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Disparidad 11

La lluvia ha vuelto con sus motivos y sus inspiraciones. Aquí estoy, de nuevo, haciendo una aparición momentánea antes de devolverme a lo oscuro del silencio creativo. No como si no hubiese estado escribiendo este tiempo, pero sí como no todo lo que escrito debe ser leído. Afortunadamente para mí, y para cualquiera que también lo considere bueno, algunas letras son lo suficientemente impersonales como para que no causen demasiados estragos en mi intimidad. Qué cosa, saber que hay palabras que simplemente no pueden ser compartidas porque aún hay pudor para mantener a mi alma un tanto vestida.

Catarsis para el alma en tiempos de tormentas.

 

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Está el alma más calma cuando la mente acepta que hay cosas contra las que no se puede luchar. Llegan de improviso y se van sin avisar, sin demoras ni despedidas. Eso es lo que incordia al cerebro, el no encontrar lógica en sus procederes. Pero es que las situaciones que el corazón y el alma presencian no son hechos de índole racional. Fueron destinadas a la vasta experimentación que ocurre sin una pensar. El meditarlas viene luego de haberlas vivido. Por lo menos ahora, puedo decir que he aprendido a aceptar que tales cosas son así y que por más que intente que hagan lo contrario, ellas seguirán su curso de acción. Por lo pronto, acepto que deseo vivirlas y regocijarme con lo que venga, sin temor a despedirme cuando se vayan. A aceptar la compañía y agradecerle con un adiós cuando deba partir.

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Cuánto cambia el mundo cuando llueve. Comenzando con la idea de que gotas caen del cielo. De un lugar que no es realmente lugar mas es un espacio, y las gotas caen impasibles sin peligro ni miedo de que alguien las pare; porque es el tiempo el único que podría parar para aniquilarlas, pero él no sé detiene por nada ni nadie. Y entonces se abalanzan contra el suelo. Ellas, divertidas, en un suicidio colectivo, comenzando nuevas vidas y acabando con otras, mientras los disparos de los truenos crean mellas en los corazones atentos y temerosos. Va devorando la lluvia todo a su paso. Desaparecen, las panorámicas se vuelven lienzos en blancos, o en grises o en negros. Desaparecen también las hormigas, corriendo por un lugar ya frío dónde guarecerse, las tormentas destruyendo, fluyendo, sonando. ¿Y no es curioso? Cómo esa música que interpreta el cielo trastorna a los seres humanos. Unos irritados, otros acongojados y, trágicamente, a veces también muertos. La lluvia desplaza, encierra, ¡ataca! Como si la naturaleza reclamara su espacio, vociferando su poderío. Uno auténtico, palpable, que se mete física y psicológicamente en estos, nosotros, monos mal vestidos.  A algunos, la lluvia les grita, aterroriza, les prohíbe la sola expresión de euforia. A otros les inunda de particulares gozos que hacen que los insulsos les llamen locos. Y están aquellos, paradójicos, a  quienes les canta y llora, les susurra y chilla, les ahoga y acuna. Taciturnos rindiéndose ante la idea masoquista de que las gotas asesinas les genera dolor y placer, placer del dolor que despiertan esos golpeteos en las ventanas, esos ecos en la distancia, los cegadores momentos de inspiración cuando la lluvia llega tan de repente que los inunda, desprevenidos, y los sobrecoge tal mezcla de sentimientos que a veces lo único que pueden hacer es quedarse quietos. En ocasiones se unen al llanto de los cielos, y por sus mejillas surcan riachuelos salados que sólo el sueño puede detener. Otras, la catatonia los visita junto con la lluvia, y la catarsis posee sus cuerpos mientras sus ojos, desenfocados y lejanos, observan a la nada distorsionada. Y están esos momentos en los que, benditas almas tristes e inquietas, plasman letras desordenadas sobre folios; sentimientos escondidos, dolores atrapados, temores revelados, palabras inconclusas al ritmo de tambores irreales y baquetas incoloras, desgastándose y escribiendo cual autómatas, apagándose sólo –y otras veces ni haciéndolo– cuando las gotas cesan y los relámpagos se agotan. Relegándose al letargo de una espera. Una nueva visita de musas húmedas, a  veces magníficas, a veces mortíferas. A veces también nulas.

