Archivo de la etiqueta: Fernanda Wassermoth

Disparidad 14

Noches, fantasmas.
Llevaba un buen tiempo sin publicar, y otro tanto sin montar disparidades. Les dejo dos pensamientos que se explayaron en las hojas de mi cuaderno y que alcanzaron la meta de ser transcritos y publicados. Ñoñerías, como siempre, que amo leer de vez en cuando.

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Está volviendo, como siempre. Es un ciclo, lo he descubierto, y por más que lo intento, no hay manera de evitarlo. Todo regresa, el dolor, una somera angustia que se aloja en el centro de mi pecho y me va desmoronando indiferencia tras indiferencia. Incluso después de vibras maravillosas; de risas, de satisfacción, esta pena vuelve y yo la recibo afanada con la esperanza de que, si la expreso rápido, tal vez se vaya pronto. Pero qué ilusa puedo ser, si soy consciente del retorcijón en el pecho que siempre permanece, a veces simplemente dormitando,  a veces rugiendo,  atemorizándome. Me harta en ocasiones. Yo quiero dejarme sentir, es lo adecuado para procurar mantener un equilibrio, una sanidad, una somera cordura. Pero maldita sea si me jode tener que atravesarlo cada tiempo en tiempo. Me jode querer llorar a moco tendido y creerme desolada, abandonada. Me jode porque sé que así no son las cosas, pero el inconsciente se empeña en desestabilizarme, en convertirme en una mártir. Me jode llorar por irrealidades. Me jode ponerme triste así, de esta manera. Me jode mucho llorar por vos. Estoy cansada, hastiada, enferma  de llorar por vos. Y sin embargo no me niego la experiencia, porque sé que me limpia, aunque no quiera, como cuando se rehúsa uno a hacer algo para después darse cuenta que era lo mejor en el momento. Entonces acepto este ciclo, pero me perturba, me enoja, me desespera, ¡me enloquece!  Y me hace crear y luego me hace amar. Tal vez, también, amarte más.

Y luego vuelve a comenzar. Es una cosa de nunca acabar.

 

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Es curioso que las almas más alegres sean también las más tristes. Que el equilibrio de la naturaleza continúe perpetuándose incluso en la psique. Que uno no pueda ser del todo feliz  porque la melancolía está siempre presente, aunque uno no la invite. Vaya juego de balanzas, vaya capacidad emocional. Uno  poder reír a carcajadas un día y al próximo sentir la pesadez de una bruma pesimista inundando los pulmones, y ser consciente de que sucede. De que el odio de ayer, hoy es no más que un susurro casi mudo para unos oídos casi sordos. Ser consciente  de un millar de cosas que van pasando, que se asimilan, se equilibran y se pierden entre un mar de recuerdos. Jode tanto ser consciente. Por eso las personas parecen preferir quedarse en la ignorancia, el refugio que convida lo conocido. La felicidad. Tontos, como si verdaderamente pudiesen apreciarlo sin conocer algo más con qué compararlo. Estoy exhausta. A veces quisiera hacer como ellos  y olvidar que soy consciente. Olvidar y entregarme a una falacia que me mantenga con una sonrisa pintada y unos ojos brillando. Pero no puedo, joder que no puedo. No logro concebir la idea de interrumpir mi flujo de pensamientos para proponerme una alegría que no pasa de una onírica realidad. No puedo evitar pensar, al fin y al cabo. Brotan los pensamientos y se me desbordan y me opacan y me ahogan. Pero luego se van, se van, parten y me dejan respirar, y puedo experimentar, por momentos, lo que llamamos felicidad. Lo prefiero así. Prefiero retorcerme, destruirme, obligarme a la no existencia momentánea y resurgir, teniendo la oportunidad de saborear ínfimos instantes de alegría que, sin la tristeza, probablemente no serían tan caramelizados. Prefiero ser consciente a que me sea vendida una realidad utópica de la que luego me pueda ver arrebatada y no sepa ya cómo sobrellevar un fatídico despertar.

 

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Desahogos, desahogos. De paso, feliz año, buenas vibras para todos.

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Rouge II

Un poquito de ambas pasiones para un domingo que amenaza con lluvia invisible.

 

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Bubbles

No me malentiendan. Nada disfruto tanto como mis momentos de soledad. Aislada voluntariamente en una burbuja de irrealidad, donde nada que no quiera puede alcanzarme. Protegida de cualquier daño o pena que me quiera acongojar. Pero ah, se aburre una en estos muros dóciles de conformidad. Se está cómoda, pero… ¿Se está feliz? Ataca el tedio a veces, y comienza a esperar uno que algo –o alguien– llegue y ayude a expandir las barreras flexibles que delimitan. Sabiendo que es uno quien debe dar el primer paso para ampliar esos horizontes donde el alma se siente tranquila, no sólo conforme.

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Domingos que no parecen domingos porque se está en vacaciones. El doble de tedio.
Disfruten, fantasmas.

