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Disparidad 17

Mueren las horas

¿Perdimos el tiempo? Los minutos a tu lado se consumían fugaces, entre risas, frases torpes, recuerdos informes, amores vetados de nombre. Eran sólo segundos lo que duraban los besos, los roces, los nombres pronunciados en labios ávidos al contacto momentáneo. Cuánto tiempo cultivando, entre ausencias eternas y presencias ya inexistentes, un cariño que no llegó a hacerme llamarte il mio amore. Los días de soledad que avivaban el calor de la empatía, las semanas en que la incurable calma se volvía ansiosa, meses en los que la espera dejó de valer la pena. Meses, meses, meses en los que paulatinamente se alejó tu vida de la mía. El hilo no se rompe, pero no te niego que preferiría cortarle, guardar el recuerdo y permitirte que partas sin penas, menos tuyas que mías. ¿Perdimos el tiempo? No, nuestras vidas transmutaron, la influencia del uno latió sobre el otro. Pero murieron las horas, el presente es siempre historia, y el nuestro se pinta ya lejano, no hay manera que ni tu ni yo podamos recuperarlo. Una celebración póstuma para nuestras horas, pues, te convido, esperando que el vino de mi memoria no te parezca muy amargo.

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Disparidad 16

Tengo mi computador de vuelta, vamos a ver si me dura la creatividad literaria.
Esta vez acompañado de una ilustración relativamente relacionada.

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Duro es declamar con el cerebro pero seguir percibiendo la inquietud en el corazón. La razón puede decir que ama sin esperar a cambio; el corazón sin embargo tiene algo de egoísta  y declara que cuando da debe, indiscutiblemente, recibir. Es una situación que oprime el buen vivir y lo reduce a mareas cíclicas de calmas engañosas y pensamientos de fuertes oleajes. Cuánto tiene que vivir el ser para darse cuenta de que las cosas no serán siempre como se las plantea. Que la vida es una amazónica jungla repleta de experiencias más ácidas y ásperas que dulces y sedosas. Que hay que afrontar la realidad de los equilibrios, porque mucho de lo bueno todo el tiempo nunca se libera de esa tácita idea de que es una falacia. Uno se enseña a pensar de determinada forma y es absolutamente complicado desligarse de un hábito de pensamiento. La inconsciencia es maestra en la costumbre, la conciencia que intenta romper condiciones no es más que una inocua pluma rozando su muro inquebrantable. Cómo me pido pues a mí misma en sólo unos días, semanas, meses, que me aparte de la idea que para amar tengo que ser amada de vuelta. Cuánto quisiera poder hacerlo, sin más, liberarme de este yugo, la opresión que hace nido en mi pecho y saca llantos de mi rostro. Cómo le pido que no sea consciente de su derecho a ser amado por igual, si ha estado condicionado toda su existencia por las parafernalias de la sociedad. Mi conciencia, mi razón pugna por alcanzar la espiritualidad y pureza del amor desinteresado. El cuerpo , el sentimiento exclama y exige, demanda aquello que en principio se le presenta como meritorio, fantástico, más certero.

Y es terrorífico tener presente tal dualidad, porque no hay manera de traerlas a un consenso mutuo, a un punto en que ambas converjan pacíficamente. No lo existe en tal aspecto; es siempre uno de los bandos el que gana la batalla, pero en suma ambos pierden la guerra y destrozan la escasa cordura que me queda.

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Laberinto

A ver cuánto me dura la periodicidad.

 

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No encuentro la salida.

Se ha vuelto una rutina, cada día me levanto y veo ante mí esta perorata de nimiedades que de alguna u otra forma llegan y me acongojan. Zigzagueo, salto, corro y esquivo. Busco, busco, busco, pero mis exploraciones no encuentran resultados. Incluso concentrando todos mis esfuerzos en una meta, lo único que encuentro es un punto ciego. Llevo tanto tiempo encontrando estas paredes que en ocasiones alucino y creo sentir a la pared riéndose de mí, diciéndome mejor suerte la próxima.

Y la próxima vez lo intento. Y la próxima vez vuelvo a fallar, como si hiciese el mismo recorrido todos los insufribles días, o como si todas las jornadas tuviesen un final correspondientemente incongruente.

He intentado romper el sistema, destruirlo, desaparecerlo. Pero no puedo, siempre adquiere una nueva forma, asume una realidad permeable y vuelve a encapsularme entre sus paredes, atrapándome entre sus fauces. Me fastidia. A veces me provoca no seguir intentándolo. Me agarra el tedio y el miedo, porque siempre llega ante mí una fatídica posibilidad de que tanto correr sea inútil.

Que, en realidad, esta vida no esté diseñada con un final.

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Disparidad 15

Bella noche, queridos.
Haciendo catarsis con rayas y letras, que son más rayas.

