Archivo de la etiqueta: Historia corta

Disparidades 2

Otra versión. Tan mínimos que no llegan a estar completos por sí solos. Si bien no tienen un tema que los concentre a todos.

 

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Hay maldad en tus ojos porque el sufrimiento se regocija cercando tu alma. Te has vuelto oscuro, distante. Te has vuelto insensible, invisible. Te has muerto. Quieres matar para intentar sentir. Anhelas alejarlos de lo terrenal para encontrarte mejor que ellos. Pero el dolor sigue cercenando tu alma. La maldad oscurece tu iris.  Matas, pero tus ojos no aclaran. ¡¿Por qué?! No funciona, para nada. Asesinar no traerá de nuevo la vida que perdiste cuando los perdiste. Matar no es alquimia. Mientras lo haces, sólo sigues asesinándote. Enterrándote. Desapareciendo.

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Los gobiernos precisan mantener a sus pueblos ignorantes, entretenidos y sutilmente sometidos para seguir teniendo éxito como las franquicias que son. Nos silencian porque la palabra precede a la acción. Imagínese usted, que se hable de la más mínima verdad a flote. Un atisbo de realidad brindado a las sumisas comunidades y el pandemónium se alzará en menos de lo que cree, para aplastarles y derrocarles.

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Búsqueda constante, es su necesidad. El aire se tinta con conocimiento y entra a sus pulmones, purificándolos, placentero. El errante respira con calma y expira siendo ya más sabio. Muchos son los caminos que ha trotado, y las líneas de los recorridos avanzados han quedado para los que vienen detrás. Aún así; ay, cuántos senderos más le quedan por marcar. Cuántas respiraciones más. Ser   un sabio, conocerse un ignorante curioso y ávido de oxígeno. Un errante sin casa, pero muchos hogares. Un errante con millares de pertenencias, tanto físicas como mentales. Un errante que nos haga sabios sabiéndonos ignorantes.

 

 

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Perdón por la falta de rutina en mis publicaciones. Soy una escritora dispersa. Algún día encontraré la disciplina.

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Fuera, Dentro

El sonido del timbre generó eco entre las paredes aledañas. Fuera, la oscuridad reclamaba poderío, inundando con tenebrosa y elegante bruma todo a su alrededor. Esperaba incansable, perseverando por un único objetivo. Dentro, Geraldine se escondió entre sus sábanas, envolviéndose, arrullándose mudamente. Permanecía en silencio, tiritando tanto por miedo como por frío, alerta a cualquier sonido que viajase hasta sus oídos. Se escuchó el estruendoso timbre por segunda vez. Ella casi pudo jurar, con sus ojos tan abiertos como platos, que la noche se había vuelto más oscura… más tenebrosa.

Fuera, esperaba sin molesta, no le incomodaba. Si Geraldine le abría o no la puerta era mucho menos que un inconveniente, un ínfimo detalle. Las circunstancias estaban relegadas a segundo plano; llegaría allí dentro, de una manera u otra.

Una ráfaga de viento golpeó contra la ventana que daba a la habitación de Geraldine. Ululó, como un fantasma, y el rumoreo se disipó con lentitud.  El frío disputaba reinado con la oscuridad. Los días otoñales sucumbían ante los inviernos venideros. Morían, caían las hojas, tambaleantes, silenciosas, creando bellas alfombras que serían remplazadas luego por largas estelas de nieve.

Geraldine tuvo que contener un quejido que por poco le delató. Deseó que fuese de día. Ah, cuanto  si lo quiso, pero el tiempo no respondería a sus plegarias. Se hallaba tan estático como ella se encontraba, tratando de reducir sus movimientos  a la más indispensable respiración. Esperó, ilusa, creyendo que se había ido, cuando el timbre resonó nuevamente, acompañado de tres golpes a la madera de la puerta.

Fuera, su oscuridad era incluso más pétrea que la de la noche misma. Dentro, Geraldine  se escondía entre sábanas esperando su partida. Aterrada, imaginaba  una monstruosa sonrisa en una cabeza sin cara. Su respiración, su acelerado palpitar, y el ulular del viento, los únicos sonidos que  sus  oídos alcanzaban a captar.  El tiempo le aprisionaba como una pesada manta imposible de apartar, los segundos incluso siendo una tortuosa eternidad. No había manera en que pudiese contar el tiempo, pues quizá lo haría muy rápido, o muy lento. Tuvo que limitarse a esperar… a rogar por la partida.

Todo tan quieto. Las hojas cesando su caída. El viento deteniendo sus soplidos. Todos dormidos, quietos, encantados.