-Fernanda

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Luces Amarillas

Noches, fantasmas.
Hoy con dos cositas que surgen de pasear por las calles en la noche. Ilustración rápida incluida, espero sea de su agrado.
Me disculpo por cualquier error gramatical o de redacción, el tedio no me permite revisar de nuevo estos textos nocturnos.
A leer, pues.

LucesAmarillas

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Me cautivan // Con su silencio me ensordecen // Me pierdo en sus obras callejeras // Y veo gente // ¿Son ésas máscaras impregnadas de amarillos naranjados? // ¿Son desnudos desprevenidos por los tintes dorados? // Son fantasmas, almas en pena sobre una tierra fría pero morena // Y trastornan // Y desenfrenan // Y enamoran // ¿Son ellas luces o son ellas mundos? // Estrellas confinadas en cárceles de acero sobre junglas de concreto // Que me cogen y me estrujan // Me acunan // Me acongojan // Me consuelan // Me destrozan // Alegran y entristecen, paradojas inconscientes, vigilantes latentes // Testigos de la risa y de la pena // ¿Cuándo han presenciado? // ¿Cuántas almas unificado? // ¿Cuántos cuerpos despellejado?? // Y las observo, y ellos me observan, observándolas // Y ellos juzgan, porque no entienden // ¿Pero entenderán ellas? // En un acuerdo tácito de silenciosa paz que me envuelve entera // Tal vez si bajo ellas vivo, también bajo ellas muera.

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Cambia la ciudad, lo he notado. Como si se abriese una puerta a una tierra desconocida en donde las cosas se tintan de cálidos y los seres se tornan volátiles, efímeros, extraños. Voy por las calles, observándolos, viendo cómo unos se pierden en los contrastes del cielo y otros, salvajes, se pierden en curvas de carne y hueso. Aprovechan que el mundo ha transmutado, decorándose, convirtiéndose en un espectáculo de luces que el sol de la mañana no puede acunar. Una realidad que desnudan faros y lámparas callejeras, acostumbrados al trajín apocalíptico de aquellos que vigilan. Son testigos de actos de vida y muerte. Espectadores que maquillan las escenas de orden y de caos. Y lo disfrutan. Se embelesan con las dinámicas que sus luces invocan. Como si el azul profundo y sus amarillas voces encontraran en oídos desprevenidos marionetas para manejar a voluntad. Van los amantes, van los rateros. Las putas, los obreros. Cobijados por una estela de energía amarilla que los drena y carga al mismo tiempo. Y mientras los observo (y las observo también a ellas, embelesado por su belleza etérea), se crea en mí un interrogante que me abarca completo. ¿Son máscaras? Porque los humanos cambian, los he visto, convirtiéndose en monstruos ávidos por trago y muerte y sexo. ¿O son ellos realidades? Que se esconden en la mañana porque las sombras que habitan el día no son lo suficientemente densas para ocultarles. Es demasiada la luz que los deslumbra; aturdiéndolos, y no están dispuestos a desnudarse expuestos ante ojos que juzgan, atentos. Los miro y me confirmo que pesa más lo segundo que lo primero, pues incluso si fuesen máscaras, serían éstas representaciones del fuero interno, que éste, ávido por manifestarse, encuentra refugio entre charcos de aceite y callejones oscuros, y estruendosos, relegados a la penumbra que les ofrecen las palpitantes luces amarillas del centro.

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Uno a veces no logra plasmar lo que siente. No del todo. A veces las palabras obligan a la mano a escribirlas de una manera que el cerebro ni el corazón pretenden. Qué importa, de todas formas, nunca se está del todo conforme con lo que se hace. Eso es bueno, me supongo, señal de que se sigue mejorando. O algo.

Buenas noches, a embriagarse con ideas y luces amarillas.

-Fernanda

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Un bonus

Mejor no pensar en el último interrogante, aunque irremediablemente pueda resultar cierto.

Recientemente, fantasmas del pasado me han visitado. Han llegado ligeros y tranquilos, en son de tregua, vengo sólo de paso. Los he recibido sin reparo, cordial, aunque el cariño no se asoma por entre las hendiduras, pues la nostalgia ya no adorna sus pasos. Cuánto había pasado, se me hace increíble el pensar que hubo años de por medio antes de que el contacto se hiciese concreto. Me sorprendo al encontrarme desprendida de sus recuerdos, de no vislumbrar melancolía meditabunda en mi fuero interno. Tal vez sea también porque los fantasmas no llegaron con ánimos de drama e histeria sino de entablar tertulias que otrora desvelaban mi mente. Y sin embargo, me surge un sin sabor en el alma al saber que ni para bien ni para mal estos espíritus logran causarme un cambio. ¿Han perdido ya todo su poderío? ¿O simplemente he sido yo la que ha adquirido más control? Pensar que en tiempos pasados hubo risas y sonrisas, lágrimas y llantos, generados por estos compañeros lejanos. Y entonces, mientras procuro ser cortés con un espíritu que pronto partirá de nuevo, se me crea el interrogante que empieza a interrumpirme los sueños. ¿Será que tu, también, te convertirás en un fantasma cuando llegue el momento?