 

ResignarseesVeneno

 

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Resignarse es veneno. Se entrega uno a la aceptación forzada, a una costumbre sin sabor que es opresora de la expresión, y uno se va perdiendo entre tanta mierda. Resignarse es veneno, pero vaya si es complicado seguir poniendo la cara cuando se empecina todo lo demás en venir como balas a atravesar el cuerpo y dejarlo sin intención ni motivación. Una vaina fuerte, intentar tan sólo seguir luchando, porque la resignación se abalanza y atosiga, mostrándose como única opción.  Y lo ponen a uno entre la espada y la pared, porque te dicen que luches, pero también te dicen que esperes, que dejes ir, que te resignes a la imposibilidad del hacer. Es absurdo. Es una trampa. Y uno cae en el ciclo de hacer mucho y de hacer nada, enterrando sentimientos de culpa que germinan en la mente con raíces profundas y fornidas, no dispuestas a dejarse arrancar. Luchar-aceptar-olvidar. Resignarse. No poder. Volver a intentar. ¡Ya no más! ¿Es que no me pueden dejar en paz? Siempre lo mismo. Yo no me quiero envenenar. Y sin embargo es dificilísimo rechazar el respiro certero de la resignación. Y se pierde uno en su momento de falsa calma. Y se acostumbra uno a tener nada. Nada. Nada. Nada. Más que el veneno que se apodera de todo y sumerge hasta que ya sólo queda la nada. Nada. Nada. Nada.

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Terapias, terapias.

Volveré pronto, espero.

-Fernanda

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Disparidad 14

Noches, fantasmas.
Llevaba un buen tiempo sin publicar, y otro tanto sin montar disparidades. Les dejo dos pensamientos que se explayaron en las hojas de mi cuaderno y que alcanzaron la meta de ser transcritos y publicados. Ñoñerías, como siempre, que amo leer de vez en cuando.

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Está volviendo, como siempre. Es un ciclo, lo he descubierto, y por más que lo intento, no hay manera de evitarlo. Todo regresa, el dolor, una somera angustia que se aloja en el centro de mi pecho y me va desmoronando indiferencia tras indiferencia. Incluso después de vibras maravillosas; de risas, de satisfacción, esta pena vuelve y yo la recibo afanada con la esperanza de que, si la expreso rápido, tal vez se vaya pronto. Pero qué ilusa puedo ser, si soy consciente del retorcijón en el pecho que siempre permanece, a veces simplemente dormitando,  a veces rugiendo,  atemorizándome. Me harta en ocasiones. Yo quiero dejarme sentir, es lo adecuado para procurar mantener un equilibrio, una sanidad, una somera cordura. Pero maldita sea si me jode tener que atravesarlo cada tiempo en tiempo. Me jode querer llorar a moco tendido y creerme desolada, abandonada. Me jode porque sé que así no son las cosas, pero el inconsciente se empeña en desestabilizarme, en convertirme en una mártir. Me jode llorar por irrealidades. Me jode ponerme triste así, de esta manera. Me jode mucho llorar por vos. Estoy cansada, hastiada, enferma  de llorar por vos. Y sin embargo no me niego la experiencia, porque sé que me limpia, aunque no quiera, como cuando se rehúsa uno a hacer algo para después darse cuenta que era lo mejor en el momento. Entonces acepto este ciclo, pero me perturba, me enoja, me desespera, ¡me enloquece!  Y me hace crear y luego me hace amar. Tal vez, también, amarte más.

Y luego vuelve a comenzar. Es una cosa de nunca acabar.

 

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Es curioso que las almas más alegres sean también las más tristes. Que el equilibrio de la naturaleza continúe perpetuándose incluso en la psique. Que uno no pueda ser del todo feliz  porque la melancolía está siempre presente, aunque uno no la invite. Vaya juego de balanzas, vaya capacidad emocional. Uno  poder reír a carcajadas un día y al próximo sentir la pesadez de una bruma pesimista inundando los pulmones, y ser consciente de que sucede. De que el odio de ayer, hoy es no más que un susurro casi mudo para unos oídos casi sordos. Ser consciente  de un millar de cosas que van pasando, que se asimilan, se equilibran y se pierden entre un mar de recuerdos. Jode tanto ser consciente. Por eso las personas parecen preferir quedarse en la ignorancia, el refugio que convida lo conocido. La felicidad. Tontos, como si verdaderamente pudiesen apreciarlo sin conocer algo más con qué compararlo. Estoy exhausta. A veces quisiera hacer como ellos  y olvidar que soy consciente. Olvidar y entregarme a una falacia que me mantenga con una sonrisa pintada y unos ojos brillando. Pero no puedo, joder que no puedo. No logro concebir la idea de interrumpir mi flujo de pensamientos para proponerme una alegría que no pasa de una onírica realidad. No puedo evitar pensar, al fin y al cabo. Brotan los pensamientos y se me desbordan y me opacan y me ahogan. Pero luego se van, se van, parten y me dejan respirar, y puedo experimentar, por momentos, lo que llamamos felicidad. Lo prefiero así. Prefiero retorcerme, destruirme, obligarme a la no existencia momentánea y resurgir, teniendo la oportunidad de saborear ínfimos instantes de alegría que, sin la tristeza, probablemente no serían tan caramelizados. Prefiero ser consciente a que me sea vendida una realidad utópica de la que luego me pueda ver arrebatada y no sepa ya cómo sobrellevar un fatídico despertar.

 

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Desahogos, desahogos. De paso, feliz año, buenas vibras para todos.

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