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Luces Amarillas

Noches, fantasmas.
Hoy con dos cositas que surgen de pasear por las calles en la noche. Ilustración rápida incluida, espero sea de su agrado.
Me disculpo por cualquier error gramatical o de redacción, el tedio no me permite revisar de nuevo estos textos nocturnos.
A leer, pues.

LucesAmarillas

♦♦♦

Me cautivan // Con su silencio me ensordecen // Me pierdo en sus obras callejeras // Y veo gente // ¿Son ésas máscaras impregnadas de amarillos naranjados? // ¿Son desnudos desprevenidos por los tintes dorados? // Son fantasmas, almas en pena sobre una tierra fría pero morena // Y trastornan // Y desenfrenan // Y enamoran // ¿Son ellas luces o son ellas mundos? // Estrellas confinadas en cárceles de acero sobre junglas de concreto // Que me cogen y me estrujan // Me acunan // Me acongojan // Me consuelan // Me destrozan // Alegran y entristecen, paradojas inconscientes, vigilantes latentes // Testigos de la risa y de la pena // ¿Cuándo han presenciado? // ¿Cuántas almas unificado? // ¿Cuántos cuerpos despellejado?? // Y las observo, y ellos me observan, observándolas // Y ellos juzgan, porque no entienden // ¿Pero entenderán ellas? // En un acuerdo tácito de silenciosa paz que me envuelve entera // Tal vez si bajo ellas vivo, también bajo ellas muera.

♦♦♦

Cambia la ciudad, lo he notado. Como si se abriese una puerta a una tierra desconocida en donde las cosas se tintan de cálidos y los seres se tornan volátiles, efímeros, extraños. Voy por las calles, observándolos, viendo cómo unos se pierden en los contrastes del cielo y otros, salvajes, se pierden en curvas de carne y hueso. Aprovechan que el mundo ha transmutado, decorándose, convirtiéndose en un espectáculo de luces que el sol de la mañana no puede acunar. Una realidad que desnudan faros y lámparas callejeras, acostumbrados al trajín apocalíptico de aquellos que vigilan. Son testigos de actos de vida y muerte. Espectadores que maquillan las escenas de orden y de caos. Y lo disfrutan. Se embelesan con las dinámicas que sus luces invocan. Como si el azul profundo y sus amarillas voces encontraran en oídos desprevenidos marionetas para manejar a voluntad. Van los amantes, van los rateros. Las putas, los obreros. Cobijados por una estela de energía amarilla que los drena y carga al mismo tiempo. Y mientras los observo (y las observo también a ellas, embelesado por su belleza etérea), se crea en mí un interrogante que me abarca completo. ¿Son máscaras? Porque los humanos cambian, los he visto, convirtiéndose en monstruos ávidos por trago y muerte y sexo. ¿O son ellos realidades? Que se esconden en la mañana porque las sombras que habitan el día no son lo suficientemente densas para ocultarles. Es demasiada la luz que los deslumbra; aturdiéndolos, y no están dispuestos a desnudarse expuestos ante ojos que juzgan, atentos. Los miro y me confirmo que pesa más lo segundo que lo primero, pues incluso si fuesen máscaras, serían éstas representaciones del fuero interno, que éste, ávido por manifestarse, encuentra refugio entre charcos de aceite y callejones oscuros, y estruendosos, relegados a la penumbra que les ofrecen las palpitantes luces amarillas del centro.

♦♦♦

Uno a veces no logra plasmar lo que siente. No del todo. A veces las palabras obligan a la mano a escribirlas de una manera que el cerebro ni el corazón pretenden. Qué importa, de todas formas, nunca se está del todo conforme con lo que se hace. Eso es bueno, me supongo, señal de que se sigue mejorando. O algo.

Buenas noches, a embriagarse con ideas y luces amarillas.

-Fernanda

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Un bonus

Mejor no pensar en el último interrogante, aunque irremediablemente pueda resultar cierto.