Y sólo un ruido que le caló los huesos y le heló la sangre y le detuvo el corazón.

El sonido de una puerta abriéndose  con lentitud.

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Jack

Jack

Una bruja camina con escoba en mano. El zombi baila en vez de tambalearse. El vampiro, aún de día, transitando las calles sin prisa. Bajo el cielo, todavía de azul claro con pequeñísimos tintes de naranja y rosado, las almas deambulan, físicas, esplendorosas. Seres que salen sólo un día al año para recolectar alimento, elixir de diversión.  Allá va el monstruo de Frankenstein , sin una horda furiosa que le persiga. Una momia sin sarcófago se aproxima a cada casa y toca el timbre, recibiendo como respuesta un jugoso cúmulo de confites que alimentarán luego su supuesto organismo descompuesto.

Jack los observa desde el ático de una casa olvidada por todos, abandonada por el tiempo. Jack, como ellos, sale una sola vez al año, su recolecta siendo diferente a la de los demás. Se regocija viéndolos, si bien le generan asco. Todos tan verdaderamente falsos, teniendo que adaptarse a apariencias ficticias por una cándida, deliciosa remuneración. ¡Cuán absurdo! Piensa molestándose por la existencia de monstruos indefensos. Cuánto, cuánto quisiera… No no, aún es temprano, apenas si el cielo se tinta todo de naranja con parches morados, rosados… No, la paciencia es una virtud.

Decide esperar; ansioso, inquieto.

Un pirata con espada sin filo. Un fantasma con pies y manos, y una sábana manchada con salsa de tomate. La muerte, con hoz de cartón y bolsa en forma de calabaza. Jack no puede dejar de subir y bajar la pierna, movida por desespero insistente; que fluye, que crece. Hay un espantapájaros moviéndose; ¡Que se mueve!, con relleno de carne y hueso en vez de heno. Agh, verles tan cerca, recolectando dulces como si su vida dependiese de ello. Ya casi… ya casi llega el tinte oscuro para el cielo.

Desde fuera llegan los gritos de éxtasis. Risas ensordecedoras, cantares que estremecen. Grandes y pequeños monstruos se mueven de un lado a otro alimentando su frenesí, avivando su excitación. Pasan los carros, los conductores apretando las bocinas como un absurdo signo de celebración.

El Halloween vuelve a la gente tan estúpida; se mofa, levantándose de la silla que habitaba. Viendo cómo los rayos de sol se extinguen detrás de las más altas edificaciones en el horizonte. Un escalofrío de emoción le recorre; y, sonriendo, se aparta de la recóndita ventana, apostando a salir de aquella construcción relegada por la consumista sociedad.

Con cada paso que da, la madera cruje bajo sus pies. Jack, avanzando con parsimonia, como personaje estelar de importante y renombrada obra. Empieza a bajar las escaleras, una mano en la débil baranda, otra escondida en el bolsillo de su pantalón con pliegue. Sus pies se apoyan fuertemente en la superficie, casi golpeándola; las escaleras y el suelo adolorido, sin reparar en sus rechinantes gritos de dolor. Jack piensa que hacen juego con los gritos de júbilo provenientes del exterior. Gritos, gritos, gritos. Su mente no soporta la emoción.

Unos cuantos pasos más…. Y la puerta rechina al mover él la oxidada perilla. Nunca usa la salida principal, nunca, salvo ese día, en donde la gente está demasiado distraída como para notar que una vieja, deplorable casa está siendo habitada. La puerta chilla en agonía al ser movida, estridente, inapagable. Jack sale en pos de una ovación que le ignore, y descubre que todo ser, distraído, no se percata de su inclusión en la revuelta. Sonríe; extasiado, y se coloca un gorro de copa baja antes de salir por completo.

Esa noche Jack va disfrazado de sí mismo.

Fuera, el olor a calabaza inunda todo el suburbio. Se entremezcla dulce  con la amargura del viento frío, y recorre las calles; indecoroso, deseoso de que todos le presientan. Las hojas, absurdamente cálidas, esplendorosamente muertas, caen; se acumulan, crujen sin dolor bajo la pisada de los falsos entes. Ah, el otoño, tan hermoso, anunciando sin sutilezas la fatídica llegada del invierno. Extasiado por la belleza cadavérica del otoño, Jack camina confiado entre la multitud. Observando, escogiendo. Detalla a los monstruos más altos. A los pequeños aún ha de darles años. Líneas divertidas se curvan a ambos lados de su boca. Sonríe, entretenido, empuñando la mano que lleva oculta en el pantalón.

