Archivo de la etiqueta: Sentimientos

Disparidad 17

Mueren las horas

¿Perdimos el tiempo? Los minutos a tu lado se consumían fugaces, entre risas, frases torpes, recuerdos informes, amores vetados de nombre. Eran sólo segundos lo que duraban los besos, los roces, los nombres pronunciados en labios ávidos al contacto momentáneo. Cuánto tiempo cultivando, entre ausencias eternas y presencias ya inexistentes, un cariño que no llegó a hacerme llamarte il mio amore. Los días de soledad que avivaban el calor de la empatía, las semanas en que la incurable calma se volvía ansiosa, meses en los que la espera dejó de valer la pena. Meses, meses, meses en los que paulatinamente se alejó tu vida de la mía. El hilo no se rompe, pero no te niego que preferiría cortarle, guardar el recuerdo y permitirte que partas sin penas, menos tuyas que mías. ¿Perdimos el tiempo? No, nuestras vidas transmutaron, la influencia del uno latió sobre el otro. Pero murieron las horas, el presente es siempre historia, y el nuestro se pinta ya lejano, no hay manera que ni tu ni yo podamos recuperarlo. Una celebración póstuma para nuestras horas, pues, te convido, esperando que el vino de mi memoria no te parezca muy amargo.

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Primavera

Estoy comenzando un nuevo proyecto, que espero tome mucha parte de mi alma, tal vez perderme en el proceso.
El libro de las almas, ejercicios literarios y de ilustración. Las ilustraciones luego, que me toman más tiempo (já). Crearé un blog aparte para el conjunto, pero tranquilos, que seguiré subiendo todo por aquí, también.

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Ella volvía cuando llegaba la primavera. A lo mejor era ella, incluso, quien hacía que las semillas retoñaran y brotaran los colores propios de su aura encantada. Qué digo, a lo sumo era sólo mi percepción, viéndome hipnotizado por sus formas y danzares, tan prestos a la alegría. Já, en ocasiones lograba que mi invierno mental se convirtiera en un jardín de delicias; suculentas, decía ella, eran sus plantas preferidas. Brotaban y brotaban. Yo la veía brotar a ella con su energizante risa y cálida sonrisa, abono de sus queridas.

La veía siempre envuelta en sus flores, los vestidos, las faldas, sus collares, sus fragancias. Ella misma era una flor, delicada y llamativa; una  exótica orquídea multicolor alzándose ante mí y llenando todo cuanto había con su esplendor. De entre todas sus flores del jardín era ella la más hermosa, magnífica rosa silvestre que me atraía con sus juegos risueños, su polen envolvente y embriagante. La observaba con detenimiento, muy a menudo. Sin querer tocarla, no pretendía nunca arrancarla de su mundo.

Era una flor, al fin y al cabo, y una flor desprovista de su tierra es una flor que se muere por defecto de ausencia. Así que la dejaba ser; la dejaba partir cada que quería porque a fin de cuentas sólo así se sentía ella bella, y yo la amaba por ser lo que era. Igualmente, la vería de nuevo. Luego, me prometía.

Ella se iba cada que el otoño se asomaba a su fuero. No soportaba el frío, me decía, y ver las hojas caer, ya muertas, hacía de ella una desdichada, nada qué ver con su colorida alma.
Así que yo simplemente esperaba por ella.

Estaba ya acostumbrado al frío inclemente de la solitaria nieve, al calor artificial de una fogata en soledad. Se me pasaban los días contando las horas, viendo cómo, tímidamente, los brotes surgían verdes de entre los blancos manteles del suelo. Y así ella iba volviendo, dejando de lado su huraño proceder ante el invierno. Volvía de nuevo, espléndida y renovada, cada vez más llamativa y hermosa.

Pero hubo una vez, un invierno, en el que llamó. Y vi cómo los brotes se marchitaban y volvían a ser encapsulados entre copos de nieve.
Nuevos aires, había dicho. Nuevos mundos en los que la primavera era permanente. Con gente más alegre. Con otras plantas tropicales, exóticas, silvestres. Nuevo todo. Yo ya no encajaba en su jardín.

Ese final estoico de invierno, me di cuenta de que me había vuelto alérgico a las flores.

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Rouge II

Un poquito de ambas pasiones para un domingo que amenaza con lluvia invisible.