Ni vale fijarme en redacción, fue algo que salió y que como esté, debe ser.

Fernanda

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Disparidad 13

Estoy más constante. Aunque quién sabe por cuánto tiempo. Por lo pronto, me encanta el poder plasmar mis garabatos en mis amadas libretas y transcribirlos para que ustedes, fantasmas, lean.

Hoy con los dos lados de una moneda y un pequeño comodín que separé de un texto íntimo, adaptándolo para lo comercial. Já.
-Editado-
Me acabo de dar cuenta que, en mi distracción, no publiqué cara y sello sino sólo cara. Ahora sí, revamped.

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Llorar de la felicidad tiene matices muy similares a llorar por sufrimiento. Se le atasca algo a uno en el pecho, imposibilitando a veces esa necesidad humana de respirar. Se siente uno muy pesado, abrumado por infinidad de emociones y sensaciones que no encuentran más salida que esas mareas salinas, brotando presurosas de ojos recargados de expresión. Es diferente esa expresión, sin embargo. Cuando se llora devastado se le encoge a uno la frente, arrugándola a más no poder, con la necesidad tonta del consciente de cambiar el gesto que habita el rostro, como si llorar por tristeza fuese algo vergonzoso que tuviese que ser detenido. Llorar de felicidad; a veces, es exactamente lo mismo, pero todo lo contrario.  Porque puede que uno quiera detener las lágrimas que se riegan, impasibles. Pero al rostro lo surca una sonrisa que es indetenible, casi contagiosa para quien la observa. Llorar de felicidad es, en mi opinión, pleno conocimiento y aceptación de lo que uno es y puede llegar a ser. Tal equilibrio y paz que se puede permitir el llorar, también, por las inmensas alegrías que a veces el organismo no puede digerir. Cuán bellas son las personas que alcanzan tal nivel de felicidad. ¡Imagínese! Estar el corazón tan lleno, al punto tal de necesitar una manera de liberar esa presión que amenaza con explotarlo. Incluso llega a asustar, la realidad de que mucha alegría lo puede hacer a uno llorar. Cuánta armonía mental, el permitir al cuerpo expresarse y relegar a un plano secundario las formalidades de la superficial sociedad. Ser feliz porque sí, porque se permite uno serlo. Y nada más.

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No diré que me avergüenzo, pero cuánta pena me ocasiono al rememorar estos llantos que me aturden sin aviso más que una creciente presión en el pecho. Me duele causarme tanto daño, tanto dolor a través del excesivo pensamiento. ¡Lo siento! Bien sé que no quisiera ahogarme en este océano de tristezas autoimpuestas, pero no puedo evitarlo. Se colma uno de ideas que irremediablemente destruyen, y lo único que puedo hacer es dejar que sucedan, porque si se dejan sentir las alegrías también se tienen que sobrellevar las penas. ¡Pero tanto que me pesa! Al punto de que se descompone el cuerpo y ni siquiera se puede intentar que las lágrimas se detengan. Esos sentimientos y pensamientos malévolos que oprimen el torso y exprimen el cerebro. Y dice uno ¡No es justo!  Que tenga que pasar por esto que, como un alud, lo cubre a uno completo. ¿Por qué? ¿Por qué no dejarlo pasar, y ya? ¿Por qué será que el dolor se siente más real? Me obligo a sentir felicidad y aquí está, delicada y tenue, casi frágil. Pero se empeña mi cerebro en plantear sufrimientos y llegan ellos con toda la fuerza y devastación de un huracán, para dejarlo a uno expuesto por completo. No es justo que abarque tanto, la tristeza, y que las alegrías me duren tan poco como el pensamiento de un suspiro. Incluso si después de llorar queda el alma un tanto más liviana; so aturdida, está el susurro de la pena latente, contando los días, los minutos, las horas, esperando para aflorar de nuevo campante y someterme a otra época de tediosos párpados pesados y miradas que lloran.

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El desamor no se cura desgastando a otras personas en el intento de quererse uno de nuevo entero. No es justo. Es una cosa de cobardes, valerse del cariño que alguien te profesa para sentirse bien consigo mismo, mientras todavía en la cabeza habita un alma que otrora desvelaba los sueños. Indigno, el pensar que hay alguien amando mientras el otro no pretende siquiera amar, sólo se vanagloria en ese querer deliberado.

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Hermoso cuando la lluvia acompaña mientras se escribe o se lee, un placer que no nos deberíamos vetar.
Y posteriormente dormir. Sí, bonito el golpeteo, y poquito a poquito se lo va llevando Morfeo.

Nos leemos,

Fernanda

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