Archivo de la etiqueta: Relato Corto

Primavera

Estoy comenzando un nuevo proyecto, que espero tome mucha parte de mi alma, tal vez perderme en el proceso.
El libro de las almas, ejercicios literarios y de ilustración. Las ilustraciones luego, que me toman más tiempo (já). Crearé un blog aparte para el conjunto, pero tranquilos, que seguiré subiendo todo por aquí, también.

♦♦♦

Ella volvía cuando llegaba la primavera. A lo mejor era ella, incluso, quien hacía que las semillas retoñaran y brotaran los colores propios de su aura encantada. Qué digo, a lo sumo era sólo mi percepción, viéndome hipnotizado por sus formas y danzares, tan prestos a la alegría. Já, en ocasiones lograba que mi invierno mental se convirtiera en un jardín de delicias; suculentas, decía ella, eran sus plantas preferidas. Brotaban y brotaban. Yo la veía brotar a ella con su energizante risa y cálida sonrisa, abono de sus queridas.

La veía siempre envuelta en sus flores, los vestidos, las faldas, sus collares, sus fragancias. Ella misma era una flor, delicada y llamativa; una  exótica orquídea multicolor alzándose ante mí y llenando todo cuanto había con su esplendor. De entre todas sus flores del jardín era ella la más hermosa, magnífica rosa silvestre que me atraía con sus juegos risueños, su polen envolvente y embriagante. La observaba con detenimiento, muy a menudo. Sin querer tocarla, no pretendía nunca arrancarla de su mundo.

Era una flor, al fin y al cabo, y una flor desprovista de su tierra es una flor que se muere por defecto de ausencia. Así que la dejaba ser; la dejaba partir cada que quería porque a fin de cuentas sólo así se sentía ella bella, y yo la amaba por ser lo que era. Igualmente, la vería de nuevo. Luego, me prometía.

Ella se iba cada que el otoño se asomaba a su fuero. No soportaba el frío, me decía, y ver las hojas caer, ya muertas, hacía de ella una desdichada, nada qué ver con su colorida alma.
Así que yo simplemente esperaba por ella.

Estaba ya acostumbrado al frío inclemente de la solitaria nieve, al calor artificial de una fogata en soledad. Se me pasaban los días contando las horas, viendo cómo, tímidamente, los brotes surgían verdes de entre los blancos manteles del suelo. Y así ella iba volviendo, dejando de lado su huraño proceder ante el invierno. Volvía de nuevo, espléndida y renovada, cada vez más llamativa y hermosa.

Pero hubo una vez, un invierno, en el que llamó. Y vi cómo los brotes se marchitaban y volvían a ser encapsulados entre copos de nieve.
Nuevos aires, había dicho. Nuevos mundos en los que la primavera era permanente. Con gente más alegre. Con otras plantas tropicales, exóticas, silvestres. Nuevo todo. Yo ya no encajaba en su jardín.

Ese final estoico de invierno, me di cuenta de que me había vuelto alérgico a las flores.

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Disparidad

Una sola que surgió sin ser llamada, pero tal vez a tiempo.

Y entre esta  timidez digo que… bien sé que no fue amor, ¿cómo podría? Pero si las casualidades hubiesen sido diferentes… tal vez, sólo tal vez, lo habría sido.