Recientemente, fantasmas del pasado me han visitado. Han llegado ligeros y tranquilos, en son de tregua, vengo sólo de paso. Los he recibido sin reparo, cordial, aunque el cariño no se asoma por entre las hendiduras, pues la nostalgia ya no adorna sus pasos. Cuánto había pasado, se me hace increíble el pensar que hubo años de por medio antes de que el contacto se hiciese concreto. Me sorprendo al encontrarme desprendida de sus recuerdos, de no vislumbrar melancolía meditabunda en mi fuero interno. Tal vez sea también porque los fantasmas no llegaron con ánimos de drama e histeria sino de entablar tertulias que otrora desvelaban mi mente. Y sin embargo, me surge un sin sabor en el alma al saber que ni para bien ni para mal estos espíritus logran causarme un cambio. ¿Han perdido ya todo su poderío? ¿O simplemente he sido yo la que ha adquirido más control? Pensar que en tiempos pasados hubo risas y sonrisas, lágrimas y llantos, generados por estos compañeros lejanos. Y entonces, mientras procuro ser cortés con un espíritu que pronto partirá de nuevo, se me crea el interrogante que empieza a interrumpirme los sueños. ¿Será que tu, también, te convertirás en un fantasma cuando llegue el momento?

Ni vale fijarme en redacción, fue algo que salió y que como esté, debe ser.

Fernanda

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Parálisis

Gente de carne y hueso, les entrego un pequeño trabajo que escribì ya hace tiempo y que habìa guardado por cosas que no sucedieron, pero que dieron paso a otras nuevas. En uel futuro verán un corto al respecto, que espero disfruten tanto como yo planeo disfrutarlo.

A leer, pues.

♦♦♦

Parálisis

El tiempo se había detenido.
Al menos, esa era la sensación que a él llegaba. No escuchaba más que el eco sordo de su circulación atravesándole las venas de sus oídos. El palpitar de su corazón, acompasado y aparentemente tranquilo, le dejaba saber que seguía vivo. Sin embargo, no sentía el ritmo propio de su respiración y no podía mover el cuerpo un solo centímetro. El frío chocaba inclemente contra su desnuda piel, desprovista del cobertor con el que se había protegido al acostarse. Con las yemas de los dedos podía sentir las fibras a un lado de su cuerpo,  tan cercanas e imposiblemente alcanzables. Sus ojos no veían sino las minúsculas alucinaciones de luz que se proyectan frente a los párpados. Estos se le hacían pesados y era incapaz de intentar abrirlos siquiera, como si, sellados por una fuerza ajena, fuesen a permanecer cerrados por siempre. Era de noche, sin duda alguna, aunque la certeza no era algo con lo que realmente pudiese contar. Pero lo intuía. El vacío inequívoco de la madrugada se cernía sobre su cuerpo paralizado por el sueño.

Nunca había experimentado el despertarse entre sueños y permanecer quieto, cual estatua, mientras esperaba que Morfeo le arrebatara de nuevo su consciente y lo transportara al mundo de las ensoñaciones. Era una sensación extraña, saberse estático y no poder mover un solo músculo a voluntad. Como si fuese un espectador ajeno a su propio cuerpo, que tampoco lograba ver en absoluto, los párpados cayendo todavía pesados sobre sus ojos. Permanente en el espacio abollonado de su cama, sin poder interactuar con su entorno… mientras su mente se mantenía activa (incluso más que de costumbre), intentando encontrar una razón de ser. Cuestionándose, preocupándose, irritándose, alterándose al no percibir nada más que la nada.

Hubo un seco ruido cerca  a él, como lo que cae y no rebota.

Se dio cuenta de que su cerebro estuvo más alerta. Susceptible al más diminuto estímulo auditivo que pudiese captar. Desde fuera llegaba a él el trinar incesante de grillos y cigarras, ávidos intérpretes de la noche y madrugada. Luego fue el ruido seco de nuevo, y cayó en cuenta  de un acelerado compás que daba comienzo en su pecho.

En él apareció la sensación de gélido pánico que se apoderaba de todo su ser, renuente a desaparecer. Habría estado temblando por el miedo si su cuerpo no se encontrara en un inexplicable coma del que le era imposible escapar. Estaba tratando de calmar su mente, de relajarse. En todo caso, sólo era la noche la que le inducía a esa experiencia absurda de terror infundado. Era la sensación de lo desconocido lo que perturbaba su mente. Todos siempre con el pánico precavido por lo que no se conoce. Trató de asignarle una razón de ser al estruendo, algo que lo hiciera menos inquietante. Tal vez alguna caja que caía, una puerta mal cerrada que chocaba contra su pórtico por obra del viento, una alimaña colándose por su casa y tirando objetos a su paso. Todo lo que le venía a la mente lo descartaba con rapidez, y la abrumadora y envolvente histeria hacía que pudiese escuchar su agitada respiración.

Y luego el vacío volvió.