Los grandes tienen mejores detalles. Resultan más grotescos, generan más morbo; y aunque falsos, los más grandes tienen ya esa esencia monstruosa de lo que es un ser humano. El corazón de Jack late con fuerza; cual tambor, empieza a marcar un ritmo dinámico que acompaña la escogencia de aquella noche. ¿Macho o hembra? Deleitando su vista entre monstruos de pantano, muertes, vampiros… va escogiendo. Preferiblemente algo llamativo, algo que pueda ser público. Para seguir el intervalo de los años que precedieron a ese,  es favorable que sea una fémina la persona digna de su atención.

Se mezcla entre la multitud que se ha ido formando. Observa, deseoso de que sus ojos logren enamorarse de algo que capten. Vampiras, brujas, gatas, doctoras, seres provistos de alas que no alzan vuelo. Zombies, fantasmas, bailarinas, magas… Y oh, para el éxtasis póstumo de un ya excitado  Jack, la visión de una novia del monstruo de Frankenstein que, ah delicia, se acerca a él por acción de la masa de monstruos icónicos. Ay, si es adoración fatal lo que con adrenalina recorre su cuerpo, casi si puede sentir el olor a óxido viajando a través de sus fosas nasales. Aún no, ¡Aún no! Se contiene, asumiendo la tarea de entrar en calma, una no más que aparente, enmascarada.

La ve acercarse, con su cabellera negra en dirección al cielo; absorta, ignorante de la penetrante mirada  que recorre indecorosamente todo su cuerpo. Jack empuña más su mano, inconsciente del dolor que causaría aquello a cualquier otro ser humano; la aprieta como si con eso calmase instintos inferiores. El tumulto de gente la trae, Ella desinteresada, sometida a su papel de muerta viviente. Avanza de frente, se aleja, camina a la derecha y a la izquierda, guiada por el movimiento de los demás monstruos. El  bullicio se aplaca por un ambiente de ensueño que le envuelve; y la ve, y se ve, conllevados a un vals. Que sólo él, que sólo Jack sabe que convertirá, ay, ya casi, ya pronto, en una estruendosa sonata que culmina con abrupto final. Y Ella, oh, Ella, tan novia, tan muerta viva, tan viva. Tan pronta a muerta.

La música de baile revive, la calle se inunda. Los personajes revolotean, todos pegados, tan asquerosamente juntos. Perfectamente dispuestos para que Jack ateste su golpe. La gente los separa, pero, ay, que importa, su aroma a otoños antiguos vive ya en su memoria. Avanza, cual amante, no ha perdido su rumbo, sabe su destino. Allí la ve, Ella, su juguete efímero, sigue allí; casi dándole la espalda. Casi de lado. Ella, disfrutando, la novia aún en su papel; tal vez esperando la llegada de un falso monstruo de Frankenstein. Ah, tan cerca ya, que puede ver la suculenta yugular palpitando cargada por el esfuerzo del baile repentino.

La mano relajada avanza hacia la cadera. La empuñada se abre, coge el cuchillo y se lanza, emocionada.

Un alarido que irrumpe la música. Que casi la obliga a detenerse. Todo monstruo se detiene; y busca, conmocionado, el origen del desgarrador grito, naciente de un cuello que hace menos de un segundo hacía sido atravesado por una hoja cortante. Ella, la novia; caída en el suelo, convulsionando cual pez fuera del agua. Al alarido le hacen eco algunos de la multitud, mientras incautos, ven a Ella derramar sangre de sus labios y de la ahora boca que reside en su cuello. Su grisáceo de muerte se ve tintado por el carmín. Pronto su verdadera piel tendrá el mismo color que su maquillaje.

Algunos se quedan viéndole  en trance, en shock, en completa admiración. Otros corren, espantados, todo entre gritos de angustia y horror.

La imagen que Jack observa desde lo alto de la casa abandonada es una escena de aquél mismo pandemónium que atraviesa todo su cuerpo, moviéndose por sus venas. Nadie le vio, sonríe encantado, temblando, sabiendo que la atención no está en más que en el escarlata regándose en el concreto. Observa que ella ha dejado de luchar por aire y ríe, sólo lo suficiente como para que las paredes alcancen a hacer un eco ahogado.

Jack se sienta en el borde de una cama ajada por el tiempo y enciende el celular que robó hace un rato, del bolsillo de un descuidado mago.

– Línea de emergencia – suena la voz cacofónica. A Jack lo recorre un espasmo placentero, y dice, entre controlables carcajadas.