 

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Bubbles

No me malentiendan. Nada disfruto tanto como mis momentos de soledad. Aislada voluntariamente en una burbuja de irrealidad, donde nada que no quiera puede alcanzarme. Protegida de cualquier daño o pena que me quiera acongojar. Pero ah, se aburre una en estos muros dóciles de conformidad. Se está cómoda, pero… ¿Se está feliz? Ataca el tedio a veces, y comienza a esperar uno que algo –o alguien– llegue y ayude a expandir las barreras flexibles que delimitan. Sabiendo que es uno quien debe dar el primer paso para ampliar esos horizontes donde el alma se siente tranquila, no sólo conforme.

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Domingos que no parecen domingos porque se está en vacaciones. El doble de tedio.
Disfruten, fantasmas.

-Fernanda

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Luces Amarillas

Noches, fantasmas.
Hoy con dos cositas que surgen de pasear por las calles en la noche. Ilustración rápida incluida, espero sea de su agrado.
Me disculpo por cualquier error gramatical o de redacción, el tedio no me permite revisar de nuevo estos textos nocturnos.
A leer, pues.

LucesAmarillas

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Me cautivan // Con su silencio me ensordecen // Me pierdo en sus obras callejeras // Y veo gente // ¿Son ésas máscaras impregnadas de amarillos naranjados? // ¿Son desnudos desprevenidos por los tintes dorados? // Son fantasmas, almas en pena sobre una tierra fría pero morena // Y trastornan // Y desenfrenan // Y enamoran // ¿Son ellas luces o son ellas mundos? // Estrellas confinadas en cárceles de acero sobre junglas de concreto // Que me cogen y me estrujan // Me acunan // Me acongojan // Me consuelan // Me destrozan // Alegran y entristecen, paradojas inconscientes, vigilantes latentes // Testigos de la risa y de la pena // ¿Cuándo han presenciado? // ¿Cuántas almas unificado? // ¿Cuántos cuerpos despellejado?? // Y las observo, y ellos me observan, observándolas // Y ellos juzgan, porque no entienden // ¿Pero entenderán ellas? // En un acuerdo tácito de silenciosa paz que me envuelve entera // Tal vez si bajo ellas vivo, también bajo ellas muera.

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Cambia la ciudad, lo he notado. Como si se abriese una puerta a una tierra desconocida en donde las cosas se tintan de cálidos y los seres se tornan volátiles, efímeros, extraños. Voy por las calles, observándolos, viendo cómo unos se pierden en los contrastes del cielo y otros, salvajes, se pierden en curvas de carne y hueso. Aprovechan que el mundo ha transmutado, decorándose, convirtiéndose en un espectáculo de luces que el sol de la mañana no puede acunar. Una realidad que desnudan faros y lámparas callejeras, acostumbrados al trajín apocalíptico de aquellos que vigilan. Son testigos de actos de vida y muerte. Espectadores que maquillan las escenas de orden y de caos. Y lo disfrutan. Se embelesan con las dinámicas que sus luces invocan. Como si el azul profundo y sus amarillas voces encontraran en oídos desprevenidos marionetas para manejar a voluntad. Van los amantes, van los rateros. Las putas, los obreros. Cobijados por una estela de energía amarilla que los drena y carga al mismo tiempo. Y mientras los observo (y las observo también a ellas, embelesado por su belleza etérea), se crea en mí un interrogante que me abarca completo. ¿Son máscaras? Porque los humanos cambian, los he visto, convirtiéndose en monstruos ávidos por trago y muerte y sexo. ¿O son ellos realidades? Que se esconden en la mañana porque las sombras que habitan el día no son lo suficientemente densas para ocultarles. Es demasiada la luz que los deslumbra; aturdiéndolos, y no están dispuestos a desnudarse expuestos ante ojos que juzgan, atentos. Los miro y me confirmo que pesa más lo segundo que lo primero, pues incluso si fuesen máscaras, serían éstas representaciones del fuero interno, que éste, ávido por manifestarse, encuentra refugio entre charcos de aceite y callejones oscuros, y estruendosos, relegados a la penumbra que les ofrecen las palpitantes luces amarillas del centro.

♦♦♦

Uno a veces no logra plasmar lo que siente. No del todo. A veces las palabras obligan a la mano a escribirlas de una manera que el cerebro ni el corazón pretenden. Qué importa, de todas formas, nunca se está del todo conforme con lo que se hace. Eso es bueno, me supongo, señal de que se sigue mejorando. O algo.

Buenas noches, a embriagarse con ideas y luces amarillas.

