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Azul

Sabes…

Aún, a veces, te sueño.

Estamos en ese espacio azul tan nuestro, desprovisto de objetos y nimiedades, salvo un desprolijo colchón perenne raído por los años de su existencia; la espuma y el alambre asomándose desde su interior, planeando un escape. Te veo ahí, recostada, ¡Ay! Todavía tan mía, con tu rostro que recuerdo tan rubicundo, oculto bajo los rizos chocolate de tu cabello. Bastaba tan solo imaginarte para desearte completa. Con tus sonrisas y jocosas carcajadas. Con tus muecas e incontenibles llantos.  Con la llanura de tu abdomen y lo largo de tus piernas. Con esa luz cálida y vivaz de tu ser. Con la degustable delicadeza de tú completa.

Me acerco a tu lado, recreando lo cándido de tu ser desnudo. Me tiembla la mano, excitado y ansioso, imaginando esa temperatura  indiscutiblemente tuya, amigablemente cálida,  embriagadora y pasionalmente dolorosa…

 ¡AHH!

Si tan sólo tuvieses la oportunidad de sentir mi horror al rozarte con mis yemas y comprenderte fría.

Fría, fría, fría. ¡Tú, fría!

Apoyándome en ti con más fuerza, suplicando a un dios en el que antes no creía, que esa sensación desalentadora no hubiese sido más que un escalofrío de excitación. Pero no, no. La nefasta realidad es que eres tú, azul y sin aura.

Ya no puedo evitar que mis ojos se nublen por lágrimas espantosamente saladas mientras que procuro, con manos presas de fuertes temblores, descubrir tu ovalado rostro de entre las fibras chocolate. Allí está tu cara, tu cuerpo; pero ya no estás tú. Ese delicado y alargado cuello que tantas veces había acariciado y besado yo con pasión se ve ahora truculento, tormentosamente rojo, morado y azul. Verte a los ojos, ya tan fuera de ti, hizo en ese momento que muriese yo también.

Con tus ojos vacíos, enrojecidos por la presión; y un antiguo llanto lejano que se perdió en el mismo instante en que el último aliento de vida se escapó de tus delgados labios; ahora secos, rotos, hinchados y azules, muy azules. Tan azul todo que creo ver tus ojos tintándose de ese color de angustiante tranquilidad.

Ellos, antes tan llenos de café, enmarcados ahora por circundantes líneas del tono del mar abismal, un macabro azul que te hace verme sin vida y con; yo me imagino, una sutil pero inconfundible mirada llena de acusación. La última mirada que me dedicas, antes de yo apresurarme a cerrar tus párpados.

 

No lo soporto. No te soporto. No te soporté.

 

Y despierto.

Y estoy  en un espacio que no es el nuestro. Éste es ya un amarillo curtido, de un curioso mullido que ya no es acolchonado, pero sigue siendo inestable, multiforme. Comprendo que solía ser blanco,  lo he visto antes, cada vez que despierto… pero el tiempo lo ha desgastado, como a nuestra habitación.

Me siento somnoliento y entumido. Me duelen los brazos, como si tuviese resquicios del malestar que produce una abeja al enterrarte su desasosegante aguijón. Quiero estirar mis brazos, mi todo, y no puedo ¡No puedo! Un camisón envuelve mis brazos, enviándolos detrás de mi cuerpo; forzándolos, debilitándolos. Estoy mareado y el pensamiento de tu cuello magullado martilla en lo recóndito de mi mente.

Quiero preguntar dónde estoy, aunque lo sé. Quiero saber si alguien puede escucharme, porque sé que sí me observan. Quiero preguntar por qué. Por qué…

Pero mi voz, ahora ronca y desgastada, sólo atina a decir

 

Azul…Azul…Azul.

 

 

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Sonata de la Muerte

¿Es la música la más bella de todas las artes? Preferiría llamarle sublime, imponente, arrasadora… encantadoramente destructora.

 

Comienza su anuncio, el suave trinar de una oscura arpa. Un sonido leve, soberbio, casi inaudible para tus oídos; pero logra adentrarse en tu ser, embistiéndote con su elegancia. Sabes lo que ha de venir, y tu antes valiente corazón ahora palpita como un temeroso y ansioso ritmo de batería. Le sientes en ti, aunque no quieras.

¿Qué es eso? ¿Has imaginado aquél excepcional tecleo de piano? No, el sonido es decidido, fuerte, inafectable. Un piano sombrío que, incómodamente, se empecina a hacer de ti un mar de temblores. ¡Oh, querido piano! ¿Por qué ha de ser su fruto un maquiavélico rumor que logra ponerte nervioso? Tiemblas. Escalofríos son, los que se debaten por el control de tus únicos movimientos. Y tu tez, ahora tan pulcra cual porcelana, se eriza, cuando percibes el sinuoso gemir de un violín triste. Son suaves sus quejidos ¿Por qué? ¿Por qué está triste el violín? ¿Sabe acaso de un futuro que tú sólo llegas a suponer?

El arpa sigue allí, poco latente. Escondida, cobarde, ahora menos audible. Era ella la que menos desasosiego te daba, ¿Por qué quiere irse entonces? ¿Por qué ha de dejarte solo?

La batería retumba con más fuerza que antes. ¿Un crescendo, lo que atinas a oír? ¡Sí que lo es! Aunque todo sube con  lentitud, en contraste al sol poniente que se pierde en las montañas. Aquel no es estrella de la noche. Aquel no quiere ser testigo de la obra.