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Ser consciente del dolor es necesario para aprender a controlar los espasmos. Se muere uno en vida, a veces, permitiéndose sentir demasiado dolor por un mero suceso apartado. Y es que la mente se empecina en darle más importancia de la que merece. En encapricharse, huraña, cuando las cosas no van como se esperan. Es gracioso, la patética situación de la cabeza complicada, sabiéndose siempre que lo que acontece no es necesariamente cómo uno quisiera. Es la parte inmadura de esa realidad consciente, la que se niega a aceptar que a veces, simplemente, la vida le lleva la contraria a los deseos efímeros que encuentra irrisorios. Y es que está bien que la mente se comporte como un infante insatisfecho, pues es signo de una lógica vigente, consciente, saludable. Pero quedarse mucho tiempo en esa práctica de penas reduce la capacidad de enfrentarse a la vida. Pierde uno interés de lo real por seguir atizando cenizas de infortunios pasados, en ocasiones ya muy lejanos. Pierde, también, conciencia de lo actual, y se queda uno sumergido en arenas que ni profundas ni movedizas ni físicas. Sólo mentales que, paradójicamente, pueden hundir, ahogar, e incluso desembocar en una muerte real de la cual ningún pensamiento positivo servirá para echar marcha atrás.

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A ver cuánto tiempo me demoro en traerles cuentos viejos con versos nuevos.

-Fernanda

 

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Parálisis

Gente de carne y hueso, les entrego un pequeño trabajo que escribì ya hace tiempo y que habìa guardado por cosas que no sucedieron, pero que dieron paso a otras nuevas. En uel futuro verán un corto al respecto, que espero disfruten tanto como yo planeo disfrutarlo.

A leer, pues.

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Parálisis

El tiempo se había detenido.
Al menos, esa era la sensación que a él llegaba. No escuchaba más que el eco sordo de su circulación atravesándole las venas de sus oídos. El palpitar de su corazón, acompasado y aparentemente tranquilo, le dejaba saber que seguía vivo. Sin embargo, no sentía el ritmo propio de su respiración y no podía mover el cuerpo un solo centímetro. El frío chocaba inclemente contra su desnuda piel, desprovista del cobertor con el que se había protegido al acostarse. Con las yemas de los dedos podía sentir las fibras a un lado de su cuerpo,  tan cercanas e imposiblemente alcanzables. Sus ojos no veían sino las minúsculas alucinaciones de luz que se proyectan frente a los párpados. Estos se le hacían pesados y era incapaz de intentar abrirlos siquiera, como si, sellados por una fuerza ajena, fuesen a permanecer cerrados por siempre. Era de noche, sin duda alguna, aunque la certeza no era algo con lo que realmente pudiese contar. Pero lo intuía. El vacío inequívoco de la madrugada se cernía sobre su cuerpo paralizado por el sueño.

Nunca había experimentado el despertarse entre sueños y permanecer quieto, cual estatua, mientras esperaba que Morfeo le arrebatara de nuevo su consciente y lo transportara al mundo de las ensoñaciones. Era una sensación extraña, saberse estático y no poder mover un solo músculo a voluntad. Como si fuese un espectador ajeno a su propio cuerpo, que tampoco lograba ver en absoluto, los párpados cayendo todavía pesados sobre sus ojos. Permanente en el espacio abollonado de su cama, sin poder interactuar con su entorno… mientras su mente se mantenía activa (incluso más que de costumbre), intentando encontrar una razón de ser. Cuestionándose, preocupándose, irritándose, alterándose al no percibir nada más que la nada.

Hubo un seco ruido cerca  a él, como lo que cae y no rebota.

Se dio cuenta de que su cerebro estuvo más alerta. Susceptible al más diminuto estímulo auditivo que pudiese captar. Desde fuera llegaba a él el trinar incesante de grillos y cigarras, ávidos intérpretes de la noche y madrugada. Luego fue el ruido seco de nuevo, y cayó en cuenta  de un acelerado compás que daba comienzo en su pecho.

En él apareció la sensación de gélido pánico que se apoderaba de todo su ser, renuente a desaparecer. Habría estado temblando por el miedo si su cuerpo no se encontrara en un inexplicable coma del que le era imposible escapar. Estaba tratando de calmar su mente, de relajarse. En todo caso, sólo era la noche la que le inducía a esa experiencia absurda de terror infundado. Era la sensación de lo desconocido lo que perturbaba su mente. Todos siempre con el pánico precavido por lo que no se conoce. Trató de asignarle una razón de ser al estruendo, algo que lo hiciera menos inquietante. Tal vez alguna caja que caía, una puerta mal cerrada que chocaba contra su pórtico por obra del viento, una alimaña colándose por su casa y tirando objetos a su paso. Todo lo que le venía a la mente lo descartaba con rapidez, y la abrumadora y envolvente histeria hacía que pudiese escuchar su agitada respiración.

Y luego el vacío volvió.

Las fibras del cobertor seguían cercanas a sus yemas.  El frío todavía lo encerraba en una desasosegante burbuja. Los grillos y cigarras se habían apaciguado… y ya no podía escuchar a sus pulmones expandirse.