-Fernanda

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Disparidad 13

Estoy más constante. Aunque quién sabe por cuánto tiempo. Por lo pronto, me encanta el poder plasmar mis garabatos en mis amadas libretas y transcribirlos para que ustedes, fantasmas, lean.

Hoy con los dos lados de una moneda y un pequeño comodín que separé de un texto íntimo, adaptándolo para lo comercial. Já.
-Editado-
Me acabo de dar cuenta que, en mi distracción, no publiqué cara y sello sino sólo cara. Ahora sí, revamped.

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Llorar de la felicidad tiene matices muy similares a llorar por sufrimiento. Se le atasca algo a uno en el pecho, imposibilitando a veces esa necesidad humana de respirar. Se siente uno muy pesado, abrumado por infinidad de emociones y sensaciones que no encuentran más salida que esas mareas salinas, brotando presurosas de ojos recargados de expresión. Es diferente esa expresión, sin embargo. Cuando se llora devastado se le encoge a uno la frente, arrugándola a más no poder, con la necesidad tonta del consciente de cambiar el gesto que habita el rostro, como si llorar por tristeza fuese algo vergonzoso que tuviese que ser detenido. Llorar de felicidad; a veces, es exactamente lo mismo, pero todo lo contrario.  Porque puede que uno quiera detener las lágrimas que se riegan, impasibles. Pero al rostro lo surca una sonrisa que es indetenible, casi contagiosa para quien la observa. Llorar de felicidad es, en mi opinión, pleno conocimiento y aceptación de lo que uno es y puede llegar a ser. Tal equilibrio y paz que se puede permitir el llorar, también, por las inmensas alegrías que a veces el organismo no puede digerir. Cuán bellas son las personas que alcanzan tal nivel de felicidad. ¡Imagínese! Estar el corazón tan lleno, al punto tal de necesitar una manera de liberar esa presión que amenaza con explotarlo. Incluso llega a asustar, la realidad de que mucha alegría lo puede hacer a uno llorar. Cuánta armonía mental, el permitir al cuerpo expresarse y relegar a un plano secundario las formalidades de la superficial sociedad. Ser feliz porque sí, porque se permite uno serlo. Y nada más.

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No diré que me avergüenzo, pero cuánta pena me ocasiono al rememorar estos llantos que me aturden sin aviso más que una creciente presión en el pecho. Me duele causarme tanto daño, tanto dolor a través del excesivo pensamiento. ¡Lo siento! Bien sé que no quisiera ahogarme en este océano de tristezas autoimpuestas, pero no puedo evitarlo. Se colma uno de ideas que irremediablemente destruyen, y lo único que puedo hacer es dejar que sucedan, porque si se dejan sentir las alegrías también se tienen que sobrellevar las penas. ¡Pero tanto que me pesa! Al punto de que se descompone el cuerpo y ni siquiera se puede intentar que las lágrimas se detengan. Esos sentimientos y pensamientos malévolos que oprimen el torso y exprimen el cerebro. Y dice uno ¡No es justo!  Que tenga que pasar por esto que, como un alud, lo cubre a uno completo. ¿Por qué? ¿Por qué no dejarlo pasar, y ya? ¿Por qué será que el dolor se siente más real? Me obligo a sentir felicidad y aquí está, delicada y tenue, casi frágil. Pero se empeña mi cerebro en plantear sufrimientos y llegan ellos con toda la fuerza y devastación de un huracán, para dejarlo a uno expuesto por completo. No es justo que abarque tanto, la tristeza, y que las alegrías me duren tan poco como el pensamiento de un suspiro. Incluso si después de llorar queda el alma un tanto más liviana; so aturdida, está el susurro de la pena latente, contando los días, los minutos, las horas, esperando para aflorar de nuevo campante y someterme a otra época de tediosos párpados pesados y miradas que lloran.

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El desamor no se cura desgastando a otras personas en el intento de quererse uno de nuevo entero. No es justo. Es una cosa de cobardes, valerse del cariño que alguien te profesa para sentirse bien consigo mismo, mientras todavía en la cabeza habita un alma que otrora desvelaba los sueños. Indigno, el pensar que hay alguien amando mientras el otro no pretende siquiera amar, sólo se vanagloria en ese querer deliberado.

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Hermoso cuando la lluvia acompaña mientras se escribe o se lee, un placer que no nos deberíamos vetar.
Y posteriormente dormir. Sí, bonito el golpeteo, y poquito a poquito se lo va llevando Morfeo.

Nos leemos,

Fernanda

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