Las fibras del cobertor seguían cercanas a sus yemas.  El frío todavía lo encerraba en una desasosegante burbuja. Los grillos y cigarras se habían apaciguado… y ya no podía escuchar a sus pulmones expandirse.

Nada. En absoluto.

Ciego en una noche sorda. Impotente. Intranquilo. Desprotegido.

No tuvo idea de cómo reaccionar cuando una presión nació en su cuello, aplastándole la tráquea.

El pánico regresó, abrumándolo. El horror colmándolo de inútil adrenalina. No podía moverse, maldita sea. Sentía sus brazos ardiendo, cargados de energía, luchando por ser liberados de la jodida parálisis que le dejaba en el silencio.  Sus pulmones querían gritar por él. Gritar, gritar, ¡GRITAR!  Y no podía. No podía. No podía. La presión se hacía más fuerte y presentía como iba alejándose de todo hasta incluso perderse. Pero él no quería perderse. No quería morir, no debía morir por una fuerza que, aplastándole el cuello, se sentía como un ruido seco. Como manos que tocan puertas rebotando sobre árboles secos y fríos y muertos.

Muertos como él lo estaría cuando las manos terminaran con él. Relegándolo a la pesadumbre de una comatosa inexistencia que lo estaba consumiendo, para él imposible levantarse, aunque abriera los ojos y viera a la nada misma dibujándose y desdibujándose, torturándolo con miembros invisibles que apretaban y apretaban más. Y apretaban.

Y él ya no podía más.

El salto con el que despertó casi logró sacarlo de la cama. Abrió sus ojos lo más que pudo, aunque tuvo que parpadear repetidas veces antes de que pudiese vislumbrar las formas opacas de su habitación que se escondían en la penumbra. Su corazón parecía querer salírsele del pecho, los pulmones expandían y contraían su torso a una velocidad alarmante. Cayó en cuenta de que estaba tensionando todo su cuerpo, y casi pudo imaginar cómo los nudillos se ponían blancos de la fuerza con la que estaba empuñando sus manos. Se obligó a relajarse (al menos, a intentarlo), apoyó sus pies descalzos sobre la baldosa, el frío recorriéndolo como un choque alrededor de su cuerpo entero.

Había sido sólo un sueño,  se dijo, tal vez producto del estrés y la mala alimentación.

Pero se había sentido tan real.

Creía que el shock causado por la pesadilla le dejaría alerta por el resto de la noche,  pero ya empezaba a sentir pesadez, de nuevo intentando cerrarle los párpados casi en contra de su voluntad. Su respiración comenzaba a apaciguarse, procurando calmarlo y, su corazón, al parecer exhausto por las corrientes de adrenalina,  le palpitaba con un ritmo lento, ya muy poco perceptible. Su cuerpo quería volver a dormir, reposar de nuevo, intentar conseguir verdadero descanso. Él también lo quería. Llevó su mano al celular que mantenía en la cabecera de la cama. La luz de la pantalla iluminó su rostro cansado cuando se aventuró a ver la hora. El reloj digital rezaba las tres de la madrugada. Soltó un rápido suspiro y se levantó de la cama, dirigiéndose al baño.

No solía encender la lámpara del pasillo cuando, en la noche, se despertaba y daba una visita al inodoro o a la cocina. Esta vez, sin embargo, le ganó la paranoia. Su cuerpo se había readecuado y trabajaba como de costumbre, pero su mente estaba aún trastornada por la agria sensación que le había dejado esa parálisis en su dormitar y esa terrible pesadilla. En el fondo sabía que prender un bombillo no lograría nada en contra de un ataque inminente que residía en su perturbada imaginación, pero el pequeño  –y quizás un poco ridículo– gesto le hacía sentir que podía controlar parte de la situación. Porque así creían asegurarse los humanos que tenían fuerza contra aquello que les agobiaba.

Relajó su vejiga y se lavó manos y cara con abundante agua. El frío le despertó momentáneamente, antes de sentir los párpados de nuevo pesándole y amenazando con cerrase antes de que él volviera a recostarse. Aquella escalofriante experiencia lo había dejado sumamente agotado y él ni siquiera había movido un músculo.

Salió del baño, apagando la luz y cerrando la puerta rápidamente. Miró hacia la oscuridad que conllevaba a la cocina. Se preguntó si era más el miedo o el hambre lo que controlaría sus acciones, y se encontró a sí mismo caminando apresuradamente  hacia su habitación. Tres de la mañana, dentro de poco tendría tiempo para comer. Y se daba cuenta que en realidad necesitaba descansar.

