empeña en desestabilizarme, en convertirme en una mártir. Me jode llorar por irrealidades. Me jode ponerme triste así, de esta manera. Me jode mucho llorar por vos. Estoy cansada, hastiada, enferma  de llorar por vos. Y sin embargo no me niego la experiencia, porque sé que me limpia, aunque no quiera, como cuando se rehúsa uno a hacer algo para después darse cuenta que era lo mejor en el momento. Entonces acepto este ciclo, pero me perturba, me enoja, me desespera, ¡me enloquece!  Y me hace crear y luego me hace amar. Tal vez, también, amarte más.

Y luego vuelve a comenzar. Es una cosa de nunca acabar.

 

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Es curioso que las almas más alegres sean también las más tristes. Que el equilibrio de la naturaleza continúe perpetuándose incluso en la psique. Que uno no pueda ser del todo feliz  porque la melancolía está siempre presente, aunque uno no la invite. Vaya juego de balanzas, vaya capacidad emocional. Uno  poder reír a carcajadas un día y al próximo sentir la pesadez de una bruma pesimista inundando los pulmones, y ser consciente de que sucede. De que el odio de ayer, hoy es no más que un susurro casi mudo para unos oídos casi sordos. Ser consciente  de un millar de cosas que van pasando, que se asimilan, se equilibran y se pierden entre un mar de recuerdos. Jode tanto ser consciente. Por eso las personas parecen preferir quedarse en la ignorancia, el refugio que convida lo conocido. La felicidad. Tontos, como si verdaderamente pudiesen apreciarlo sin conocer algo más con qué compararlo. Estoy exhausta. A veces quisiera hacer como ellos  y olvidar que soy consciente. Olvidar y entregarme a una falacia que me mantenga con una sonrisa pintada y unos ojos brillando. Pero no puedo, joder que no puedo. No logro concebir la idea de interrumpir mi flujo de pensamientos para proponerme una alegría que no pasa de una onírica realidad. No puedo evitar pensar, al fin y al cabo. Brotan los pensamientos y se me desbordan y me opacan y me ahogan. Pero luego se van, se van, parten y me dejan respirar, y puedo experimentar, por momentos, lo que llamamos felicidad. Lo prefiero así. Prefiero retorcerme, destruirme, obligarme a la no existencia momentánea y resurgir, teniendo la oportunidad de saborear ínfimos instantes de alegría que, sin la tristeza, probablemente no serían tan caramelizados. Prefiero ser consciente a que me sea vendida una realidad utópica de la que luego me pueda ver arrebatada y no sepa ya cómo sobrellevar un fatídico despertar.

 

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Desahogos, desahogos. De paso, feliz año, buenas vibras para todos.

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Rouge III

Tercera entrega de Rouge. Curioso, tengo un desazón surcando mi pecho.

Thoughts

A veces es demasiado. Todo llega sin avisar y se abruma uno completo, sin más qué hacer que cerrar los ojos y esperar que todo pase. Pero nublar la vista y pretender que todo desaparezca no es más que una actitud ilusa que no sirve en absoluto. Porque en la mayoría de los casos, lo que sucede es inherente al ser, no a su entorno. Y se deja ahogar uno con los ojos fruncidos, por no luchar contra algo que habita dentro de sí mismo.

 

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Felices fiestas.

-Fernanda

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Rouge II

Un poquito de ambas pasiones para un domingo que amenaza con lluvia invisible.

 

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Bubbles

No me malentiendan. Nada disfruto tanto como mis momentos de soledad. Aislada voluntariamente en una burbuja de irrealidad, donde nada que no quiera puede alcanzarme. Protegida de cualquier daño o pena que me quiera acongojar. Pero ah, se aburre una en estos muros dóciles de conformidad. Se está cómoda, pero… ¿Se está feliz? Ataca el tedio a veces, y comienza a esperar uno que algo –o alguien– llegue y ayude a expandir las barreras flexibles que delimitan. Sabiendo que es uno quien debe dar el primer paso para ampliar esos horizontes donde el alma se siente tranquila, no sólo conforme.