Están intentando asustarte ¡Y lo están logrando! La batería te aturde, el piano te intimida, el violín te atormenta, ¡¿Por qué?! ¡¿Qué quieren de ti?!

¡No es justo! ¡Que te dejen en paz! ¡Que paren! ¡Quieres que se detengan! ¡YA!

Estás aterrado. Quieres huir. Quieres esconderte, pero no puedes. Sabes que no puedes, porque incluso en la oscuridad ellos pueden verte. Entonces te dejas caer, acurrucándote, pidiéndole con voz trémula al invisible intérprete que te deje en paz. Quieres que se acabe. Ansías que el crescendo termine. No soportas la melodiosa pero macabra pieza…

 

…Que es cada vez más fuerte. Más rápida. Más desesperante. Alta, más alta ¡MÁS ALTA!…

 

¡LA TROMPETA! ¡LA TROMPETA SUENA! La sientes estallar en tus oídos. ¡No soportas el dolor! Crees que la esporádica, ruidosa trompeta, te ha roto los tímpanos. Y te das cuenta que ya no escuchas sonido alguno, ni siquiera el de tu propio palpitar. ¿Te ha dejado sordo la trompeta o la música, incluido el ritmo de tu corazón asustado, ha sido absorbida por la oscuridad?…

Y le ves. Y quisieses no haberlo hecho.

Allí está, su traje, tan oscuro y misterioso como el universo, ondeando levemente al viento, fundiéndose con la trágica noche. Ahora tampoco sientes tu corazón. No, no puede ser verdad. La esquelética mano que blande una esbelta hoz no puede ser real.

Pero sabes que si lo es. Eres, esa noche, protagonista de su cosecha.

¡¿Lo has oído?! ¡Es el violín, de nuevo!, y llora, llora desconsolado, desgarradoramente agonizante, llora con rapidez, con furia, cuando el misterioso traje se acerca a ti. ¿Ha salido un ruido de tu boca? ¿Un grito que se disuelve en el llanto de la cuerda? Sí, ¡SI HAS GRITADO! porque vuelves a escuchar al piano burlarse de ti. Porque el arpa suena encantada para el traje. Porque la batería marca tu fin.

 

Gritas nuevamente. Gritos llenos de terror, porque, mientras vez la hoz empezar su trayecto, te das cuenta que has escuchado la sonata de la muerte.

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Recuerdos

La tenue luz amarilla de una pequeña lámpara se posaba con sutileza sobre una cara de gesto impasible que surgía de la oscuridad de la habitación. Un par de ojos, tan verdes como esmeraldas, observaban sin ver realmente los dos diminutos baúles de carne y hueso, tan llenos de vacío, que reposaban con inquietante placidez sobre un tapete que iba recibiendo un nuevo tinte de color escarlata, que levemente se tornaba marrón.

Un escalofrío recorrió su cuerpo. No podía determinar con certeza si había sido resultado del gélido ambiente que se respiraba en la habitación… o si era quizá… sólo quizá, producto de un origen mucho más macabro, que ahora marcaba su mente con perversos pensamientos. Los cuerpos llevaban allí un buen tiempo, al menos lo suficiente para que la temperatura normal se despojara de ellos y ahora fuese el frío de la noche quien los llenase.

Su mente reproducía tantas imágenes en su cabeza que poco podía verlas con detalle. Sabía lo que había hecho; completamente seguro de lo que en aquella habitación había sucedido no era más que obra suya. Sin embargo, no lograba comprender qué lo había movido para cometer tal acto, aunque éste le llenase de una asquerosa adrenalina que hallaba terroríficamente… asombrosa.

El ruido de la calle hizo entonces eco en sus oídos, despertándole de su ensoñación. Se levantó sin afán del sillón, caminando con parsimonia hacia la ventana, donde el resplandor de la luna se filtraba entre las vaporosas cortinas.  Dirijo entonces su mirada a las calles de la ciudad, viendo pintorescos personajes transitar con total tranquilidad por las aceras del lugar, en su caminar se les veía que tenían la seguridad de que estaban y seguirían vivos. Les envidiaba tanto. Tan llenos de vida, transitando algunos despreocupados las avenidas de la ciudad, totalmente ignorantes de los secretos que se habían dado a cabo aquella velada.

Leves tintineos empezaron a sonar dentro de la casa. Un teléfono en la esquina de la habitación vibraba levemente sobre una mesita de madera.

Rayos, no debía ser tan pronto

Dejó el aparato sonar, su cara buscando el satélite terrestre que tanto le deleitaba observar. Allí estaba, la luna, en todo su esplendor, con esa belleza tan enigmática que aquel día se complementaba con un rojo sangre adornando su superficie, volviéndola más magnífica de lo que él ya creía que era. Esa noche la luna era de él, sólo para él.

El teléfono dejó de repicar cuando su cuerpo dio la vuelta y empezó a caminar, fuera de la habitación. Sus pasos eran precisos, casi mecánicos, como si se hallase en un trance que ahora le movía fuera de aquella casa a la que jamás podría volver.

Salió a la calle, confundiendo su apariencia entre las aún ajetreadas aceras y ruidosas avenidas de la jungla de concreto. Necesitaba desaparecer, para convertir aquella noche en una memoria que nunca alguien podría recordar…

Ni siquiera él.

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