– Jack les ha dejado un nuevo regalo de Halloween, compañeros.

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Disparidades

He de aclarar antes de dar paso a los cortos. Tales relatos no poseen relación alguna y son publicados en un mismo post sólo por la característica de ser disparidades y por la intención de mantener un flujo simple entre las publicaciones. Entiéndase  ‘un post para una única frase no es adecuado según mi psicótica manera de ser’. Sin más les dejo leer.

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Sonata de la Muerte

¿Es la música la más bella de todas las artes? Preferiría llamarle sublime, imponente, arrasadora… encantadoramente destructora.

 

Comienza su anuncio, el suave trinar de una oscura arpa. Un sonido leve, soberbio, casi inaudible para tus oídos; pero logra adentrarse en tu ser, embistiéndote con su elegancia. Sabes lo que ha de venir, y tu antes valiente corazón ahora palpita como un temeroso y ansioso ritmo de batería. Le sientes en ti, aunque no quieras.

¿Qué es eso? ¿Has imaginado aquél excepcional tecleo de piano? No, el sonido es decidido, fuerte, inafectable. Un piano sombrío que, incómodamente, se empecina a hacer de ti un mar de temblores. ¡Oh, querido piano! ¿Por qué ha de ser su fruto un maquiavélico rumor que logra ponerte nervioso? Tiemblas. Escalofríos son, los que se debaten por el control de tus únicos movimientos. Y tu tez, ahora tan pulcra cual porcelana, se eriza, cuando percibes el sinuoso gemir de un violín triste. Son suaves sus quejidos ¿Por qué? ¿Por qué está triste el violín? ¿Sabe acaso de un futuro que tú sólo llegas a suponer?

El arpa sigue allí, poco latente. Escondida, cobarde, ahora menos audible. Era ella la que menos desasosiego te daba, ¿Por qué quiere irse entonces? ¿Por qué ha de dejarte solo?

La batería retumba con más fuerza que antes. ¿Un crescendo, lo que atinas a oír? ¡Sí que lo es! Aunque todo sube con  lentitud, en contraste al sol poniente que se pierde en las montañas. Aquel no es estrella de la noche. Aquel no quiere ser testigo de la obra.

Están intentando asustarte ¡Y lo están logrando! La batería te aturde, el piano te intimida, el violín te atormenta, ¡¿Por qué?! ¡¿Qué quieren de ti?!

¡No es justo! ¡Que te dejen en paz! ¡Que paren! ¡Quieres que se detengan! ¡YA!

Estás aterrado. Quieres huir. Quieres esconderte, pero no puedes. Sabes que no puedes, porque incluso en la oscuridad ellos pueden verte. Entonces te dejas caer, acurrucándote, pidiéndole con voz trémula al invisible intérprete que te deje en paz. Quieres que se acabe. Ansías que el crescendo termine. No soportas la melodiosa pero macabra pieza…

 

…Que es cada vez más fuerte. Más rápida. Más desesperante. Alta, más alta ¡MÁS ALTA!…

 

¡LA TROMPETA! ¡LA TROMPETA SUENA! La sientes estallar en tus oídos. ¡No soportas el dolor! Crees que la esporádica, ruidosa trompeta, te ha roto los tímpanos. Y te das cuenta que ya no escuchas sonido alguno, ni siquiera el de tu propio palpitar. ¿Te ha dejado sordo la trompeta o la música, incluido el ritmo de tu corazón asustado, ha sido absorbida por la oscuridad?…

Y le ves. Y quisieses no haberlo hecho.

Allí está, su traje, tan oscuro y misterioso como el universo, ondeando levemente al viento, fundiéndose con la trágica noche. Ahora tampoco sientes tu corazón. No, no puede ser verdad. La esquelética mano que blande una esbelta hoz no puede ser real.

Pero sabes que si lo es. Eres, esa noche, protagonista de su cosecha.

¡¿Lo has oído?! ¡Es el violín, de nuevo!, y llora, llora desconsolado, desgarradoramente agonizante, llora con rapidez, con furia, cuando el misterioso traje se acerca a ti. ¿Ha salido un ruido de tu boca? ¿Un grito que se disuelve en el llanto de la cuerda? Sí, ¡SI HAS GRITADO! porque vuelves a escuchar al piano burlarse de ti. Porque el arpa suena encantada para el traje. Porque la batería marca tu fin.

 

Gritas nuevamente. Gritos llenos de terror, porque, mientras vez la hoz empezar su trayecto, te das cuenta que has escuchado la sonata de la muerte.

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