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Domingos que no parecen domingos porque se está en vacaciones. El doble de tedio.
Disfruten, fantasmas.

-Fernanda

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Luces Amarillas

Noches, fantasmas.
Hoy con dos cositas que surgen de pasear por las calles en la noche. Ilustración rápida incluida, espero sea de su agrado.
Me disculpo por cualquier error gramatical o de redacción, el tedio no me permite revisar de nuevo estos textos nocturnos.
A leer, pues.

LucesAmarillas

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Me cautivan // Con su silencio me ensordecen // Me pierdo en sus obras callejeras // Y veo gente // ¿Son ésas máscaras impregnadas de amarillos naranjados? // ¿Son desnudos desprevenidos por los tintes dorados? // Son fantasmas, almas en pena sobre una tierra fría pero morena // Y trastornan // Y desenfrenan // Y enamoran // ¿Son ellas luces o son ellas mundos? // Estrellas confinadas en cárceles de acero sobre junglas de concreto // Que me cogen y me estrujan // Me acunan // Me acongojan // Me consuelan // Me destrozan // Alegran y entristecen, paradojas inconscientes, vigilantes latentes // Testigos de la risa y de la pena // ¿Cuándo han presenciado? // ¿Cuántas almas unificado? // ¿Cuántos cuerpos despellejado?? // Y las observo, y ellos me observan, observándolas // Y ellos juzgan, porque no entienden // ¿Pero entenderán ellas? // En un acuerdo tácito de silenciosa paz que me envuelve entera // Tal vez si bajo ellas vivo, también bajo ellas muera.

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Cambia la ciudad, lo he notado. Como si se abriese una puerta a una tierra desconocida en donde las cosas se tintan de cálidos y los seres se tornan volátiles, efímeros, extraños. Voy por las calles, observándolos, viendo cómo unos se pierden en los contrastes del cielo y otros, salvajes, se pierden en curvas de carne y hueso. Aprovechan que el mundo ha transmutado, decorándose, convirtiéndose en un espectáculo de luces que el sol de la mañana no puede acunar. Una realidad que desnudan faros y lámparas callejeras, acostumbrados al trajín apocalíptico de aquellos que vigilan. Son testigos de actos de vida y muerte. Espectadores que maquillan las escenas de orden y de caos. Y lo disfrutan. Se embelesan con las dinámicas que sus luces invocan. Como si el azul profundo y sus amarillas voces encontraran en oídos desprevenidos marionetas para manejar a voluntad. Van los amantes, van los rateros. Las putas, los obreros. Cobijados por una estela de energía amarilla que los drena y carga al mismo tiempo. Y mientras los observo (y las observo también a ellas, embelesado por su belleza etérea), se crea en mí un interrogante que me abarca completo. ¿Son máscaras? Porque los humanos cambian, los he visto, convirtiéndose en monstruos ávidos por trago y muerte y sexo. ¿O son ellos realidades? Que se esconden en la mañana porque las sombras que habitan el día no son lo suficientemente densas para ocultarles. Es demasiada la luz que los deslumbra; aturdiéndolos, y no están dispuestos a desnudarse expuestos ante ojos que juzgan, atentos. Los miro y me confirmo que pesa más lo segundo que lo primero, pues incluso si fuesen máscaras, serían éstas representaciones del fuero interno, que éste, ávido por manifestarse, encuentra refugio entre charcos de aceite y callejones oscuros, y estruendosos, relegados a la penumbra que les ofrecen las palpitantes luces amarillas del centro.

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Uno a veces no logra plasmar lo que siente. No del todo. A veces las palabras obligan a la mano a escribirlas de una manera que el cerebro ni el corazón pretenden. Qué importa, de todas formas, nunca se está del todo conforme con lo que se hace. Eso es bueno, me supongo, señal de que se sigue mejorando. O algo.

Buenas noches, a embriagarse con ideas y luces amarillas.

-Fernanda

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