♦♦♦

♦ A veces empiezo a escribir sin saber con certeza lo que quiero plasmar sobre mis folios. En meses pasados, las palabras fluían rápidas y enamoradizas, encantadas por la idea de tenerte cerca, de llegar a ti y acariciarte entre versos y sílabas. Ahora simplemente  no estás, y el río que antes existía se ha transformado en un lago… plácido tal vez, pero inmóvil, casi muerto, como si ya no pudiesen acceder a él sentimientos de antaño que en su momento lo volvían caudaloso, exuberante; incluso en ocasiones furioso, tempestuoso, inagotable. Dolió tanto, en su momento, observar desde fuera y desde dentro cómo el lago se iba formando, matando poco a poco al río. Dolió tanto, saberte lejos, tanto que por un tiempo fueron mis ojos los que formaron riachuelos que afluían en las noches y madrugadas, desapareciendo en tardes y mañanas. Pero incluso esas corrientes saladas se agotaron después de minutos, horas, días, semanas. ¿Para qué iban a seguir? Ya apenas si tu recuerdo se animaba a quedarse a mi lado. Apenas si aparecías en voces, en recuerdos, en pequeñas partículas de otros rostros extraños. Ya ni la lluvia conmueve al lago, ya ni el estrés lo perturba, ya ni la soledad lo acongoja. Porque, aunque me rehúse a confirmarlo, creo que he decidido dejar de extrañarte. Mi todo te quiso y te añoró ya por tanto tiempo, se agotó y encogió en su tristeza de tal manera, que decidió decirse ya no más. ¿Para qué, en todo caso? No hay manera de que el alma soporte por tanto tiempo la lejanía que no es sólo lejanía sino también silencio. Un silencio que absorbió  hasta la más mínima intención de seguir luchando por algo que incluso en sueños era y es imposible. Pero no por eso he dejado de pensarte. Porque aún te pienso, a menudo te veo recorriendo los pasillos que se han vuelto callejones en mi mente, perdido, sin rumbo, porque no tienes qué más hacer allí que existir. Y perdóname que sea así, que la rudeza tinte levemente estas palabras que creía no podrían surgir, pero es que necesito sean así, necesito mantenerme firme en el propósito de sólo verte, de vez en cuando, preguntándome qué será de ti. Yo ya no quiero extrañarte, porque no lo justifica, no lo vale… añorar algo –alguien– que no va a volver. Y entonces las palabras se me vuelven a agotar, a desaparecer de mi mente, a volver a ser parte de aquel lago de donde tal vez no deberían haber salido.

♦♦♦

Y yo que creía que no estaba hecha para escribir disparidades.

Saliendo de finales, quizá pueda seguir subiendo cosas en un futuro relativamente cercano.

Hasta otra lectura, fantasmas de carne y hueso.

-Fernanda.

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Vestigios

Un corto relato. Aún no estoy de vuelta, pero paso a paso, ya veremos. Lo que sí es que extrañaba sobremanera despojarme de escribir mis nimiedades románticas y poder reanudar historias que se acumulan en mi mente. Espero les guste.

Por cierto, el título es provisional, no estoy enteramente complacida con él, aunque no creo que pueda dar con otro más adecuado.

Incluso escribiendo hablo demasiado, qué cosas…   Sigue leyendo

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Azul

Sabes…

Aún, a veces, te sueño.

Estamos en ese espacio azul tan nuestro, desprovisto de objetos y nimiedades, salvo un desprolijo colchón perenne raído por los años de su existencia; la espuma y el alambre asomándose desde su interior, planeando un escape. Te veo ahí, recostada, ¡Ay! Todavía tan mía, con tu rostro que recuerdo tan rubicundo, oculto bajo los rizos chocolate de tu cabello. Bastaba tan solo imaginarte para desearte completa. Con tus sonrisas y jocosas carcajadas. Con tus muecas e incontenibles llantos.  Con la llanura de tu abdomen y lo largo de tus piernas. Con esa luz cálida y vivaz de tu ser. Con la degustable delicadeza de tú completa.

Me acerco a tu lado, recreando lo cándido de tu ser desnudo. Me tiembla la mano, excitado y ansioso, imaginando esa temperatura  indiscutiblemente tuya, amigablemente cálida,  embriagadora y pasionalmente dolorosa…

 ¡AHH!

Si tan sólo tuvieses la oportunidad de sentir mi horror al rozarte con mis yemas y comprenderte fría.

Fría, fría, fría. ¡Tú, fría!

Apoyándome en ti con más fuerza, suplicando a un dios en el que antes no creía, que esa sensación desalentadora no hubiese sido más que un escalofrío de excitación. Pero no, no. La nefasta realidad es que eres tú, azul y sin aura.