Nada. En absoluto.

Ciego en una noche sorda. Impotente. Intranquilo. Desprotegido.

No tuvo idea de cómo reaccionar cuando una presión nació en su cuello, aplastándole la tráquea.

El pánico regresó, abrumándolo. El horror colmándolo de inútil adrenalina. No podía moverse, maldita sea. Sentía sus brazos ardiendo, cargados de energía, luchando por ser liberados de la jodida parálisis que le dejaba en el silencio.  Sus pulmones querían gritar por él. Gritar, gritar, ¡GRITAR!  Y no podía. No podía. No podía. La presión se hacía más fuerte y presentía como iba alejándose de todo hasta incluso perderse. Pero él no quería perderse. No quería morir, no debía morir por una fuerza que, aplastándole el cuello, se sentía como un ruido seco. Como manos que tocan puertas rebotando sobre árboles secos y fríos y muertos.

Muertos como él lo estaría cuando las manos terminaran con él. Relegándolo a la pesadumbre de una comatosa inexistencia que lo estaba consumiendo, para él imposible levantarse, aunque abriera los ojos y viera a la nada misma dibujándose y desdibujándose, torturándolo con miembros invisibles que apretaban y apretaban más. Y apretaban.

Y él ya no podía más.

El salto con el que despertó casi logró sacarlo de la cama. Abrió sus ojos lo más que pudo, aunque tuvo que parpadear repetidas veces antes de que pudiese vislumbrar las formas opacas de su habitación que se escondían en la penumbra. Su corazón parecía querer salírsele del pecho, los pulmones expandían y contraían su torso a una velocidad alarmante. Cayó en cuenta de que estaba tensionando todo su cuerpo, y casi pudo imaginar cómo los nudillos se ponían blancos de la fuerza con la que estaba empuñando sus manos. Se obligó a relajarse (al menos, a intentarlo), apoyó sus pies descalzos sobre la baldosa, el frío recorriéndolo como un choque alrededor de su cuerpo entero.

Había sido sólo un sueño,  se dijo, tal vez producto del estrés y la mala alimentación.

Pero se había sentido tan real.

Creía que el shock causado por la pesadilla le dejaría alerta por el resto de la noche,  pero ya empezaba a sentir pesadez, de nuevo intentando cerrarle los párpados casi en contra de su voluntad. Su respiración comenzaba a apaciguarse, procurando calmarlo y, su corazón, al parecer exhausto por las corrientes de adrenalina,  le palpitaba con un ritmo lento, ya muy poco perceptible. Su cuerpo quería volver a dormir, reposar de nuevo, intentar conseguir verdadero descanso. Él también lo quería. Llevó su mano al celular que mantenía en la cabecera de la cama. La luz de la pantalla iluminó su rostro cansado cuando se aventuró a ver la hora. El reloj digital rezaba las tres de la madrugada. Soltó un rápido suspiro y se levantó de la cama, dirigiéndose al baño.

No solía encender la lámpara del pasillo cuando, en la noche, se despertaba y daba una visita al inodoro o a la cocina. Esta vez, sin embargo, le ganó la paranoia. Su cuerpo se había readecuado y trabajaba como de costumbre, pero su mente estaba aún trastornada por la agria sensación que le había dejado esa parálisis en su dormitar y esa terrible pesadilla. En el fondo sabía que prender un bombillo no lograría nada en contra de un ataque inminente que residía en su perturbada imaginación, pero el pequeño  –y quizás un poco ridículo– gesto le hacía sentir que podía controlar parte de la situación. Porque así creían asegurarse los humanos que tenían fuerza contra aquello que les agobiaba.

Relajó su vejiga y se lavó manos y cara con abundante agua. El frío le despertó momentáneamente, antes de sentir los párpados de nuevo pesándole y amenazando con cerrase antes de que él volviera a recostarse. Aquella escalofriante experiencia lo había dejado sumamente agotado y él ni siquiera había movido un músculo.

Salió del baño, apagando la luz y cerrando la puerta rápidamente. Miró hacia la oscuridad que conllevaba a la cocina. Se preguntó si era más el miedo o el hambre lo que controlaría sus acciones, y se encontró a sí mismo caminando apresuradamente  hacia su habitación. Tres de la mañana, dentro de poco tendría tiempo para comer. Y se daba cuenta que en realidad necesitaba descansar.

Apagó la lámpara del pasillo y de nuevo su hogar se sumió en la oscuridad.