Apagó la lámpara del pasillo y de nuevo su hogar se sumió en la oscuridad.

Por entre la ventana se filtraba un poco de la luz que provenía de la calle. Las cortinas eran opacas y la manera en la que colgaban le hacía creer que eran seres esperando a que se durmiera para poder atacarlo. Sacudió la cabeza y se tiró a la cama con premura, envolviéndose entre las sábanas. Era mejor que se obligara a dormir antes de que empezara a perturbarse con cualquier sombra extraña que se erigiera en su cuarto.

Las sábanas ya estaban frías –frescas, por lo menos– cuando se cubrió con ellas. Por lo común, su casa mantenía una temperatura ambiente considerablemente agradable, un clima templado que hacía todo más cómodo, más suyo. Ahora tal vez era producto de sus nervios, pero sentía como si sobre él se levantase una nube de congelante quietud.

Quizá pecaba por tener demasiada imaginación después de recibir esa clase de estímulos. Tal vez era momento de desconectar su cerebro. Debía intentarlo al menos.

Pero ya no podía.

La pesadez de sus párpados estaba desvaneciéndose progresivamente, como sucede luego de que el cuerpo se ha acostumbrado a estar despierto. No le agradaba el que su mente estuviese discutiendo entre dos motivaciones. Su intención de dormir –que se volvía cada vez más débil, más lejana–  y su objetivo de permanecer alerta a cualquier movimiento o ruido cerca  a él. No le cabía en la cabeza el estar ahora tan despierto después de todo por lo que había estado pasando durante esa velada. Ni cuando quería mantenerse despierto podía conseguir la energía que nacía en él. Se estiró entre las cobijas, apoyándose sobre su espalda completamente. Exhaló irritado. Cuán exasperante era no poder conciliar el sueño. No poder descansar a gusto.
No poder respirar siquiera.

Más que la presión que volvía a aplastarle el cuello, lo que le sorprendió fue encontrarse de nuevo en el mundo de los sueños. No era como si esperara darse cuenta de cuándo había caído de nuevo dormido (nadie se daba cuenta, en todo caso), pero sí se le hacía extraño saberse dormitando. Quién sabe… quizá nunca había abandonado su dormitar y sólo era su inconsciente el que le estaba jugando muy suciamente.

El terror sí volvió, aunque en menor medida. Sí, le aprisionaba la tráquea aquel par de manos muertas, pero habiendo pasado ya una vez por esa situación, su cerebro decidió no alarmarse demasiado. Ya se despertaría (o despertaría) de nuevo, como antes, sin más consecuencias que un recuerdo latente y un tanto agobiante de experiencias cercanas a la muerte. Pensaba que en cualquier momento las manos volverían a liberarlo del mareo pronto a la inconsciencia. En cualquier segundo.

Algo cayó, un ruido seco que se ahogó muy cerca de él. Y una tétrica risotada que expulsó un gélido y mortecino aliento sobre su rostro.

Fue muy tarde cuando se dio cuenta que no estaba durmiendo.

♦♦♦

Perdónenme cualquier error que haya en el texto, en su momento volveré a editarlo si hace falta.

Fernanda

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Azul

Sabes…

Aún, a veces, te sueño.

Estamos en ese espacio azul tan nuestro, desprovisto de objetos y nimiedades, salvo un desprolijo colchón perenne raído por los años de su existencia; la espuma y el alambre asomándose desde su interior, planeando un escape. Te veo ahí, recostada, ¡Ay! Todavía tan mía, con tu rostro que recuerdo tan rubicundo, oculto bajo los rizos chocolate de tu cabello. Bastaba tan solo imaginarte para desearte completa. Con tus sonrisas y jocosas carcajadas. Con tus muecas e incontenibles llantos.  Con la llanura de tu abdomen y lo largo de tus piernas. Con esa luz cálida y vivaz de tu ser. Con la degustable delicadeza de tú completa.

Me acerco a tu lado, recreando lo cándido de tu ser desnudo. Me tiembla la mano, excitado y ansioso, imaginando esa temperatura  indiscutiblemente tuya, amigablemente cálida,  embriagadora y pasionalmente dolorosa…

 ¡AHH!

Si tan sólo tuvieses la oportunidad de sentir mi horror al rozarte con mis yemas y comprenderte fría.

Fría, fría, fría. ¡Tú, fría!