Ya no puedo evitar que mis ojos se nublen por lágrimas espantosamente saladas mientras que procuro, con manos presas de fuertes temblores, descubrir tu ovalado rostro de entre las fibras chocolate. Allí está tu cara, tu cuerpo; pero ya no estás tú. Ese delicado y alargado cuello que tantas veces había acariciado y besado yo con pasión se ve ahora truculento, tormentosamente rojo, morado y azul. Verte a los ojos, ya tan fuera de ti, hizo en ese momento que muriese yo también.

Con tus ojos vacíos, enrojecidos por la presión; y un antiguo llanto lejano que se perdió en el mismo instante en que el último aliento de vida se escapó de tus delgados labios; ahora secos, rotos, hinchados y azules, muy azules. Tan azul todo que creo ver tus ojos tintándose de ese color de angustiante tranquilidad.

Ellos, antes tan llenos de café, enmarcados ahora por circundantes líneas del tono del mar abismal, un macabro azul que te hace verme sin vida y con; yo me imagino, una sutil pero inconfundible mirada llena de acusación. La última mirada que me dedicas, antes de yo apresurarme a cerrar tus párpados.

 

No lo soporto. No te soporto. No te soporté.

 

Y despierto.

Y estoy  en un espacio que no es el nuestro. Éste es ya un amarillo curtido, de un curioso mullido que ya no es acolchonado, pero sigue siendo inestable, multiforme. Comprendo que solía ser blanco,  lo he visto antes, cada vez que despierto… pero el tiempo lo ha desgastado, como a nuestra habitación.

Me siento somnoliento y entumido. Me duelen los brazos, como si tuviese resquicios del malestar que produce una abeja al enterrarte su desasosegante aguijón. Quiero estirar mis brazos, mi todo, y no puedo ¡No puedo! Un camisón envuelve mis brazos, enviándolos detrás de mi cuerpo; forzándolos, debilitándolos. Estoy mareado y el pensamiento de tu cuello magullado martilla en lo recóndito de mi mente.

Quiero preguntar dónde estoy, aunque lo sé. Quiero saber si alguien puede escucharme, porque sé que sí me observan. Quiero preguntar por qué. Por qué…

Pero mi voz, ahora ronca y desgastada, sólo atina a decir

 

Azul…Azul…Azul.

 

 

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Ignorado – Disparidades

En aquél entonces no podía entender cuál era la razón para que mi estómago doliera cada vez que le veía o le oía hablar cerca de mí.

En el principio; ni sabía quién era, y estoy seguro de que ella  no me determinaba. Éramos no más que minúsculas partículas de un cosmos no muy grande,  aislado el uno del otro por barreras invisibles que determinaban nuestras esencias. No sé en qué momento sucedió…exactamente… en qué instante decidió el destino  develar la venda que cubría la soledad de mi mente, y me hizo notarla. Una carcajada y el ligero gesto de agraciadas manos que escondían un rostro rubicundo, lleno por una vivaz expresión. Alegría, esa sensación que mi estúpida tragedia auto-impuesta me había negado.

Quizá, si ese día no le hubiese visto tan llena de luz en su mirada, no tendría este  vacío inexorable atravesando mi abdomen.

Desde de aquélla vez… no podía no verla. No intentar verla. El cosmos confabuló a mi favor, dejándome observarla de lejos, mientras ella, ensimismada en su mundo de colores e historias, me ignoraba por completo. Me sorprendió esa agridulce coincidencia el día que ella levantó su mirada y sus pupilas se conectaron con las mías; por no más que un segundo,  para luego volver a su mini universo. Tal vez ni me había visto en realidad,  tan  sólo había descansado sus ojos del mundo de la lectura en el que la veía absorta tan a menudo.

Había sido, sin embargo, suficiente para que el hueco de mi estómago se hiciese más fuerte, más hondo.

Para que el tiempo me hiciese comprender luego, que me dolía porque, con su sonrisa y cantarina risa, me había hecho necesitarla… mientras ella seguía sin dirigirme una sola palabra.

Llevo mucho tiempo sin escribir y me siento pésimo al respecto.Muy oxidada, pero lo que vale es el intento.

Bonita noche a los lectores fantasmas, y a los de carne y hueso, también.

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