Por entre la ventana se filtraba un poco de la luz que provenía de la calle. Las cortinas eran opacas y la manera en la que colgaban le hacía creer que eran seres esperando a que se durmiera para poder atacarlo. Sacudió la cabeza y se tiró a la cama con premura, envolviéndose entre las sábanas. Era mejor que se obligara a dormir antes de que empezara a perturbarse con cualquier sombra extraña que se erigiera en su cuarto.

Las sábanas ya estaban frías –frescas, por lo menos– cuando se cubrió con ellas. Por lo común, su casa mantenía una temperatura ambiente considerablemente agradable, un clima templado que hacía todo más cómodo, más suyo. Ahora tal vez era producto de sus nervios, pero sentía como si sobre él se levantase una nube de congelante quietud.

Quizá pecaba por tener demasiada imaginación después de recibir esa clase de estímulos. Tal vez era momento de desconectar su cerebro. Debía intentarlo al menos.

Pero ya no podía.

La pesadez de sus párpados estaba desvaneciéndose progresivamente, como sucede luego de que el cuerpo se ha acostumbrado a estar despierto. No le agradaba el que su mente estuviese discutiendo entre dos motivaciones. Su intención de dormir –que se volvía cada vez más débil, más lejana–  y su objetivo de permanecer alerta a cualquier movimiento o ruido cerca  a él. No le cabía en la cabeza el estar ahora tan despierto después de todo por lo que había estado pasando durante esa velada. Ni cuando quería mantenerse despierto podía conseguir la energía que nacía en él. Se estiró entre las cobijas, apoyándose sobre su espalda completamente. Exhaló irritado. Cuán exasperante era no poder conciliar el sueño. No poder descansar a gusto.
No poder respirar siquiera.

Más que la presión que volvía a aplastarle el cuello, lo que le sorprendió fue encontrarse de nuevo en el mundo de los sueños. No era como si esperara darse cuenta de cuándo había caído de nuevo dormido (nadie se daba cuenta, en todo caso), pero sí se le hacía extraño saberse dormitando. Quién sabe… quizá nunca había abandonado su dormitar y sólo era su inconsciente el que le estaba jugando muy suciamente.

El terror sí volvió, aunque en menor medida. Sí, le aprisionaba la tráquea aquel par de manos muertas, pero habiendo pasado ya una vez por esa situación, su cerebro decidió no alarmarse demasiado. Ya se despertaría (o despertaría) de nuevo, como antes, sin más consecuencias que un recuerdo latente y un tanto agobiante de experiencias cercanas a la muerte. Pensaba que en cualquier momento las manos volverían a liberarlo del mareo pronto a la inconsciencia. En cualquier segundo.

Algo cayó, un ruido seco que se ahogó muy cerca de él. Y una tétrica risotada que expulsó un gélido y mortecino aliento sobre su rostro.

Fue muy tarde cuando se dio cuenta que no estaba durmiendo.

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Perdónenme cualquier error que haya en el texto, en su momento volveré a editarlo si hace falta.

Fernanda

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Disparidad 5

Algo corto, antes de traerles un relato que ya he terminado y debo transcribir. Por ahora me retiro del mercado del romance, hace demasiado daño. 

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Hoy por vez primera fui consciente de tu ausencia. Una verdadera, porque ya llevábamos muchísimo tiempo sin vernos y otro tanto sin escribirnos. Pero esta noche con tu ausencia me refiero a la idea de que tú ya no te paseas por los jardines de mi mente tan a menudo como  solías hacerlo. Antaño permanecías perenne  en mi consciente. Tu sonrisa todavía me hacía reír en vez de sacarme lágrimas amargas.  Aún en ese entonces podía recuperar el tacto de tus manos rozándome con disimulo, yo presta a tus acciones, deleitándome con tu compañía. Ahora mi subconsciente trata  de rescatar la imagen de tus adorables ojos observándome con cariño, pero mi consciente o demasiado distraído u ocupado o indiferente. Mi consciente ya no quiere tener tiempo para  pensar en ti. Y cada vez son más esporádicas tus visitas, y tus rasgos se desdibujan perdiéndose en mi memoria, condenados a ser más una sensación que un hecho concebido. ¿Qué pasó? El encanto no sobrevivió lo suficiente como para mantener nuestra unidad. Y cuánto que ansié tu compañía y te lloré en silencio por tenerte lejos; tú pavoneándote en lo recóndito de mi cerebro. Ahora das pasos torpes y callados, tu presencia apenas es un insulso eco en la lejanía. Y lo que carcome mi consciente en este preciso instante es darme cuenta que tu débil existencia no me está doliendo, que me estoy entregando a la idea de no pensarte ni anhelarte; que estoy permitiendo que el tiempo te vuelva una visión borrosa de la que quizá, muy inevitable y pronto, desaparecerá por completo.

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