Apoyándome en ti con más fuerza, suplicando a un dios en el que antes no creía, que esa sensación desalentadora no hubiese sido más que un escalofrío de excitación. Pero no, no. La nefasta realidad es que eres tú, azul y sin aura.

Ya no puedo evitar que mis ojos se nublen por lágrimas espantosamente saladas mientras que procuro, con manos presas de fuertes temblores, descubrir tu ovalado rostro de entre las fibras chocolate. Allí está tu cara, tu cuerpo; pero ya no estás tú. Ese delicado y alargado cuello que tantas veces había acariciado y besado yo con pasión se ve ahora truculento, tormentosamente rojo, morado y azul. Verte a los ojos, ya tan fuera de ti, hizo en ese momento que muriese yo también.

Con tus ojos vacíos, enrojecidos por la presión; y un antiguo llanto lejano que se perdió en el mismo instante en que el último aliento de vida se escapó de tus delgados labios; ahora secos, rotos, hinchados y azules, muy azules. Tan azul todo que creo ver tus ojos tintándose de ese color de angustiante tranquilidad.

Ellos, antes tan llenos de café, enmarcados ahora por circundantes líneas del tono del mar abismal, un macabro azul que te hace verme sin vida y con; yo me imagino, una sutil pero inconfundible mirada llena de acusación. La última mirada que me dedicas, antes de yo apresurarme a cerrar tus párpados.

 

No lo soporto. No te soporto. No te soporté.

 

Y despierto.

Y estoy  en un espacio que no es el nuestro. Éste es ya un amarillo curtido, de un curioso mullido que ya no es acolchonado, pero sigue siendo inestable, multiforme. Comprendo que solía ser blanco,  lo he visto antes, cada vez que despierto… pero el tiempo lo ha desgastado, como a nuestra habitación.

Me siento somnoliento y entumido. Me duelen los brazos, como si tuviese resquicios del malestar que produce una abeja al enterrarte su desasosegante aguijón. Quiero estirar mis brazos, mi todo, y no puedo ¡No puedo! Un camisón envuelve mis brazos, enviándolos detrás de mi cuerpo; forzándolos, debilitándolos. Estoy mareado y el pensamiento de tu cuello magullado martilla en lo recóndito de mi mente.

Quiero preguntar dónde estoy, aunque lo sé. Quiero saber si alguien puede escucharme, porque sé que sí me observan. Quiero preguntar por qué. Por qué…

Pero mi voz, ahora ronca y desgastada, sólo atina a decir

 

Azul…Azul…Azul.

 

 

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Ignorado – Disparidades

En aquél entonces no podía entender cuál era la razón para que mi estómago doliera cada vez que le veía o le oía hablar cerca de mí.

En el principio; ni sabía quién era, y estoy seguro de que ella  no me determinaba. Éramos no más que minúsculas partículas de un cosmos no muy grande,  aislado el uno del otro por barreras invisibles que determinaban nuestras esencias. No sé en qué momento sucedió…exactamente… en qué instante decidió el destino  develar la venda que cubría la soledad de mi mente, y me hizo notarla. Una carcajada y el ligero gesto de agraciadas manos que escondían un rostro rubicundo, lleno por una vivaz expresión. Alegría, esa sensación que mi estúpida tragedia auto-impuesta me había negado.

Quizá, si ese día no le hubiese visto tan llena de luz en su mirada, no tendría este  vacío inexorable atravesando mi abdomen.

Desde de aquélla vez… no podía no verla. No intentar verla. El cosmos confabuló a mi favor, dejándome observarla de lejos, mientras ella, ensimismada en su mundo de colores e historias, me ignoraba por completo. Me sorprendió esa agridulce coincidencia el día que ella levantó su mirada y sus pupilas se conectaron con las mías; por no más que un segundo,  para luego volver a su mini universo. Tal vez ni me había visto en realidad,  tan  sólo había descansado sus ojos del mundo de la lectura en el que la veía absorta tan a menudo.

Había sido, sin embargo, suficiente para que el hueco de mi estómago se hiciese más fuerte, más hondo.

Para que el tiempo me hiciese comprender luego, que me dolía porque, con su sonrisa y cantarina risa, me había hecho necesitarla… mientras ella seguía sin dirigirme una sola palabra.

Llevo mucho tiempo sin escribir y me siento pésimo al respecto.Muy oxidada, pero lo que vale es el intento.

Bonita noche a los lectores fantasmas, y a los de carne y hueso, también.

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